La CNI se sentó en la cama de mi abuela
Por: Nadia Limónov

Un mes antes de morir, mi abuela confundió a sus nietos con sus captores. Creía que su pieza era un cuartel y nosotros, agentes de la CNI. Era una mujer pequeñita. Tenía 82 años, pero se veía más joven; se jactaba de eso, de ser la menos arrugada del grupo de amigas. Dormía en una cama de dos plazas, con un colchón relleno de lana de oveja que llegó a la casa cuando su mamá estaba viva. Antes de que le diagnosticaran Alzheimer, se preparaba galletas de agua con mermelada y una taza de leche con café. Ponía todo en una bandeja de mimbre y se acostaba antes de que oscureciera. Acostumbrada a dormir sola, guardaba pañuelos y la crema de manos debajo de la almohada. A veces tejía y otras veces leía a Óscar Castro.
Su casa tenía un olor antiguo, no a ropa guardada ni azumagada; olía a Icaritos, a libros con hojas de roneo, a pan de Pascua sin ser Navidad. Vivía ahí desde 1930. Todos los inviernos se le llovía el tejado. Sabía exactamente las goteras que tenía. La que caía por la lámpara la recibía con la fuente roja donde lavaba la ropa, y las dos del living las atajaba con recipientes de fierro enlozado, cubiertos con un mantel de cocina para que no salpicara.
Con su economía de guerra multiplicaba los panes. Nos engordaba con arroz, curry y pollo; lentejas con sofrito de harina y tortas del tamaño de un tambor salesiano, adornadas con monitos de mazapán que compraba en la Forno.
“Me quiero ir a mi casa”, nos gritó ese día, mirando la chapa de bronce de la puerta, la misma de hace medio siglo. Ya se había oscurecido; estaban dando las noticias. Hacía tiempo había dejado de recordarnos, pero no se alteraba con nuestra presencia.
“¿Y ustedes quiénes son?”, preguntaba con desesperación. “¿Quién está afuera? ¡Son los milicos!” Se levantó de la cama con una agilidad que no era suya y se acercó a la ventana para correr el visillo y observar la calle. Justo al lado tenía una cómoda de roble tintada, donde guardaba los recibos de la luz y el teléfono. Revolvió todos los cajones, como buscando algo para defenderse de nosotros. Susurraba que no conocía a ese de quien decía que le preguntábamos, que los milicos, que la CNI.
No encontró lo que buscaba y siguió mirando, espantada, nuestra espantada cara de adolescentes. Insistía en que no nos diría nada, en que ella no hablaba con milicos y que, si le hacíamos algo, su familia no iba a parar hasta encontrarla.
Con desesperación le repasamos nuestra infancia, le hablamos de su hija, levantando las fotos del velador donde estábamos todos juntos. No recuerdo cómo la calmamos, pero logramos que volviera a la cama.
Hasta hoy me pregunto si lo suyo fue parte de un delirio o, por el contrario, estaba reviviendo una escena del pasado que nunca quiso contarle a nadie.

