Una izquierda que no tenga miedo de ser de izquierda
Por: Verónica Aravena Vega

Hay una versión cómoda de esta historia, y es la primera que hay que tirar a la basura. Dice que la izquierda se olvidó de los pobres y del reparto porque se entretuvo discutiendo pronombres, que cambió la lucha de clases por el lenguaje inclusivo y se puso fina. Es falsa, o es la mitad de la verdad, la mitad que no obliga a mirar lo importante.
La izquierda no dejó de hablar de reparto por frívola. Le pasó algo peor: dejó de creer que el mundo se podía cambiar y se puso a administrarlo. Cambió la promesa de emancipación por la promesa de que la plata te alcance hasta fin de mes, que no es ni su sombra.
El golpe global tiene fecha. Cuando cayó el muro en el 89 y el modelo se quedó sin enemigo, repartir empezó a sonar a cosa de viejos, a utopía con olor a humedad. “No había alternativa”, repetía Margaret Thatcher. Media socialdemocracia europea le creyó y firmó. Piketty lo midió con números: más de trescientas elecciones en veintiún países entre 1948 y 2020, y siempre lo mismo. En los cincuenta votaba a la izquierda el que tenía menos estudios y menos plata. Hoy la vota el que tiene posgrado. Dejó de ser el partido de la mayoría que vive de su trabajo, para volverse el de una minoría con título.
En Chile la cosa fue más descarada. Los socialistas volvieron del exilio europeo con la valija llena de “democracia de mercado”. ¿Y a Marx? lo dejaron en alguna pieza de Berlín. Gobernaron, como dijo Aylwin, “en la medida de lo posible”, y lo posible resultó ser bien poco: se quedaron veinte años con la constitución del 80 y con las AFP que Pinochet armó en el 81. Cuatro gobiernos de Concertación y la vejez siguió administrada por privados, igualita a como la dejó la dictadura. Bajaron la pobreza, sí. Pero la desigualdad la firmó Pinochet, y la mantuvo intacta el que llegó después diciéndose de izquierda: el 1 por ciento más rico se queda con un cuarto de toda la riqueza mientras la mitad de abajo junta el dos por ciento.
Y están los que prometieron enterrar todo eso. El Frente Amplio llegó a La Moneda jurando cambiarlo todo, y el discurso se le diluyó antes de los seis meses. Mandó una reforma tributaria para tocar a los más ricos, la Cámara se la rechazó en el 2023, y en vez de salir a pelear esa derrota y mover el tablero, bajó los brazos y se puso a administrar lo que había. Hasta su reforma de pensiones, la única grande, terminó transada con la derecha y dejó las AFP de pie. Pero el costo más caro no se mide en encuestas: la gente dejó de creer que la izquierda pueda cambiar algo.
Lo que te queda, cuando renuncias a tocar quién tiene la plata, es el reconocimiento: nombrar a los que el país nunca nombró, celebrar identidades que antes se escondían. Y reconocer importa, costó sangre arrancarlo. La trampa aparece cuando llega solo, sin un peso detrás, de premio de consuelo por lo que no se reparte. Nancy Fraser la nombró hace treinta años: se puede repartir parchando el resultado sin tocar la máquina que lo fabrica, un bono, un punto más de PGU para estirar la pensión. Repartir en serio es cambiar la máquina, quién decide qué se produce y para quién. La izquierda se quedó con lo más barato de las dos, una identidad celebrada sin tocarle un peso al dueño de todo. Darle a la señora para que sobreviva no es lo mismo que cambiar el sistema que la dejó pobre, y en el camino se perdió esa diferencia, donde vivía la transformación.
Buena parte de los que conducen esta izquierda fueron al mismo colegio que los dueños de Chile y viven en sus mismas comunas. Dejaron de preguntar quién es el dueño porque dejaron de sentarse en mesas donde esa pregunta incomoda. Es más hondo que la conveniencia: ya no pueden ni imaginar otra cosa. Cuesta soñar con el fin de un sistema en el que a uno le va bien, eso es el realismo capitalista. El partido del diploma no le muerde la mano a su propia clase.
Esa renuncia la pagamos todas y todos. La rabia del que no llega a fin de mes se quedó sin casa, porque la izquierda dejó de hablarle del bolsillo, y una rabia sin casa se muda con el primero que le abre la puerta. Le abrió la derecha, que no separa lo de comer de lo de creer: te vende orden, que es miedo bien administrado, y en la misma frase te jura que nadie va a meter la mano en tu sueldo para mantener al de al lado.
No se sale de esto eligiendo mejor entre reparto y reconocimiento. Esa pelea la armó el que no quería pagar ninguno de los dos. Una jaula más cómoda sigue siendo una jaula, y la llave es la pregunta más incómoda de todas: de quién es. De quién es el litio que se va en barco mientras acá se discute el sueldo mínimo. De quién es el suelo, que hoy te cobra por una pieza lo que tus viejos pagaban por una casa.
Sacar esas cosas de unas pocas manos y decidirlas entre todos tiene un nombre viejo que la izquierda aprendió a callar por miedo: socialismo. Nada de manuales viejos: el socialismo de cosas tan poco épicas como estudiar sin arrastrar el CAE veinte años, que un sueldo alcance para criar, jubilar sin rezarle a la bolsa. En ese mismo sentido, el cuidado lo deja todo al descubierto: pagarlo es reparto; llamarlo trabajo en vez de amor es reconocimiento. Porque, en realidad, ambas cosas fueron siempre lo mismo.
Zohran Kwame Mamdani ganó la alcaldía de Nueva York con cosas que se tocan, arriendos congelados y jardines gratis, y a medio año la ciudad le cree. Defender las instituciones nunca llenó una urna. A la izquierda la mandan a cuidar la democracia justo cuando la amenazan, pero nadie sale a defender la jaula que lo encerró. La única forma de que la quieran defender es que por fin les sirva para algo.
Nada de eso se gana sin fuerza, y la fuerza no se junta diciéndole a la gente que la ves y nada más. La herida no llena una plaza, la llena la gente que vuelve a creer que esto se puede cambiar, y esa fe es lo único que la derecha, por más orden que prometa, no sabe falsificar.
La izquierda nunca tuvo que elegir entre el pan y el nombre, ni entre sobrevivir y ser libre. Que la convencieran de elegir, y de elegir siempre la opción más chica, fue la derrota. Lo grave es que aprendió a llamarlo realismo.

