El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

Aprender a perder: por una educación para las pérdidas

Por: Agnieszka Bozanic L.

OPINION Y LETRITAS 600 x 460 px 18

Hay días buenos cuando estamos en duelo. Días en que la vida vuelve a parecernos nuestra, en que podemos recordar sin que duela demasiado, incluso agradecer lo vivido. Y hay días malos. Días en que el cansancio tiñe cada espacio y una se pregunta cuánto tiempo más tendrá que seguir haciendo este trabajo de entender, aceptar, soltar.

Hoy estoy cansada. Cansada de perder amores. De preguntarme por qué, cuándo, qué. Me pierdo cuando pierdo. Y últimamente he empezado a preguntarme si ese es precisamente el origen de mi cansancio. No solo aquello que se fue, sino la desorientación que queda cuando algo que amábamos deja de estar. Esa sensación de no saber muy bien qué hacer con la ausencia.

“El tiempo se empeña en transcurrir”, escribe Eduardo Sacheri. Lo hace con una indiferencia casi perfecta respecto de nuestra capacidad para acompañarlo. Las cosas cambian, terminan, desaparecen. El tiempo sabe transcurrir. Nosotros no siempre sabemos transitar. Este duelo me ha hecho pensar en otros duelos. En pérdidas que ya he vivido y en aquellas que, simplemente por seguir viviendo, todavía me esperan. He perdido versiones de mí misma. Veo desaparecer versiones de mi hija a medida que crece, incluso cuando cada una de las que llega me maravilla. He visto cambiar mi cuerpo, mis certezas, mis deseos, los lugares desde los cuales alguna vez pensé que miraría la vida para siempre. Y entonces aparece una conciencia difícil de sostener: todavía me queda tanto por perder.

Por supuesto, no todas esas pérdidas son iguales. No es lo mismo que termine un amor a que muera alguien. No es lo mismo dejar atrás la fertilidad que despedirse de una identidad profesional. No es lo mismo perder una capacidad que ver crecer a un hijo. Algunas pérdidas son deseadas. Otras, golpean con violencia inusitada. Algunas ocurren lentamente y otras irrumpen sin aviso. Algunas incluso llegan acompañadas de alegría. Pero tienen algo en común: modifican el mundo que conocíamos y nos obligan a encontrar una manera de habitar el que queda. Y nadie me enseñó a hacer eso.

Somos una sociedad profundamente analfabeta para las despedidas. Sí, sabemos mucho de comienzos. Los anunciamos, los fotografiamos, los ritualizamos. Celebramos nacimientos, matrimonios, nuevos trabajos, casas nuevas, proyectos que empiezan. Tenemos palabras y ceremonias para decir: algo está comenzando y merece ser reconocido. También tenemos algunos rituales para ciertos finales. Velamos a nuestros muertos. Hacemos funerales. Pero muchas otras pérdidas permanecen prácticamente sin lenguaje social.

¿Cómo se despide una relación que imaginábamos para siempre? ¿Cómo se despide la fertilidad? ¿Qué ritual acompaña el cuerpo que envejece? ¿Cómo se abandona una identidad que nos sostuvo durante décadas? ¿Qué hacemos cuando los hijos dejan de necesitarnos de la misma manera? ¿Cómo se despide una posibilidad que nunca llegó a convertirse en realidad?

Improvisamos. Buscamos palabras donde podemos. A veces nos aferramos. A veces soltamos antes de tiempo. A veces creemos haber terminado y volvemos meses después exactamente a la misma pregunta. No porque exista una manera correcta de perder que todavía no hayamos aprendido, sino porque tenemos pocas herramientas para reconocer, nombrar y acompañar muchas de las pérdidas que forman parte de una vida. Y eso me hace preguntarme por qué sabemos tan poco de perder. Vivimos rodeados de una gramática de la ganancia. Crecer, avanzar, producir, acumular, mejorar. Buena parte de nuestra idea del éxito está construida sobre un movimiento ascendente. Perder interrumpe esa lógica.

