El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

María Pía entre las ministras: la corrección de la norma de género

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Por Marcela Mandiola Cotroneo

El actual gobierno realizó su primer cambio de gabinete. La ceremonia transcurrió conforme al protocolo. En un sector del salón, de pie y organizados en dos filas paralelas, se encontraba la titularidad del gabinete que iba a ser intervenido. En otro sector, acomodados en sillas, funcionarios del gobierno y las dos ministras salientes. Entre ellas, sentada y tomando sus manos, destacaba María Pía Adriasola. 

¿Qué hacía ahí la cónyuge del presidente? 

Muy en línea con servir el almuerzo en el casino; María Pía ahora ofrecía contención emocional a las ministras reemplazadas. Las miradas complacientes, y cómplices de los medios empresariales destacan positivamente el gesto de las manos tomadas, los abrazos y la sonrisa frente a la defenestración de Sedini y Steiner. Se unen al coro de lo que, una columna crítica, denuncia como una estrategia comunicacional para desviar la atención de la deficiente conducción política. Dichas opiniones reaccionarias ponen en línea este rol ‘maternal’ con la omnipresencia de María Pía en las actividades formales del ejecutivo. Toma la palabra al abrir sesiones de trabajo, también las cierra con una arenga e invitación a apoyar a su marido. Registra ella también en sus redes sociales sus actividades con comunidades cercanas a la infancia, los adultos mayores, las mujeres y la salud. 

Al menos dos aspectos se perfilan aquí como de interés. Partamos por el primero, la corrección de género. En una columna anterior en otro medio ya me había referido a aquello: la potente visibilización de lo que Republicanos entiende por ser mujer. Una clarísima vuelta atrás en lo valórico que aspira a re-ubicar a la mujer en los roles esenciales de esposa y madre. La mujer complemento, la que dulcifica y suaviza la rudeza masculina (la que también es asumida como natural). El marido despide, la esposa consuela. La escena perfecta del negocio familiar expuesta por televisión y en horario de martes de pololeo)

Es cierto que el supuesto de la heterosexualidad sostiene la figura de una primera dama. No obstante, estamos ante una versión de posguerra de dicha idea de pareja. Me refiero a la esposa omnipresente, la que va a todas, aquella que se funde con la actividad principal del marido pues no tiene otras demandas independientes. En este caso, la política entendida como una expresión de familia y destino divino: ‘vamos a estar bien porque Dios nos quiere’. Tan así que ha hecho de La Moneda su hogar y su lugar de culto. 

Esta esposa devota se preocupa por los más necesitados, ocupa su tiempo libre de mujer acomodada en el servicio al prójimo. Insiste en el cuidado como labor femenina, como labor voluntaria, como labor no reconocida. No es trabajo, no se remunera. Toda vez que nuestra institucionalidad no contempla el rol formal de primera dama, María Pía (a secas) trabaja gratis, trabaja sin presupuesto (suponemos), trabaja de voluntaria. En un gobierno donde la ministra de la mujer ha pregonado su preocupación por el empleo femenino, la esposa del presidente abultaría las cifras de cesantía femenina que tanto aspiran a disminuir. 

Esto nos deja abierto el segundo flanco: el de la indiferencia por la institucionalidad. El cargo de primera dama no existe en Chile. Fue formalmente desmantelado en el gobierno anterior y sus responsabilidades ubicadas en otras actorías. María Pía se hace llamar de una manera que no le corresponde. María Pía confunde su matrimonio con el presidente con un privilegio para gobernar. María Pía se mueve por La Moneda sin restricciones; qué más da, se trata de su casa y su capilla personal. El palacio del Cerro Castillo será entonces su segunda vivienda en la playa. Sin investidura de ningún tipo participa de ceremonias oficiales y reuniones políticas. Es más, se arroga el derecho de hacer uso de la palabra. 

María Pía no tiene cargo oficial.

María Pía no fue elegida en votación popular.

María Pía no representa a nadie. 

Detrás del eufemismo de la austeridad el gobierno de ultraderecha no repone el cargo de Primera Dama. Si se trata de ‘hacer más con menos’, entonces se precariza el trabajo femenino, se romantizan los cuidados y la caridad se hace cargo de quienes más necesitan. Detrás de la idea de la familia confesional (“primero soy católico, después político”) se vive del Estado y ‘en’ el Estado. Peor aún, la indisolubilidad del matrimonio religioso justifica el acceso inmerecido de una persona al liderazgo político formal. Se sigue comunicando que, al privilegio, las mujeres acceden por matrimonio, no por mérito. 

Sin ningún pedido de disculpas se hace gala del más pornográfico nepotismo. Le otorgan el privilegio de la voz y el asiento reservado a quienes no tienen cabida en actos oficiales. Acuden con personas que no deben estar presentes en discusiones políticas del ejecutivo. Hacen entrar personas que no deben arengar ni sensibilizar voluntades en nombre de sí mismas. 

María Pía se ubica en primera fila, desplazando incluso a la descolorida ministra de la mujer a un insignificante lugar en la fila de atrás. María Pía, desde la absoluta arbitrariedad y la total impunidad, hace gala de ese charme tan clásico de nuestras élites: el derecho divino a la conducción de la sociedad. Por cuna, por apellido, por barrio, por matrimonio. 

Conviene estar alerta, no vaya a ser que María Pía declare un día: “si yo fuera política, sería más dura que mi marido.”

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