El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

¿Cuándo termina una terapia… o por qué resulta tan difícil terminarla?

Por: Benjamín Yulis

opinion 11 1

En un reciente reportaje de The Clinic, titulado “Nada en mi vida ha durado tanto como mi psicóloga”, publicado el pasado 27 de junio, se abordó una inquietud que parece atravesar a un número creciente de personas: los tratamientos psicológicos que se extienden durante años y pacientes que, aun sintiendo que el proceso ya no produce cambios significativos, no logran dar el paso de terminarlo. A partir de diversos testimonios y de las opiniones de profesionales de distintos enfoques, el artículo termina construyendo una conclusión bastante clara: una buena psicoterapia debería conducir progresivamente hacia la autonomía del paciente y corresponde al terapeuta promover el cierre cuando detecta que el proceso ha perdido su dirección.

La preocupación es pertinente. Sería ingenuo negar que existen tratamientos que se prolongan por simple inercia o profesionales que nunca ponen en discusión el sentido de continuar. Sin embargo, el reportaje resulta interesante no solo por lo que dice, sino también por todo aquello que da por evidente sin detenerse a examinarlo.

Quizás el supuesto más importante es que el objetivo de toda psicoterapia consiste en producir sujetos autónomos. La palabra aparece una y otra vez, como si su significado fuera transparente y nadie pudiera estar en desacuerdo con ella. Se habla de que el paciente debe “internalizar la figura del terapeuta”, desarrollar herramientas propias y dejar de necesitar ese espacio. El ideal parece claro: una persona suficientemente fortalecida como para sostenerse por sí misma. Sin embargo, desde una perspectiva psicoanalítica, esa idea merece al menos una pregunta. ¿Qué entendemos exactamente por autonomía? Porque el psicoanálisis parte de una premisa bastante menos optimista sobre la condición humana: el sujeto nunca es completamente dueño de sí mismo. Está atravesado por el lenguaje, por la historia que otros escribieron antes de que pudiera hablar, por deseos que muchas veces desconoce y por vínculos que lo constituyen. La promesa de una autonomía plena parece responder más al ideal contemporáneo del individuo autosuficiente que a la experiencia clínica propiamente tal.

No se trata, por supuesto, de defender la dependencia como si fuera un valor. Esa sería una caricatura tan simplista como pensar que el psicoanálisis promueve tratamientos interminables. Lo que ocurre es que el reportaje utiliza constantemente la noción de dependencia para nombrar fenómenos que, desde el psicoanálisis, se pensarían de otro modo. Cuando una paciente dice que siente a su psicóloga como una segunda madre, o cuando otra reconoce que le da culpa despedirse después de tantos años, el artículo interpreta rápidamente esos relatos como evidencia de una relación dependiente. Pero para el psicoanálisis existe una diferencia fundamental entre dependencia y transferencia. La transferencia no es un accidente del tratamiento ni un problema que deba eliminarse; es la condición misma para que un análisis pueda comenzar. El paciente supone que el analista sabe algo sobre su sufrimiento y, precisamente desde esa suposición, empieza a hablar de una manera que no hablaría con cualquier otra persona. Sin transferencia no hay análisis. La cuestión ética no consiste en impedir que aparezca, sino en qué hace el analista con ella.

Y es aquí donde el debate se vuelve más interesante de lo que el reportaje alcanza a mostrar. Porque el verdadero riesgo no es que un paciente establezca un vínculo significativo con su analista. Ese vínculo es inevitable. El riesgo aparece cuando el analista deja de interrogar el lugar que ocupa para ese paciente y comienza, consciente o inconscientemente, a habitarlo. Cuando ya no interpreta la transferencia, sino que se instala en ella. Lacan fue particularmente crítico con ese peligro y dedicó buena parte de su enseñanza a advertir que el analista debía cuidarse de creer demasiado en el lugar que el paciente le atribuía. En otras palabras, el problema no es la duración del tratamiento en sí misma, sino la posibilidad de que tanto analista como analizante queden atrapados en una relación que ha dejado de producir trabajo subjetivo y comienza simplemente a reproducirse.

