El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

El derecho a ser frágil: los cuidados y el despojo de la ternura en la modernidad tardía

Por: Sofía Varas Rojas, socióloga, especialista en salud mental, infancias y derechos humanos

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La experiencia del espacio doméstico, históricamente conceptualizado como el refugio primario frente a las inclemencias de la esfera pública, se transmuta con frecuencia en el escenario primordial de la vulnerabilidad y el despojo. Cuando el entorno que debiera garantizar la seguridad jurídica, física y afectiva se convierte en un territorio de hostilidad verbal y psicológica, se produce una fractura epistémica en la cotidianidad del sujeto. 

Las dinámicas de expulsión y violencia psicológica no operan únicamente como contingencias relacionales aisladas; constituyen mecanismos microscópicos de poder que desarticulan la estabilidad ontológica de quienes habitan el hogar en condiciones de precarización física o corporal, como la coexistencia de la enfermedad, el dolor crónico o la convalecencia de un esguince en periodos de alta exigencia académica.

Como señala la socióloga de las emociones Eva Illouz (2007) en su análisis del capitalismo afectivo, las relaciones contemporáneas están profundamente atravesadas por un proceso de institucionalización de la frialdad y una desregulación del compromiso moral hacia el “otro”. La violencia psicológica ejercida mediante la reiterada amenaza de expulsión y la invalidación del sufrimiento corporal ejerce una fuerza de desanclaje. 

El imperativo de “irse pronto” y la manifestación explícita de insoportabilidad anulan el estatuto del hogar como espacio de reproducción social y cuidado mutuo, transformándolo en un enclave de hostilidad que imita las lógicas más crudas del descarte y la exclusión macro-social. En este sentido, la expulsión del espacio habitacional no es solo un acto físico; es un desahucio emocional que priva al sujeto de sus soportes fundamentales en momentos de máxima vulnerabilidad sistémica.

Biopolítica del Cuidado y la Violencia Estructural en la Fragilidad

La coincidencia temporal de la convalecencia física, los trastornos del sueño y las demandas institucionales, como los periodos de evaluación universitaria de los estudiantes pone de manifiesto la asimetría de género y poder en la distribución de las cargas de soporte. Desde una perspectiva sociológica crítica y con enfoque de género, la fragilidad corporal es frecuentemente penalizada en estructuras micro-sociales regidas por la exigencia de una funcionalidad permanente. Judith Butler (2006), en su obra “Vida Precaria”, argumenta que la vulnerabilidad es una condición inherente a la existencia humana que nos vincula irremediablemente a los demás; dependemos de infraestructuras sociales y afectivas para sobrevivir.

“La vulnerabilidad de la vida se vuelve evidente allí donde el cuerpo expuesto es negado en su necesidad de abrigo, sustento y reconocimiento mutuo; cuando esa interdependencia se quiebra, la precariedad se distribuye de manera desigual, dejando a ciertos sujetos desprotegidos ante la violencia del entorno.” (Butler, 2006, p. 45).

Cuando el entorno relacional ignora deliberadamente el dolor del cuerpo y la fatiga, la interdependencia necesaria se fractura y da paso a una vulnerabilidad inducida por la negligencia y la hostilidad. La agresión verbal se convierte en un dispositivo biopolítico que busca disciplinar al sujeto mediante el aislamiento, exigiéndole una autosuficiencia imposible bajo condiciones de quebranto físico y emocional. Así, la falta de sueño y el dolor se intensifican no solo por la dimensión biológica, sino por el desgaste que produce la defensa constante frente a un entorno hostil que debería ser, por definición, una red de protección.

El Manifiesto de la Ternura: Una Epistemología del Refugio y la Espera

Frente a la intemperie provocada por la hostilidad del entorno, emerge una demanda que trasciende la mera supervivencia biológica para constituirse en una urgencia filosófica y política: “solo quiero habitar la ternura, que me cuiden, que me esperen con un plato de comida, que me hagan sentir que estoy en un lugar seguro, que puedo ser frágil, que hay alguien que me cuida esa sensibilidad”. Esta declaración no es un repliegue pasivo ni un acto de sumisión; es una resistencia epistémica frente a la crueldad de una modernidad que mercantiliza los afectos y penaliza el descanso.

Desde la filosofía existencial y fenomenológica, Emmanuel Levinas (2002) situó la ética en la responsabilidad irrenunciable hacia el Rostro del Otro. Para Levinas, la acogida del prójimo es el acto fundacional de la condición humana. El plato de comida caliente que espera al final del día no representa únicamente nutrición calórica; es el símbolo concreto de la alteridad que reconoce la existencia del sufriente, un acto de hospitalidad radical que declara: tu existencia me importa y tu fragilidad está a salvo conmigo. Habitar la ternura implica la creación de un espacio-tiempo donde el sujeto no está obligado a defenderse, donde las armas de la vigilancia psicológica pueden ser depuestas porque existe la certeza absoluta de un resguardo.

La ternura opera aquí como una categoría política revolucionaria, tal como la concebía el psicoanálisis crítico latinoamericano, al oponerse frontalmente a la deshumanización. Permitirse ser frágil requiere una infraestructura de confianza que solo puede otorgar un entorno seguro. Cuando la sensibilidad es resguardada por otro, el dolor físico deja de ser una condena solitaria y pasa a ser sostenido colectivamente, permitiendo que el cuerpo descanse y recupere su derecho a la quietud y al sueño reparador.

Hacia una Ética de la Hospitalidad Radical en la Micro-Política Familiar

La reconstrucción de los lazos desgarrados por la agresividad verbal y la inestabilidad psíquica requiere una transformación de la micro-política de los afectos. Joan Tronto (1993), en su teorización de la ética del cuidado (Ethics of Care), sostiene que cuidar implica cuatro fases éticas fundamentales: la atención (caring about), la responsabilidad (taking care of), la competencia en el dar cuidado (care-giving) y la receptividad del que recibe el cuidado (care-receiving). Cuando el cuidador histórico o el miembro de la unidad familiar es despojado de esta última fase y, por el contrario, es sometido a un entorno de violencia psicológica, el sistema relacional colapsa hacia la opresión.

La demanda de un lugar seguro donde la sensibilidad sea protegida constituye una apelación directa a la restauración de la hospitalidad incondicional de la que hablaba Jacques Derrida (2000). Para Derrida, la verdadera hospitalidad consiste en abrir el propio espacio al otro sin exigir condiciones, especialmente cuando ese otro se encuentra en una situación de desamparo o quebranto. El imperativo ético contemporáneo, por tanto, exige el diseño de espacios relacionales e institucionales donde la fragilidad no sea vista como una patología o una debilidad que deba erradicarse, sino como el núcleo mismo de la dignidad humana. Habitar la ternura es, en última instancia, el derecho fundamental a existir sin el temor constante a ser expulsado, invalidado o destruido en nuestra propia y legítima sensibilidad.

Referencias

Butler, J. (2006). Vida precaria: El poder del duelo y la violencia. Paidós.

Derrida, J. (2000). La hospitalidad. Ediciones de la Flor.

Illouz, E. (2007). Intimidades congeladas: Las emociones en el capitalismo. Katz Editores.

Levinas, E. (2002). Totalidad e infinito: Ensayo sobre la exterioridad. Sígueme.

Tronto, J. C. (1993). Moral boundaries: A political argument for an ethic of care. Routledge.

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