Pero hemos encontrado una manera extraordinaria de incorporarlo nuevamente a ella: hacer que la pérdida produzca. Casi pareciera que el sufrimiento solo adquiere legitimidad retrospectivamente si podemos decir: “pero aprendí”. Perdí, pero crecí. Me dejaron, pero me encontré a mí misma. Enfermé, pero aprendí a valorar la vida. Envejecí, pero gané “sabiduría”. Necesitamos que después del “pero” aparezca una ganancia. Como si el dolor, por sí mismo, fuera un mal negocio. Incluso cuando perdemos queremos terminar con saldo a favor.

Entonces hacemos balances de nuestras pérdidas. ¿Qué me dejó? ¿Qué aprendí? ¿En qué me transformó? ¿Para qué ocurrió? Y si conseguimos responder, respiramos un poco más tranquilos: entonces no fue en vano. Pero ¿por qué tendría que producir algo una pérdida? Hay amores que hubiéramos preferido conservar. Personas que no queríamos despedir. Cuerpos que no queríamos ver cambiar. Proyectos que queríamos vivir. Hay finales que, si hubiéramos podido elegir, sencillamente no habrían ocurrido.

No todo sufrimiento necesita convertirse en sabiduría para haber sido legítimo. Decirlo no es negar la realidad. Tampoco es resignarse. He pensado mucho tiempo en ese equilibrio. Porque cuando hablamos de pérdidas solemos movernos entre dos extremos: resistirnos a aceptar que algo terminó o convertir el desprendimiento en una virtud. Aferrarse o soltar. Negar o aceptar. Ninguno de los dos me convence. No quiero negar que el tiempo pasa. Pero tampoco quiero convertir la aceptación en otra exigencia sobre cómo deberíamos enfrentar aquello que perdemos. No quiero vivir aferrada a lo que ya no existe. Pero tampoco quiero hacer de la vida un entrenamiento permanente para desprenderme de aquello que amo.

Entonces, ¿qué significaría aprender a perder? No significa aprender a hacerlo bien. No significa sufrir menos, aceptar antes, soltar más rápido ni encontrar una enseñanza escondida detrás de cada ausencia. Una educación para las pérdidas tendría que enseñarnos algo bastante más humilde: a reconocer lo que nos está ocurriendo. A ponerle palabras cuando las tengamos. A distinguir aquello que terminó de aquello que todavía permanece. Aquello que ya no podemos cambiar de aquello por lo que todavía vale la pena luchar.

También tendría que ayudarnos a habitar los tiempos intermedios. Esos momentos extraños en los que algo ya no es lo que era, pero todavía no sabemos qué será después. Sin exigirnos resolverlos inmediatamente. Porque también hemos aplicado la lógica de la productividad al tiempo del dolor. Sanar rápido. Aprender rápido. Encontrar sentido rápido. Tener certezas rápido. Como si el duelo tuviera un itinerario que cumplir. Como si volver a una pregunta que creíamos resuelta significara retroceder. Pero los duelos no parecen respetar demasiado nuestras ideas de progreso. Por eso hay días buenos y días malos. Por eso hoy puedo comprender algo que mañana vuelve a doler. Por eso aceptar una pérdida no significa haber terminado con ella.

Una educación para las pérdidas tendría que permitir también eso: que no toda pérdida necesite una moraleja. Que comprender no siempre repara. Que aceptar no significa agradecer. Que encontrar sentido no significa justificar. Que podemos habitar la contradicción: aceptar que algo terminó y seguir deseando que no hubiera terminado; saber que el tiempo transcurre y lamentar lo que se lleva consigo; reconocer una pérdida sin tener que reconciliarnos inmediatamente con ella, sin un “pero” después.

Ahora entiendo de otra manera eso de aprender a perder. No quiero volverme experta en despedidas. No quiero que envejecer consista en perfeccionar el arte de soltar. Tampoco quiero vivir ignorando que el tiempo seguirá llevándose cosas que amo.  Quiero tener más palabras, más rituales, más compañía y más espacio para atravesar las pérdidas cuando lleguen. Quiero poder reconocerlas sin convertirlas inmediatamente en fracaso, aprendizaje o crecimiento.

Hoy estoy cansada de perder. Pero comienzo a sospechar que estoy todavía más cansada de perderme cuando pierdo. “El tiempo se empeña en transcurrir”. No sé si todas las pérdidas me harán más sabia. No sé si algún día encontraré un sentido para cada una de ellas. Tampoco sé si quiero hacerlo. Por ahora, me basta con aprender a no desaparecer yo también cada vez que algo desaparece.

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