El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

¿Duelos artificiales?: sobre el arte de perder

Por: Paola Torres

OPINION Y LETRITAS 600 x 460

Androides que emulan la voz de un ser querido y aplicaciones contra la soledad. Frente a una tecnología que promete evitar el sufrimiento, ¿por qué la psicología y la poesía nos recuerdan que el dolor es indispensable para volver a crear?

Dice Elizabeth Bishop en su poema “El arte de perder no es difícil de dominar”:

El arte de perder no es difícil de dominar;
tantas cosas parecen llenas con la intención
de perderse que su pérdida no es un desastre.
Pierde algo todos los días. Acepta la tensión
de perder las llaves de la puerta, la hora malgastada.
El arte de perder no es difícil de dominar…

Quiero escribir algunas líneas sobre algo que nos concierne a todas las personas, en todos los momentos hasta el fin de nuestros días: la pérdida.

Hace algunos años, una paciente que atendí luego de una separación me dijo: “Lo malo de perder es que ya no quiero perder más”. Luego se sonrió. Recuerdo que ambas nos miramos en silencio y le pregunté: ¿Es eso posible?

Sin dudas, hablar de duelos y de pérdidas siempre inaugura un terreno movedizo y pantanoso porque requiere tener que volver a tocar el tópico de los tiempos y los procesos. Hace bastante que acompaño diferentes procesos de duelos: pérdidas de trabajo, amorosas, duelos por crisis vitales y también pérdidas por muertes.

La pérdida, como nos propone Elizabeth Bishop, ¿es tal vez la operación más preciada que podamos atesorar? ¿Por qué los seres humanos tememos tanto a lo que ocurrirá cuando atravesamos una pérdida?

Hace un tiempo escribí unos artículos sobre el impacto de las tecnologías en las relaciones y también sobre cómo los avances tecnológicos siguen influyendo en diferentes procesos de subjetivación.

Los duelos son uno de estos procesos. Existen investigaciones y experimentos en China y Japón sobre robots o aplicaciones que emulan, por ejemplo, la voz de un ser querido perdido, pero que también están siendo pensados para complacer y contribuir a procesos como las soledades no deseadas. Estos nuevos androides, además de no generar conflictos, prometen un amor y un ser y estar sin condiciones, entonces, ¿podríamos pensar en una vida eterna también? Si esto es así, ¿anhelamos eso? ¿Qué nos seduce de la idea de recuperar eso perdido? ¿Qué nos ocurre ante las pérdidas y por qué nos negaríamos a vivirlas?

Por ejemplo, un ser amado, ya sea por ruptura o la inevitable tragedia de la vida, la muerte. Nos es devuelto en formato de robot. Una reciente serie en Netflix, la cual recomiendo, “Futuro desierto”, aborda estos tópicos y nos arma de preguntas y de interrogantes acerca de nuestro propio modo de funcionar y de ser y estar.

Primero diría que las pérdidas son procesos desconcertantes. Las mayores de las veces nos confrontan al sentimiento del desamparo. Nos exigen rearmarnos a una realidad novedosa, ese suceso a veces no es elegido. Demanda tiempo poder comprender esa nueva realidad, ese tiempo no siempre es cronológico. Y esa impaciencia de querer saltear ese proceso, la mayoría de las veces, nos puede obstaculizar el elaborar que de lo que perdemos también nos abre un espacio a preguntas, angustia, tristeza o emociones que bien sabemos suelen ser más incómodas.

Tal vez por eso, retomando las preguntas iniciales, queramos no encontrarnos con el trabajo de perder. O inclusive cuando ese trabajo sí fue una elección y es deseado, también desafía a tener que reconstruir una nueva vida, nuevos espacios y un tener que dejar algo atrás.

Bien sabemos desde el psicoanálisis que el psiquismo tiende a buscar el equilibrio y ese equilibrio se ve perturbado temporalmente cada vez que debemos tramitar una pérdida. Vuelvo a recordar a mi paciente que se pregunta si es posible no perder nada. Tal vez, debamos repensar desde dónde demandamos no perder y por qué la pérdida inaugura la potencia de la creación. Ahí donde perdemos, es cierto que se nos exige un tener que reorganizar. Pero también, en ese espacio que crea aquello que se fue, algo nuevo puede emerger. La extrañeza de vernos desconocidos, de tener que dejar ir una parte de nuestra identidad, pero también, la posibilidad que, como quien dice, de esas cenizas se recomponga un Ave Fénix, repensando el mito que el fuego que consume opera a su vez como posibilitador de que otra cosa ocurra.

En ese sentido, propongo repensar nuevamente la importancia de los duelos, las ceremonias y rituales históricos que se hacían para poder acreditar la partida de alguien. Reunirse en comunión para despedir, pero también para acreditar que algo de la vida tal como ocurrió hasta ese momento debe cambiar. Porque la vida misma tiende a esa pérdida que nos es concedida desde el momento que comenzamos a vivir.

Mientras termino de elaborar estas líneas, leo este apartado de Sigmund Freud en “Inhibición, síntoma y angustia”:

“El duelo surge bajo la influencia del examen de realidad, que impone definitivamente la separación del objeto, puesto que el mismo no existe ya. Se plantea así a este afecto la tarea de llevar a cabo tal separación del objeto en todas aquellas situaciones en que él era de una elevada carga. El carácter doloroso de esta separación se adapta a la explicación que acabamos de dar por la elevada carga de anhelo, imposible de satisfacer, y concentrada en el objeto por el acongojado sujeto, durante la reproducción de las situaciones en las cuales ha de efectuarse un desligamiento de los lazos que lo mantenían atado a él”.

Ya en esta época, el mismo Freud nos acompaña a comprender que, si hay algo que los duelos inauguran, es el carácter del trabajo del dolor. El dolor como posibilitador de tramitar lo que no fue, lo que no será y, en tal caso, atravesar esos laberintos nos conduzcan a la reconstrucción de otros caminos posibles. En él mientras, la realidad nos pone a prueba comprobando aquello que ya no está y teniendo que desarmar esos lugares para poder refundar otros.

Es por ello que la palabra “trabajo” me recuerda que quizás debamos pensar en esta época y en los desafíos éticos que se nos proponen. ¿Será que le pediremos a estos nuevos robots que nos eviten no saber nada acerca de lo que nos duele?

Por ahora, aunque nos la ingeniemos para buscar atajos, en este planeta y en estas dimensiones, quizás de las pocas cosas que tengamos certezas es que todo tiene un tiempo de finitud y que querer tapar la existencia con estas distracciones nos demora de repensar hacia dónde queremos ir y cómo podemos elaborar eso que tenemos que dejar ir cada vez que debemos encontrarnos con el arte de perder.

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    Es psicoanalista egresada de la Universidad de Buenos Aires,
    Argentina. Actualmente se desempeña como psicóloga clínica. Trabajó en instituciones brindando talleres y capacitaciones referidas a la prevención de la violencia de género.

    Brindó charlas en empresas privadas sobre la temática de género en las empresas. Formó parte de un comité de diversidad en género en el ámbito privado. Se dedica a la escucha clínica con perspectiva de género.

    Publicó en Revisa Ají el artículo “No amarás” Sobre mandatos del amor
    romántico. Y “Entre el diván y el Algoritmo” en 2026.

    Participó en diferentes congresos brindado aportes académicos. Artículos como: “Poder potencia- Ética y psicoanálisis” en las jornadas de psicoanálisis y género en 2019.

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