“Siete casas vacías” de Samanta Schweblin: cómo abrazar lo inabrazable

Por Uriel González desde México
“Por un momento me pregunto si habrá alguna otra manera de abrazar cosas tan descomunalmente grandes como una casa, si será eso lo que mi madre intenta hacer”.
Una madre y una hija visitan, dentro de su coche, las casas de un barrio acomodado. Una reunión familiar en una casa de verano. Un señor recoge la ropa de su hijo muerto lanzada por su esposa al patio de la vecina. Una mujer espera su muerte con impaciencia. Una nuera sale en la noche a buscar aspirinas para su suegra. Una niña espera sola, sin bombacha, en la sala de espera de un hospital. Una mujer camina por Corrientes con una bata de baño cubriendo su cuerpo y la toalla de su cabello sobre su brazo.
“Quería morirse, pero todas las mañanas, inevitablemente, volvía a despertarse”.
Samanta Schweblin autora de Kentukis, novela nominada al Booker Internacional, “Distancia de rescate”, novela corta ganadora del Shirley Jackson, y “El buen mal”, su última recopilación de cuentos ganador del Premio Aena en su primera emisión, presenta en “Siete casas vacías”, siete cuentos que, como casas, son escenarios de lo cotidiano. Una casa de verano, una casa en lo suburbano costoso, otras en barrios que antes eran símbolo de prestigio, pero el tiempo las ha visto decaer. Pisos en medio de avenidas concurridas. Casas que se olvidan cerrar.
Hay un espíritu que convierte a la autora en una narradora quisquillosa y, a la vez en una buena anfitriona. No nos da nada de beber, porque espera que nuestra visita sea rápida, pero está ansiosa de hablarnos de lo que sostiene a una persona, su nido, de lo que su seguridad está hecha. Nos señala las dos escaleras grandes, una a un lado de la otra. Nos agarra de la mano, y nos muestra que un poco lejos de esa casa están vacacionando gente de la ciudad en el campo, que la disculpemos por el desorden de esos armarios, que pasemos rápido, porque la lluvia no nos va a dejar ver las casas que se ven mejor con la luz del sol, las casas que huelen a los buenos tiempos de sus habitantes. Algo de ellos se murió y el barrio lo resintió, algo de ellos se hundió y la tierra bajo sus pies se los comenzó a comer.
Livings espaciosos, como habitaciones. Una azucarera de verdad y la otra de adorno. Casas tan lindas que dan ganas de llorar. Habitaciones que no piden permiso para existir, no se dividen, cada una para cada cosa. “Siete casas vacías” y los muebles de cedro, las colchas dobladas con delicadeza en la parte superior de la cama; el patio mojado y el agua que riega y sostiene; las ganas de decir las palabras y terminar solo pensando, las ganas de que sea otro el que intervenga.
Ninguna casa es más habitada que la que huele a muerte, la que vivió y respiró silbando. Ninguna casa es más humana que la llena de mudanzas fallidas. Ninguna casa aterra más que la que está sin llave, esperando, en silencio no que la cierren, sino que la inunden, la vacíen y la olviden.
“Lo importante quedaría siempre dentro de la casa”
No hay casa. En una actualidad como la nuestra en que conseguir una casa se vuelve algo imposible, porque el salario dejó de dar para eso. Tienes que escoger entre pagar una a préstamos que terminan degollando, o pagarla de contado después de ahorrar por más de 30 años. Nos vemos prestados a habitar muchas casas antes de llegar a la nuestra, habitaremos el centro y habitaremos la periferia. Veremos que las personas en los dos ambientes no habitan cómodamente la cotidianeidad, aunque así lo parezca. Un solo estornudo nos puede interrumpir todo, un cuerpo viejo se puede caer y romperse y no sabremos si ayudar aún, si la frente le sangra, si el brazo se le quiebra y la nariz ya no es nariz, sino un pedazo en el piso.
Samanta Schweblin nombra y el lector latinoamericano se ubica en sus propios cuarenta centímetros cuadrados, los necesarios para habitar nuestro lugar en el mundo, el lugar donde se sienta a esperar. ¿Qué tenemos sino la nada? ¿Adónde ir a encerrarnos, si no hay casa para nosotros y estamos abiertos a la duda? No hay seguro y alguien puede entrar. ¿Qué se hace cuando alguien entra y resulta que no es un demonio rojo y negro que quiere nuestra alma, sino un humano: un hombre alto, más sombra que carne, que no sabe qué quiere, pero nos ve y sonríe, se quiebra, y solo estamos sentados esperando?
Porque es comprensible que si se te muere un hijo tienes todo el derecho de aventar su ropa al patio de tu vecina. Porque el barrio se fue haciendo peligroso y no quieres a esa novedad a un lado tuyo. Porque tu correo tirado estropea la vista de lo poco lindo que queda y el pasto crecido te convierte en selva.
Las casas de “Siete casas vacías” están llenas y se niegan a vaciarse en futuras cajas embaladas. Los pasillos oscuros son sus venas bombeantes. Son casas grandes a las que se les pierde el control y cuidado con que empiecen a hablar de lo que ven, lo que escuchan, cuidado con que se enteren los de afuera que el hombre sin suerte es el hombre sin nombre.
No existe rito para despedir a una casa, ella no nos quiere soltar, porque cuando volteemos dispuestos a irnos, afuera en el patio estará viéndonos el niño que fuimos, los vecinos envejecidos, la vecina que habita cerrando sus puertas y ventanas. Recordaremos el calor de las paredes, la soledad de un conjunto de casas casi iguales, con habitantes casi perfectos y el silbido de una respiración que rompió para siempre lo que fuimos.
Lee el primer cuento de esta recopilación aquí:

