El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

Qué bueno que la FECH volvió a su lugar

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Por Álvaro Ortiz

En general, no suelo citar mi propia experiencia en mis escritos, pero en este caso, para graficar el contexto, me parece pertinente hacerlo. Entré a la Universidad de Chile en 2019, a la carrera de Periodismo, y creo que ese mismo año fue la última vez en que percibí, como parte de la institución, a una Federación de Estudiantes (FECH) activa, visible y con capacidad de incidir en la conversación pública. Había un estudiantado interesado en hablar de la contingencia del país, atento a los procesos sociales que se estaban desplegando y que derivaron en el estallido social de octubre — , en un momento en que la vida del joven universitario todavía parecía conectada con las discusiones nacionales. 

Sin embargo, luego de esa época, ese puente comenzó a diluirse. Y no se trató solo de que la FECH apareciera menos en los medios o en la conversación pública, sino de una pérdida más profunda en la que dejó de sentirse como una organización capaz de recoger las discusiones de la universidad, darles una forma política y proyectarlas hacia el debate nacional. 

En todo caso, sería impreciso atribuir ese repliegue solo al enfriamiento ciudadano posterior al estallido social o a la demonización de ciertas formas de protesta estudiantil. La FECH ya llegaba golpeada a 2019 y mostraba señales de crisis de representatividad, que no solo se explicaban por problemas de transición a la votación telemática. En mayo de ese año, la directiva liderada por la actual diputada Emilia Schneider (FA) debió instalarse como interina, luego de que las elecciones no alcanzaran el quórum mínimo exigido por los estatutos, ya que participó apenas el 25,8% del padrón, por debajo del 40% necesario para validar el proceso.

Lejos de resolverse, el problema se agravó. En 2020, por segundo año consecutivo, la elección de la FECH volvió a fracasar por falta de quórum, esta vez con apenas un 14,33% de participación, lo que derivó en otra directiva transitoria y en la apertura de un Congreso Refundacional. A partir de ahí, la Federación entró en un ciclo de provisionalidad, reorganización de los estatutos y, por consecuencia, pérdida sostenida de vínculo con el estudiantado. Y dentro de esa fragilidad, se lee el porqué se fue apagando su voz pública: una organización que no lograba afirmarse dentro de su propio universo difícilmente podía seguir hablando hacia afuera con el peso de otros tiempos. 

A ese deterioro, además, se le sumó la pandemia. La vida universitaria se trasladó a pantallas justo cuando la FECH trataba de recomponerse, profundizando una desconexión que no fue solo organizativa, sino también generacional. 

En línea con algunos análisis sobre el escenario postpandemia en Chile, como el del investigador Nicolás Martínez en “Elementos comunes al estallido social y a crisis sanitaria COVID-19”, la crisis sanitaria no solo interrumpió rutinas, sino que también amplificó problemas previos de desconfianza institucional y debilitamiento de los vínculos colectivos. 

Se suspendieron los espacios cotidianos de encuentro y muchos estudiantes construyeron su vínculo con la universidad sin una experiencia presencial sostenida de la comunidad política, como me pasó a mí. Al final, eso terminó por cambiar la forma en que habitaba la institución: dejó de sentirse como un lugar de pertenencia y discusión colectiva, y pasó a parecer más bien un espacio al que se asistía solamente para cumplir con clases, trabajos y evaluaciones.

Para cuando ya me acercaba a terminar la carrera, la FECH había logrado retomar cierta conducción, pero su problema de fondo seguía sin resolverse. En 2024, la segunda vuelta de sus elecciones fue declarada inválida luego de que participara solo un 9% del padrón habilitado, 3.321 estudiantes de un total de 36.824. 

Por eso veo con buenos ojos la victoria de Conectemos la Chile, lista encabezada por Laura Mlynarz, militante de las Juventudes Comunistas, y su llamado a resignificar las movilizaciones, particularmente frente a los recortes en el presupuesto para la educación. Más allá de que ese reordenamiento pueda explicarse, en parte, por la llegada de Kast al gobierno, el dato no es menor: después de años de quórum fallido, una elección con participación cercana al 50% del padrón sugiere que algo volvió a hacer clic.

No sé si la FECH encontró ya su lugar nuevamente, pero al menos parece haber recuperado una condición básica para buscarlo: volver a convocar. 

Que eso incomode a diputados como José Antonio Kast Adriasola, hijo del presidente, no sorprende demasiado. En su crítica, calificó el triunfo de la nueva directiva como un “tutelaje” del Partido Comunista y acusó a las federaciones de ser “marionetas” de partidos políticos, como si la disputa universitaria debiera reducirse a quién organiza mejor la semana mechona, o como si la misma UDI, partido en el que militó su padre durante dos décadas, no tuviera su origen precisamente en el movimiento gremialista universitario surgido en la Universidad Católica.

Pero lo relevante no está en su molestia, sino en el intento de deslegitimar la organización estudiantil justo cuando vuelve a mostrar capacidad de articulación. Si frente a los primeros retrocesos el movimiento estudiantil comienza a activarse, es porque el conflicto ya no se limita al espacio universitario, sino que anticipa un escenario de tensión política y social del que la ciudadanía difícilmente va a mantenerse indiferente.

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