El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

Cicciolina: ¿El cuerpo que la política nunca quiso escuchar?

Por: Silvina Ojeda

En 1987 fue candidata por el Partido Radical italiano, una fuerza política de perfil laico y libertario que impulsaba causas como los derechos civiles, la objeción de conciencia, el divorcio, la despenalización del aborto y la libertad de expresión.

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Entró al Parlamento italiano en 1987 con una corona de flores, escotes imposibles y una fama que parecía condenarla a las tapas de las revistas de espectáculos. Sin embargo, durante cuatro años ocupó una banca legislativa real. Su nombre artístico era Cicciolina, pero detrás del personaje estaba Ilona Staller: una mujer que incomodó a una sociedad profundamente conservadora y que, casi cuatro décadas después, sigue obligando a preguntarnos cuánto pesan los prejuicios cuando una mujer intenta ejercer poder desde un cuerpo que desafía las normas.

La historia suele resumirse en una frase fácil y amarillista: “la actriz porno que llegó al Parlamento”. Pero esa síntesis borra casi todo lo importante. Reduce una trayectoria política a un estereotipo y confirma, precisamente, aquello contra lo que Staller pareció luchar durante toda su vida pública: que su cuerpo siempre hablara antes que sus ideas.

Nacida en Hungría en 1951, emigró a Italia a comienzos de los años setenta. Allí construyó una carrera en la industria del entretenimiento para adultos, un ámbito atravesado históricamente por profundas desigualdades, explotación y violencia hacia muchas mujeres. Staller siempre sostuvo que su recorrido había sido una decisión personal y defendió el derecho de cada mujer a decidir sobre su propio cuerpo. Esa posición, hasta hoy convive con los cuestionamientos históricos de numerosos feminismos, que señalan las condiciones estructurales de violencia, desigualdad y mercantilización que sostienen buena parte de esa industria.

En 1987 fue candidata por el Partido Radical italiano, una fuerza política de perfil laico y libertario que impulsaba causas como los derechos civiles, la objeción de conciencia, el divorcio, la despenalización del aborto y la libertad de expresión. Contra todos los pronósticos obtuvo alrededor de 20 mil votos preferenciales, convirtiéndose en la segunda candidata más votada del partido, apenas detrás de su histórico líder, Marco Pannella. Así llegó a la Cámara de Diputados italiana, donde ejerció funciones hasta 1992.

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Su presencia provocó un terremoto político y mediático. Mientras muchos esperaban una simple celebridad ocupando una banca, Staller presentó más de una decena de iniciativas parlamentarias vinculadas con la educación sexual en las escuelas, la defensa de los derechos de los animales, la eliminación de distintas formas de censura, la mejora de las condiciones de detención en las cárceles y hasta la creación de espacios públicos destinados a la intimidad de las parejas, convencida de que una sociedad sexualmente reprimida también era una sociedad más violenta.

Su activismo también estuvo atravesado por un fuerte discurso pacifista. En 1990, en plena crisis internacional por la invasión iraquí a Kuwait, sorprendió al mundo al ofrecer públicamente mantener relaciones sexuales con Saddam Hussein a cambio de que evitara la guerra del Golfo y liberara a los rehenes occidentales. La propuesta era deliberadamente provocadora y nadie esperaba que ocurriera. Era una performance política que utilizaba el absurdo para cuestionar la lógica de la guerra y llamar la atención de una prensa internacional que terminó hablando mucho más del escándalo que del mensaje pacifista que intentaba instalar.

Ese fue, probablemente, el destino permanente de Ilona Staller. La imagen terminaba devorando el contenido. Los fotógrafos buscaban sus vestidos, sus escotes o sus pechos descubiertos; mucho menos espacio ocupaban sus intervenciones parlamentarias o sus posiciones sobre derechos civiles. Mientras intentaba ser escuchada como legisladora, buena parte del sistema político y mediático continuaba observándola únicamente como un objeto.

La misma tensión apareció cuando visitó la Argentina en agosto de 1990. Llegó con su ya inconfundible estética de flores, vestidos en tonos pastel y un enorme oso de peluche entre los brazos. La televisión local, fascinada y escandalizada al mismo tiempo, parecía incapaz de decidir si estaba frente a una dirigente política o a un personaje extravagante. Los programas buscaban obsesivamente el desnudo, la provocación o el escándalo, en plena conferencia de prensa ella hacia el gesto famoso, sacar su teta derecha y mostrarla, luego procedia acomodarsela entre su escoste, mientras los periodistas insistían en preguntarse si su presencia representaba una amenaza para la familia tradicional, estamos hablando de una epoca televisiva fundamental donde no existian redes. Frente a ese clima, Staller respondía con una serenidad inesperada. Contestaba sin elevar la voz, hablaba de derechos individuales, de libertad y de política, descolocando a quienes esperaban un espectáculo y no una discusión.



Los años pasaron, pero la lógica apenas cambió. Sus posteriores visitas a la televisión argentina, desde Antonio Gasalla hasta Bailando por un Sueño en 2008, volvieron a colocar el foco sobre el personaje antes que sobre la exdiputada italiana. Parecía imposible separar a Cicciolina del mito construido alrededor de su cuerpo.

Por eso su figura continúa generando posiciones encontradas. Para algunas personas fue una pionera capaz de desafiar los mandatos sobre la sexualidad femenina y utilizar la cultura del espectáculo como una forma de irrumpir en espacios históricamente reservados para los varones. Para otras, su nombre permanece inevitablemente asociado a una industria que sigue despertando profundas discusiones éticas, políticas y feministas. Ambas miradas conviven y probablemente expliquen por qué Ilona Staller continúa siendo una figura tan incómoda como vigente.

Lo cierto es que nunca buscó ser una dirigente convencional ni tampoco una víctima de los prejuicios. Construyó su personaje de manera consciente, utilizó el escándalo como lenguaje político y llevó el kitsch hasta convertirlo en una forma de intervención pública. No ganó la batalla contra los prejuicios; de hecho, muchas veces terminó atrapada dentro de ellos. Pero sí consiguió exponerlos.

Casi cuarenta años después de aquella banca parlamentaria, la pregunta sigue siendo la misma. ¿Cuánto estaba dispuesta la sociedad a escuchar a una mujer cuando su cuerpo rompía todas las expectativas? La historia de Cicciolina no ofrece una respuesta definitiva. Pero sí deja una evidencia difícil de ignorar: muchas veces el verdadero escándalo no fue ella, sino la incapacidad de los medios, de la política y de buena parte de la sociedad para mirar más allá del personaje.

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