El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

Protocolo para pérdidas familiares

Por: Felipe Díaz Gómez

OPINION Y LETRITAS 8

Mi padre murió antes de ayer.

Esta mañana me llamaron de la oficina. El psicólogo de recursos humanos me dio las condolencias. Pérdida familiar, fue el código que ocupó. No sé si podré acostumbrarme a eso. Me explicó sobre el nuevo protocolo. Soy de los primeros en aplicarlo. Me felicitó. Entre todos mis compañeros reunieron justo las diez horas. Una jornada completa. Me pareció razonable, le dije, casi por reflejo. Me dio vergüenza preguntar si podía guardar el día para otro momento. Me imaginé inmediatamente aprovechando ese día en verano, en las vacaciones. No en este invierno terrible, cuando el trabajo canse más. Luego recapacité: probablemente eso era justamente lo que la ley intentaba evitar.

Encontré sus cuadernos hace una hora. Recuerdo haberlos visto, pero nunca tuve curiosidad por abrirlos. Siempre pensé que escribía de pura manía. Me equivoqué un poco. Me cuesta leerlo, tiene una caligrafía imposible. Con razón ya nadie escribe a puño. A pesar de eso, me obstino en descifrarlo. Páginas enteras dedicadas a describir un cerro que se ve desde su ventana; unos poemas malos a quien fue un gran amor, unos a su madre; una reflexión sobre una película en la que parecía no pasar absolutamente nada; un par de diarios de vida llenos de fechas y frases entre intelectuales y melancólicas. Nunca lo entendí tanto. Pero tampoco antes me había detenido a pensarlo. Apenas cierro el primer cuaderno, busco un lápiz.

Escribo sobre las últimas hojas de un cuaderno. Tampoco pasa gran cosa. Con solo detenerme frente al papel, el cuerpo se me hace más pesado. Mi padre está muerto. Sigue muerto. Escribirlo tampoco cambia mucho. Aun así, sigo, tratando de gestionar algo. Escribo con cierto apuro. No entiendo por qué estoy haciendo esto.

Vuelvo a repasar la llamada de recursos humanos. Nunca había pensado en lo extraño que es que alguien pueda regalarle tiempo a otra persona. Ni siquiera estoy seguro de que eso sea lo que hicieron. ¿Para qué se regalaría un día sin ninguna finalidad? Me llega un mail mientras escribo, es mi jefe dándome el pésame. También me dice que él colaboró con dos horas. Le agradezco por ambas cosas.

Ayer, mientras esperábamos que empezara el responso, mi hermana discutía con la recepcionista. Quería saber si la sacerdotisa podía extender la ceremonia unos minutos más. La mujer respondió que sí, siempre que agregáramos más oraciones. Nos mostró un folleto. Había distintas modalidades. Me distraje mirando a una familia que estaba en el mesón de al lado. Estaban devastados. Eligieron el entierro tradicional, como los de antes. Daba más tiempo, pero era más caro. Nosotros elegimos más rezos católicos. Todos fueron muy amables. Mientras la sacerdotisa rezaba aproveché de responder nueve correos. Dos condolencias. Nunca hemos sido religiosos. No sé por qué mi hermana prefirió permanecer un rato más. Yo solo quiero que esto pase rápido. Duró veinte minutos justos. Fueron cinco extra de rezos.

Hoy tomo mi beneficio del segundo día de protección del duelo. Me hace sentido, aunque no tengo idea qué hacer. Toda la mañana he tratado de decidir por dónde empezar. Quiero que pase el día y volver mañana a la oficina. Me incomoda un poco reconocerlo, pero siento que, si no lo hago, ese vacío denso viene como a la vuelta de la esquina. Una bola de hierro fría posándose sobre la boca del estómago. Algo que no quiero soportar.

Desde la adolescencia me acostumbré a pensarme como una persona ansiosa. Seguramente desde que mi psiquiatra me lo confirmó. Para personas como yo, el programa activa un plan farmacológico intensivo a partir del deceso. El mismo día lo activé y me llegó la caja ayer. Es una caja blanca con el dibujo de un sol. Ayer partí con la medicación. No me he sentido particularmente mal, pero hay que hacerlo. También forma parte del famoso Protocolo de Protección de Continuidad y Duelo. Viene con un libro y un folleto. “El duelo constituye una excepción necesaria a la continuidad funcional. Detenerse es parte del autocuidado”, dice el folleto. Me tranquiliza saber que hay personas que pensaron en uno en estos momentos. Supongo que también es una forma de cariño. Ganaron el Día del Duelo y luego lo del Fondo Solidario del Registro Nacional del Tiempo, más la evaluación psiquiátrica y psicológica preventiva. Ganamos, más bien.

En algún momento aprendí que lo importante era volver a la vida. Que los duelos demasiado largos aumentaban el riesgo de cronificación y de alteraciones funcionales. La gente antes no podía volver a hacer la vida y trabajar. Literalmente. No podía levantarse de la cama. Recuerdo a mi abuelo.

El viejo contaba historias que hoy parecen inventadas, como todos los abuelos. Decía que cuando murió mi abuela dejó de trabajar varias semanas. Mi papá, en cambio, fue cuando empezó a escribir. Nunca había relacionado ambas cosas. Nunca les pregunté tampoco sobre ese momento, ni cómo lo hicieron ni si fue difícil. Ambos contaban, eso sí recuerdo, sobre esos tiempos en Constitución en que la gente se vestía de negro durante meses y los vecinos llegaban sin avisar, se sentaban y hablaban del muerto. También de las lloronas. Qué miseria. Siempre me pareció una forma muy oscura de cargar con un muerto. El pasado también me resulta un lugar lento, asfixiante.

Me gustaría decir que este día me ha servido para pensar en mi padre. No ha sido así. No ha servido de mucho.He pensado en la reforma. En los cuadernos. En el medicamento que todavía no decido si volver a tomar. En si mañana debería revisar el mail durante o después del desayuno. En la camisa que tengo que devolver porque me quedó grande. En que hace frío en esta pieza. En que mañana es un día menos.

Mi padre aparece por momentos. Después desaparece otra vez. Aprovecho de volver a sus cuadernos. Encuentro una hoja suelta dentro de uno de sus diarios. No tiene fecha. Solo dice:

Me recosté una hora sin hacer nada. Al principio me sentí culpable. Después, se me pasó.

No puedo seguir leyendo. Me desespera lo paralizado que se sintió. Miro por la ventana. Al fondo, el cerro. De niño lo recuerdo cubierto de nieve. Ahora nada, todo gris. Cada invierno menos nieve. El frío entra por el marco y busca mi estómago.

Santiago, 23 de agosto de 2034.

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