Otro aspecto llamativo del reportaje es la manera en que entiende el alta terapéutica. Varios de los profesionales entrevistados sostienen que el terapeuta tiene la responsabilidad ética de detectar cuándo un proceso ha llegado a su fin y de conducir activamente ese cierre. Nuevamente, la afirmación parece de sentido común, pero supone una posición muy particular respecto del saber clínico. ¿Quién decide que un análisis terminó? ¿Bajo qué criterios? En medicina esa pregunta suele responderse mediante indicadores relativamente objetivos. En psicoanálisis, en cambio, el final de un análisis nunca puede reducirse a un protocolo. No existe un examen que determine que alguien ya resolvió definitivamente su conflicto con el deseo o que nunca repetirá ciertos modos de sufrimiento. El final de un análisis no es un certificado de normalidad. Es, si ocurre, una modificación en la posición subjetiva desde la cual una persona se relaciona con aquello que antes organizaba su malestar.

Quizás por eso también resulta discutible la idea, presente en varios momentos del artículo, de que un período sin avances visibles equivale necesariamente a un estancamiento. La lógica contemporánea nos ha acostumbrado a medir cualquier proceso en términos de productividad: si no hay resultados observables, concluimos que no está ocurriendo nada. Sin embargo, el inconsciente no trabaja según ese ritmo. Hay análisis que parecen inmóviles durante meses y, sin embargo, están preparando un movimiento decisivo. A veces un silencio prolongado, una repetición insistente o la sensación de estar diciendo siempre lo mismo forman parte del trabajo mismo del análisis. Esto no significa que toda terapia larga sea buena ni que todo aparente estancamiento esconda un progreso invisible. Significa simplemente que el criterio para evaluar un proceso analítico no puede reducirse a una lógica de rendimiento o de eficiencia.

Hay un momento del reportaje que, paradójicamente, me parece el más interesante. Un entrevistado afirma que no va al psicólogo a resolver problemas, sino a abrir otros nuevos. La frase aparece casi como una confesión que ilustraría el carácter interminable del psicoanálisis. Sin embargo, podría leerse exactamente al revés. Porque el análisis no consiste en ofrecer respuestas rápidas ni en cerrar definitivamente los conflictos. Muchas veces su trabajo consiste precisamente en desmontar las falsas respuestas con las que alguien había conseguido organizar su vida durante años. Abrir una pregunta no siempre significa prolongar innecesariamente el sufrimiento: en ocasiones es la condición para dejar de repetirlo.

Lo que finalmente deja entrever el reportaje es algo más amplio que una discusión sobre el tiempo que debe durar una terapia. Refleja una determinada manera de concebir la salud mental, muy propia de nuestra época. Una concepción donde el bienestar aparece como un estado alcanzable, la autonomía como un ideal incuestionable y la psicoterapia como un dispositivo destinado a optimizar individuos. Desde esa lógica, resulta natural preguntarse cuándo corresponde dar el alta, del mismo modo en que un médico da el alta después de una neumonía. El psicoanálisis, en cambio, introduce una incomodidad que quizás hoy resulte poco popular: no todo sufrimiento puede eliminarse, no toda dependencia constituye un fracaso y no todo análisis puede evaluarse mediante los mismos criterios con que se evalúa una intervención técnica.

Tal vez por eso la pregunta más interesante no sea cuándo una terapia debería terminar, sino por qué resulta tan difícil para algunas personas terminarla. El reportaje presenta esa dificultad como un problema que habría que resolver. El psicoanálisis propondría otra cosa: escuchar qué dice esa dificultad, qué lugar ocupa ese analista en la historia singular de ese sujeto y qué pérdida representa despedirse de ese espacio. Cambiar la pregunta puede parecer un gesto menor. Sin embargo, ahí reside una diferencia ética fundamental. Porque mientras una perspectiva busca administrar correctamente los finales, la otra intenta comprender qué verdad se juega, para cada quien, en la imposibilidad de ponerles fin. Y quizás sea precisamente esa diferencia la que explica por qué el psicoanálisis sigue siendo, todavía hoy, una voz incómoda frente a ciertas certezas con las que pensamos la salud mental contemporánea.

  • IMG 20240906 WA00231 e1782835243590

    Psicólogo clínico por la Pontificia Universidad Católica de Chile. Se dedica a la atención de adolescentes y adultos desde una orientación psicoanalítica. Su interés se centra en el diálogo entre el psicoanálisis, la clínica, la filosofía, la literatura y otras disciplinas que permitan pensar la subjetividad y el malestar en la cultura contemporánea.

    Ver todas las entradas
Compartir:
Suscribete
Notificar de
guest

0 Comments
Más antiguo
Más nuevo Más votado
Comentarios en línea
Ver todos los comentarios
0
Nos encantaría saber tu opinión, por favor comenta.x