El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

Detrás del Mundial: la crisis de desaparecidos en México 

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Por: Anaís Pulgar Araya 

El Mundial de Fútbol 2026 ya está en marcha. Por primera vez en la historia, tres países comparten la organización de una misma Copa del Mundo: Estados Unidos, Canadá y México. Desde el 11 de junio, millones de aficionados han vuelto a experimentar esa sensación tan particular que produce el fútbol cuando se convierte en idioma universal. Las calles se llenan de camisetas, las conversaciones giran en torno a alineaciones y pronósticos, y durante algunas semanas pareciera que el mundo entero late al ritmo de un balón. La inauguración en Ciudad de México marcó el comienzo de una nueva fiesta global, una de esas celebraciones capaces de detener por un momento las preocupaciones cotidianas para dar paso a la ilusión colectiva. 

Pero no todo era entusiasmo aquel día. Mientras miles de personas ingresaban al Estadio Azteca para asistir al partido inaugural, otro tipo de multitud se congregaba en sus alrededores. No llevaban camisetas de selecciones ni banderas nacionales. Llevaban fotografías, rostros impresos en carteles, nombres, fechas e historias interrumpidas. Eran familiares de personas desaparecidas que aprovecharon la atención mundial para recordar una pregunta que lleva años sin respuesta: ¿dónde están? Mientras el mundo celebraba el inicio del torneo, cientos de madres, padres, hermanas e hijos exigían algo mucho más básico que una victoria deportiva: conocer el destino de sus seres queridos. 

La magnitud de la tragedia resulta difícil de dimensionar. Según la Fundación para la Justicia, México supera actualmente las 133 mil personas desaparecidas registradas, una cifra que continúa creciendo año tras año. Detrás de cada número existe una historia atravesada por la violencia del crimen organizado, las redes de trata de personas, los secuestros, el reclutamiento forzado por parte de grupos criminales y las ejecuciones clandestinas. A ello se suma una profunda crisis forense: decenas de miles de cuerpos permanecen sin identificar en servicios médicos, fosas comunes y centros forenses. La desaparición se ha transformado en una de las heridas más profundas de la sociedad mexicana contemporánea, una herida que no distingue regiones, clases sociales ni edades. 

Frente a esta realidad surgió un fenómeno extraordinario y doloroso a la vez: las madres buscadoras. Mujeres que, ante la ausencia o insuficiencia de respuestas estatales, decidieron convertirse ellas mismas en investigadoras, rastreadoras y peritas improvisadas. Organizadas en colectivos como el Movimiento por Nuestros Desaparecidos en México, Madres Buscadoras de Sonora, Sabuesos Guerreras, Amor por los Desaparecidos y decenas de agrupaciones locales, han construido una red de búsqueda que se extiende por prácticamente todo el país. Muchas aprendieron a levantar denuncias, analizar información, identificar posibles fosas clandestinas y coordinar brigadas de búsqueda. Algunas han localizado fosas y restos humanos antes que las propias autoridades. Otras denuncian que, tras meses insistiendo ante las instituciones, descubrieron que sus reportes nunca fueron investigados adecuadamente o que simplemente quedaron archivados. Todo ello financiado, en gran medida, con recursos propios y bajo amenazas constantes. Diversos informes han documentado agresiones, extorsiones, desplazamientos forzados e incluso asesinatos de personas dedicadas a esta labor. 

Por eso el Mundial no llega a un país reconciliado consigo mismo. Llega a un país donde existe un profundo malestar respecto de la capacidad del Estado para enfrentar una crisis humanitaria que se prolonga por décadas. Los grandes eventos internacionales suelen vestir a las naciones de gala. Se limpian fachadas, se remodelan espacios públicos y se proyecta hacia el exterior una imagen cuidadosamente construida. Pero hay dolores que no desaparecen con una estrategia de imagen. Los carteles con rostros de desaparecidos no pueden ocultarse tras un afiche oficial. Siguen allí, recordando que mientras se invierten miles de millones en infraestructura, promoción y espectáculos, muchas familias continúan costeando de su propio bolsillo las búsquedas de quienes nunca regresaron. 

Sin embargo, el Mundial también abre una oportunidad. La atención global que concentra el torneo puede transformarse en una vitrina para una tragedia que durante años ha estado relegada de la conversación internacional. No es casual que los colectivos hayan decidido movilizarse precisamente ahora. Saben que cuando las cámaras del mundo apuntan hacia México, también existe la posibilidad de que el mundo vea aquello que normalmente permanece fuera de cuadro. Algunos colectivos han descrito al país como un enorme campo de exterminio; otros hablan de una emergencia humanitaria que no puede seguir siendo normalizada. Y tal vez esa sea la verdadera pregunta que deja este Mundial: cuando el último partido termine, cuando las tribunas se vacíen y las selecciones regresen a casa, ¿qué quedará de toda esta atención? ¿Los goles recordados o las ausencias pendientes? 

Porque aunque la Copa Mundial esté recién comenzando, para miles de familias México ya ocupa el primer lugar de una competencia que nadie quisiera disputar: la de ser campeones en desapariciones”. Y mientras el mundo cuenta goles, ellas siguen contando ausencias. 

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    Es analista en Políticas y Asuntos Internacionales y diplomada en Género, Sociedad y Políticas Públicas. Ha desarrollado experiencia en investigación social, trabajo comunitario y procesos de formación con enfoque de género y derechos humanos. Sus intereses se centran en las desigualdades, la participación social, las violencias de género y los desafíos democráticos en América Latina.

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