El último durazno de la temporada: no hay nada en la vida como los ritos

Por Hugo Pérez Torrejón
Son una de las pocas razones, si no la principal, por las que tolero el verano. Ya desde la segunda semana de noviembre siento su aroma en algunos almacenes y ferias. Cuando eso ocurre, mi rostro cambia de la súplica y la letanía, al desborde y la dicha de saber que volvieron.
Desde ahí, parte un cronograma perfectamente estudiado y pulido con el tiempo: las últimas semanas de noviembre son todavía incipientes y caros. Verdes, sin tanto jugo; en diciembre aparecen los zambitos, de morados y rojos incandescentes, con pintitas de colores, hogar de la fructosa que emerge en cada mordisco; para enero llegan los zaragozos, que alcanzan tamaños enormes. Mis favoritos de toda la vida. El ingrato febrero trae el ocaso y solo quedan, para resistir hasta marzo, los blanquillos.
Cual tragedia con destino inexorable, el rito de probar el último durazno de la temporada, también es anual. Ya en marzo hay que tener suerte y buen ojo para encontrar uno sabroso. He tenido suerte, quizás porque tengo un solo ojo bueno. Pero cuando estoy atrincherado y veo frutas con pieles rugosas y colores tenues, sé que no hay escapatoria. Los compro para un funeral.
Llegué con el kilo en la bolsa y los lancé al lavadero para limpiarlos uno por uno, como de costumbre. Los sequé y llevé al refrigerador, como siempre. Todos los duraznos fueron y serán tratados con la misma dignidad. Pesqué dos y subí a mi habitación para comenzar el rito.


Llevé a mi boca el primero y, al morderlo, no estaba tan malo. Tenía un color raro, su carne estaba apagada. Mis dientes pasaron la frontera del segundo e inmediatamente sentí algo distinto: un sabor agrio, una textura seca y un cuesco que se desgranaba solo. Era el fin. Corrí al baño y lo boté. Parecían cientos de grageas yéndose por el inodoro. Ahí iba el último durazno de la temporada.
Sabía lo que pasaría, pero igual me da pena. ¿Por qué me fascinan tanto? El reemplazo siempre llega: manzana verde, naranja, kiwi y frutilla. Pero ahí estoy yo: esperando noviembre para saborearlos de nuevo.
Hace un tiempo lo conversaba con un grupo de amigos y concluimos que el espejismo de lo que nos hizo felices en nuestra infancia es real y te persigue durante la vida más de lo que quisieras. También, un tío me dijo una vez, riéndose, que tengo el mismo movimiento que mi papá en los dedos cuando me como un durazno. Parto con una mordida en la cola, lo más centrado posible. Sigo el camino por la circunferencia y los hago brincar en mi mano hasta ponerlos verticalmente. De ahí voy, pedazo por pedazo, dejándolos sin base ni cabeza. Succiono toda la pulpa posible y les doy momentánea sepultura en mi boca por, al menos, 15 minutos. Tal como mi papá. Quizás, lo más prístino de nuestra relación.
A esta altura, el duelo ya pasó y toca el reemplazo: compotas de supermercado, que desaparecen entre noviembre y febrero. El año pasado, compré y comí por primera vez en mi vida duraznos en julio. Seis mil pesos el kilo. No lo podía creer. Bendito seas, Jumbo. Pésima experiencia. Congelados, plásticos y sin sabor. No hay nada en la vida como los ritos. Me quedo cien por ciento con esperar a noviembre, aunque mueran en marzo.

