El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

Me quiere mucho, poquito, nada: sobre el rechazo amoroso y la necesidad de ser elegidxs

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Por: Verónica Aravena Vega

A los trece años una aprendía a adivinar el amor. Las revistas traían un test para saber si le gustabas al niño de turno, y cada gesto valía puntos: si te miraba cuando entrabas a la sala, cinco; si se acordaba de tu nombre, otros cinco; si te saludaba igual que a todas, cero, y ese cero arruinaba la semana entera. El test era apenas una parte del repertorio. Estaba la margarita deshojada, el horóscopo que prometía con qué signo había futuro, las amigas convertidas en espías para averiguar si él había preguntado por una, el juego de las iniciales para sacar el porcentaje de amor, la canción de la radio que caía justo y se leía como señal. Todos servían para lo mismo: sobrevivir a una pregunta que todavía no tenía respuesta; ¿le gusto o no le gusto?

Había una necesidad conmovedora de hacer hablar al azar. Como no podíamos preguntarle al otro, le preguntábamos a una flor, a los signos, a una revista, a una coincidencia. Todo aliviaba unos minutos la angustia de no saber. Con los años dejamos esos rituales, o eso creemos, porque ahora elegimos fotos para una aplicación, escribimos una biografía que parezca espontánea, calculamos cuánto esperar antes de contestar, interpretamos un visto. Cambió el instrumento, no mucho más.

Roland Barthes escribió que el enamorado es el que espera: espera una llamada, una carta, una señal que confirme que el deseo circula de vuelta. Lo dice del amor en general, como una verdad sin sexo, la condición de cualquiera que ame, y lo dice tan bien que una le cree. Pero esa espera nunca se repartió de manera inocente. A las niñas se nos enseñó que el amor era una disciplina de la paciencia: gustar sin parecer demasiado disponible, mostrar interés sin exagerar, esperar que llamara primero, que invitara primero, que dijera te quiero primero. Barthes le puso nombre filosófico a una rutina que la revista ya había distribuido por sexo una década antes, con menos elegancia. Lo que Barthes presentó como naturaleza del amor era currículum. Las revistas no enseñaban solamente a enamorarse; enseñaban a administrar el rechazo, y escondían siempre la misma promesa imposible: si aprendías el equilibrio justo entre cercanía y distancia, podrías evitar que dejaran de quererte.

El rechazo llegaba igual, porque forma parte del amor desde que el amor existe, y llegaba distinto según el cuerpo. A las mujeres se les permitió sufrirlo. Había una épica del corazón roto, canciones, diarios de vida, conversaciones interminables con amigas, y llorar por alguien podía volverse una forma de identidad. A los hombres se les pidió otra cosa, que insistieran, que conquistaran, que avanzaran, y cuando aparecía el no, había menos palabras para nombrarlo. La tristeza tenía que esconderse rápido. A algunos la herida los volvió silenciosos; a otros los volvió orgullo, ironía, rabia, y es fácil entender por qué hoy existen comunidades enteras que prefieren creer que el amor es una conspiración antes que aceptar que nadie tiene derecho al deseo de otra persona.

Hay un rechazo que casi nunca apareció en esas páginas. El chico enamorado de su mejor amigo. La niña enamorada de otra niña, que revisaba el horóscopo buscando una casilla que nunca iban a imprimir. La persona trans que crecía sin verse en ninguna parte. Para ellos el problema no empezaba cuando alguien decía que no. Empezaba antes, cuando descubrían que su manera de amar ni siquiera estaba contemplada. Para que te rechacen, primero alguien tiene que reconocer que eras una posibilidad, y no todos recibieron ese permiso.

Eva Illouz mostró cómo el amor terminó pareciéndose a un mercado donde elegimos y nos eligen, y donde aprendimos a pensar el propio atractivo como un capital que se administra mejor o peor. Las aplicaciones llevaron esa lógica al extremo. Ya no vivimos un gran rechazo cada tanto, sino una sucesión de rechazos casi administrativos: conversaciones que se cortan sin explicación, gente que desaparece después de una cita, matches que nunca escriben. Ninguno parece grave por sí solo. Lo que pesa es la acumulación, la sensación de estar siendo evaluada de manera permanente.

Pienso otra vez en esa niña de trece haciendo cuentas con un lápiz pasta. Durante mucho tiempo creí que la escena hablaba del amor. Ahora sé que hablaba del valor. Cada cinco era una confirmación de que merecía ser querida; cada cero, un defecto que había que corregir. Nadie lo decía así. Bastó con enseñar que el amor podía leerse como un examen, y que si el resultado era malo siempre existía una versión mejor de una misma, más linda, más interesante, menos intensa.

El rechazo cuesta menos por la partida que por lo que hacemos con ella, la velocidad con que la convertimos en un juicio sobre nosotros mismos. Confundimos una preferencia con un veredicto, el deseo del otro con la medida de lo que valemos. Nos echamos la culpa porque la culpa tiene una ventaja sobre el azar: ofrece la ilusión de control. Si el problema fui yo, puedo corregirme. Si el problema fue una decisión libre del otro, no queda nada que hacer, solo aceptar que el deseo nunca obedeció a la lógica del esfuerzo. Alguien puede ser inteligente, generoso, leal, y no despertar las ganas de una persona en particular. No le falta nada. Simplemente el deseo no llegó.

La niña del lápiz pasta sigue sumando. Ya no cuenta pétalos ni signos, cuenta matches y silencios, y todavía cree que el resultado dice algo exclusivamente de ella.

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    Doctora en Género y Política de la Universidad de Barcelona y Máster en Masculinidades. También cursó estudios de Máster en Psicología Organizacional en la Universidad Miguel Hernández, España y obtuvo un Máster en Psicología Social en la Universidad de Talca, Chile.

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