El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

“Nefando” de Mónica Ojeda: la migración de la sangre y los huesos

Por: Uriel González desde México

nefando 3 e1782299213446

“Lo único que quería era decirse con su propia lengua”.

Seis personajes. Kiki, becaria del Fonca, escribe una novela sobre el deseo y la sexualidad retorcida de tres adolescentes: Nella, Diego y Eduardo. El Cuco, graduado en Diseño de Videojuegos. Iván, estudiante del máster de Creación Literaria. Los Terán, tres hermanos, hijos de un prestigioso cineasta ecuatoriano.

Un piso en Barcelona. Seis habitaciones pequeñas. El muro rascado. Su piel gris, la verdadera carne. El desgaste, la herida sin pintura. La habitación nunca reconocida como guarida. “Nefando”, el videojuego donde la piel te pedirá jugar.

Seis personajes que se desgajan en la vida real y las costumbres de lo tangible, para en la noche dejarse morir en medio de los algoritmos mentales, los paseos de sus cuerpos y las erecciones llenas de púas.

Kiki tiene en su cabeza los temas indicados, es el ensayo viviente, qué relación puede tener el arte sacro, la sangre de Cristo y las lágrimas de los santos con las ganas de asesinar todo lo inocente, lo cuidado y lo vivo, con la obsesión por observar el proceso en el que algo se extingue, escupiendo toda su vitalidad en coágulos y saliva negra.

El Cuco y una Barcelona que es moderna, pero trastabilla aún en el fascismo, los ojos de un fantasma que nunca nos deja ver. Las manos de su mamá lo agarran de la nuca, obsesivas, también catapultan todo.

Lalo y el dolor de lo que no tiene y siente, los órganos que le caen sobre el pecho, la cadera y la cara, la necesidad de escribirlo porque solo así el cuerpo se entiende y el dolor se vuelve suyo y no se estanca en el filo del lápiz que sangra al sexo odiado.

Los Terán habitan, desde niños, en la penumbra de un tinaco, acostumbrados al aroma de lo estancado, saben que lo más cercano a la sombra humana es el mosquito enfermo. Y la luz de una cámara que graba, la larva milenaria.

“Nosotros estamos en una jaula de aire porque es mentira que papá nos ama”.

“Nefando” es una novela en la que se va escribiendo otra. La de Kiki, que a su vez se bifurca en un bucle narrativo que a veces es una tesis sobre programación y creación de videojuegos, otras sobre la violencia en internet, de pronto es sobre creación creativa y, cuando menos nos demos cuenta, la luz inspiracional se ve cortada por un monólogo que aprieta hasta asfixiar; entrevistas y declaraciones que parecen ser el único rescate a un olvido necesario, porque nadie de los habitantes del piso en Barcelona tiene ganas de recordar, porque el piso huele a los Terán, a la tríada autodesignada como singular.

Mónica Ojeda escribe el más largo filo de cuchillo; espejo reflejante de todos los males del mundo, espejo que se quiebra en mil pedazos y no corta, no lastima, no puede rebanar lo que lleva tiempo abierto y sangrado. La herida es el erotismo, torcido, esa noche roja recién derramada en un bosque nocturno.

“Nefando”, dentro del universo de Mónica Ojeda, es un proyecto. Un juego que no se juega, algo que no está hecho para entretener, algo que atrapa fuera de la diversión, algo que jala el tobillo del morbo, lo sostiene y lo hace quedarse.

“Siempre querías hacer que las cosas te dolieran. Siempre querías ver hasta dónde eras capaz de llegar”.

¿Alguien puede ver lo que hay debajo de la cama?

Mónica Ojeda contó en una entrevista que lo que la inspiró a escribir esta historia fue la anécdota de una amiga suya, que había sufrido una violación cuando era pequeña. Algo pesado cayó dentro de su cabeza, se cuestionó, como después lo haríamos nosotros, cómo es posible que suceda el acto. La incredulidad nos hace poner las ideas en el papel, nos hace mover todo a un sentido narrativo. Mónica alejó al terror clásico, no hay fantasmas, a no ser que los del pasado, no hay monstruos, a no ser que el papá que promete cuidar y no desgarrar y matar. Mónica alejó al terror hollywoodense y nos dejó a solas con la cloaca de lo que se permite, existe, pero no vemos. Hay una industria que vende el asesinato de la inocencia, una industria que consume la sangre de los infantes, sedientos, como una ceremonia donde el sol era hombre y la luna, la dama de los espejos.

Ningún personaje sufre el abandono de la escritora, todos son desarrollados y leídos como pruebas contundentes en un caso que parece ir mucho más lejos que la piratería. Estamos frente a una caja cerrada bajo llave, una vez encontremos la manía correcta, nos daremos cuenta de que lo cerrado era la protección al infierno verbal de adentro; a una violencia interna a la que no le quedará de otra más que volverse externa.

El dolor es lo que termina haciendo comprender, a los seis amigos de piso, el silencio de los años encerrados. El amor dejó de servirles para algo, hace mucho. El rencor será lo único que los hará sanar y crear, con el impulso suficiente de la curiosidad palpitante y visceral.

Se va a ir la luz, y solo nos quedarán unas cuantas velas iluminando el pasillo y la habitación. Alguien nos hablará, pero no hay cómo ver. El cuerpo no tiembla, es un consuelo que alguien hable desde el rincón más oscuro del cuarto. Es un consuelo que alguien se esté muriendo desde el rincón más oscuro del mundo.

Ojeda, M. (2016). Nefando. Almadía.

Puedes leer aquí el cuento de Caninos, perteneciente a su recopilación Las voladoras:

Compartir:
Suscribete
Notificar de
guest

0 Comments
Más antiguo
Más nuevo Más votado
Comentarios en línea
Ver todos los comentarios
0
Nos encantaría saber tu opinión, por favor comenta.x