Te amo, eres perfecto, ahora cambia
Por: Verónica Aravena Vega

Casi todo el mundo vio “La Bella y la Bestia”, o al menos sabe cómo termina. Una chica se enamora de un monstruo peludo y de tanto quererlo, el monstruo se abre y adentro aparece un príncipe. En “Pretty Woman” ocurre algo parecido. Un millonario se encapricha con una trabajadora sexual y a fuerza de vestidos caros y “lecciones de modales”, la deja hecha una “dama de la alta sociedad”. Las dos las guardamos en el cajón de las historias de amor. Y en las dos, amar es la misma operación: tomar a alguien y devolverlo cambiado.
Fuera del cine, todo empieza con un espejismo. El enamoramiento nos convence de que la otra persona es perfecta, pero esa perfección no es suya: se la ponemos nosotros encima. El novelista francés Stendhal lo llamó cristalización. La cabeza enamorada cubre a la otra persona de virtudes como se cubre algo de cristales, hasta que deslumbra y ya no se distingue lo que hay debajo. Le colgamos hondura, misterio, un futuro entero y después juramos que brillaba sola.
El tiempo hace el trabajo inverso. Va desprendiendo ese brillo de a poco y debajo queda la persona de siempre, la que estuvo ahí todo el tiempo. Aparece entonces lo que los cristales tapaban: mastica con la boca abierta, no pregunta cómo estuvo el día, deja la toalla mojada sobre la cama, se pone pesado en las reuniones sociales. Nada de eso es nuevo. Estaba desde el principio, debajo del brillo. Lo único que cambió es que ahora lo vemos.
Nada de esto es un crimen. A cualquiera, en cualquier pareja que dure, empieza a incomodarle poco a poco lo que antes le daba igual. Pedir que el otro afloje uno de esos detalles, que baje el volumen en la mesa o levante la toalla, es lo más humano del mundo y no le arruina la vida a nadie.
El problema aparece cuando eso deja de ser un fastidio ocasional y se vuelve una tarea fija. Cuando corregir al otro se instala como el clima de todos los días. Cuando cada cosa que el otro es se mide contra una plantilla y se le señala lo que sobra y lo que falta. En ese punto ya no se le pide a nadie que levante una toalla. Se le pide que sea otra persona.
Esa otra persona que se le exige tiene una forma precisa: es la de los primeros meses, la que brillaba. Querer cambiar al otro suele ser querer que vuelva ese brillo, rescatar a la persona deslumbrante que inventamos de la persona común que quedó a la vista. Uno termina peleado con quien tiene al lado por el delito de existir por fuera de lo que habíamos imaginado.
Quien vive del lado corregido aprende a hacerse pequeño. Anticipa el reproche antes de que llegue, apaga por su cuenta lo que sabe que va a molestar, pide permiso en voz baja para ser como es. No hace falta un portazo. Se va callando solo, día tras día, para ahorrarse la cara del otro.
Quien corrige tampoco sale entero, aunque sienta que va ganando. Se queda enamorado de un fantasma y medio ciego frente a la persona que duerme a su lado. Como ninguna persona real le gana a una fantasía, la decepción no termina nunca: cada detalle que consigue corregir deja a la vista el siguiente. Vive administrando una obra que no se entrega y la pareja, mientras tanto, deja de ser un encuentro y se convierte en taller. Dos personas que se gestionan, se miden y se ajustan, en lugar de dos que se dejan ser sin salir a limar al otro.
El mecanismo parece el mismo para cualquiera, pero las dos películas del principio muestran que no reparte igual. A la “bestia” la arreglan por dentro: el amor le saca a la luz un alma buena que ya tenía y al final vuelve a ser el príncipe que había sido siempre. En rigor no lo cambiaron, lo devolvieron a sí mismo. A la mujer de “Pretty Woman” la arreglan por fuera: le cambian la ropa, la voz, la manera de comer, hasta que pasa por “dama”. A ella sí la volvieron otra. Él sale de la historia igual a como entró; ella sale convertida en alguien que no era.
Simone de Beauvoir lo dejó claro hace más de setenta años. Al varón la cultura lo trata como alguien que vale por sí mismo, con un interior propio que merece rescatarse; a la mujer se la mide siempre por lo que es para otro y de ella lo que se mira es cómo se ve. Por eso, cuando el que corrige es el hombre, casi siempre apunta al cuerpo de ella, la ropa, el peso, la risa demasiado alta en una mesa con gente. Y a la mujer se le enseñó lo contrario: que su tarea es el alma de él, sacarlo del pozo, hacerlo mejor persona y que si no lo consigue es porque no amó lo suficiente.
Con todo, querer no es dejar al otro tal cual y mirar para otro lado. El amor también empuja a crecer y darle una mano a la persona que uno quiere para que llegue a ser mejor es parte de quererla bien. Si mi pareja quiere dejar de fumar o retomar lo que dejó a medias, acompañarla y creer en ella es de lo más amoroso que hay.
La diferencia está en de quién es el deseo. bell hooks lo decía: amar es un trabajo puesto en el crecimiento del otro y apenas asoma la necesidad de dominar el amor se apaga, por más que se lo siga nombrando así. Acompañar a alguien hasta donde esa persona quiere llegar es lo contrario de moldearla para que termine donde quiero yo. En el amor que corrige, el que crece nunca es el otro: es mi comodidad, mi idea de cómo debería ser esa persona.
Del otro lado de la mesa está el otro, con sus formas, sus mañas, su manera de estar en el mundo. Quererlo es mirar todo eso y quedarse quieta. No sacar la lista. Dejarle a esa persona un pedazo que uno no entiende y no piensa domesticar.

