El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

Lo normal es el amor sin límites

Por: Verónica Aravena Vega

OPINION Y LETRITAS 600 x 460 px 17

Granada, julio de 1936. Hace calor y Federico García Lorca le escribe a un hombre. Le quedan semanas de vida y todavía escribe como quien tiene toda la noche por delante. En esa carta a Rafael Rodríguez Rapún deja una frase que su época leería como delito: “La normalidad no es ni lo tuyo, de conocer sólo a la mujer, ni lo mío. Lo normal es el amor sin límites”.

Se cita mucho la segunda mitad y se olvida la primera, que es donde está el filo. Lorca no pide clemencia para el desviado, ni un rincón discreto donde lo dejen en paz. Le arranca a la norma su corona y se la queda. Lo raro, dice, es el hombre que aprendió a querer con el molde puesto. Lo normal, lo que late sin permiso, es el deseo que no acepta aduanas.

Empieza hablándole a un solo hombre, de una cama, de una noche y en dos líneas ya está hablando de todos nosotros. Salta de su deseo a “una nueva moral, una moral de la libertad entera”. La carta más privada que se pueda imaginar, escrita a escondidas y a contrarreloj, termina siendo un programa para el mundo entero. Eso lo entendió antes que casi nadie: a quién y cómo se ama nunca se queda dentro de la habitación. La cama es también una plaza.

Porque el amor, cualquiera, hace algo que ningún régimen de orden puede permitirse. Nos saca de nosotros mismos. Nos vuelve responsables de otro cuerpo, atentos a un hambre que no es la nuestra, incapaces de mirar al de al lado como un estorbo. Y estos tiempos se sostienen sobre lo contrario. Enseñan la crueldad como quien enseña una lengua materna, hasta que sale sin pensar: mira al que llega como una amenaza, al que cae como un flojo que se lo buscó. Aplaude cuando humillan al de abajo y duerme tranquilo sabiendo que siempre hay alguien peor. Un país de gente sola y con miedo, entrenada para disfrutar del castigo ajeno, es un país dócil, listo para obedecer lo que sea.

Y no hablo solo del amor de dos. Lo mismo late en la amiga que se queda toda la noche velando una fiebre que no es la suya, o en quien cría a un hijo que no llevó en el vientre. Amor sin límites quiere decir también sin fronteras de sangre ni de conveniencia, un cariño que no pregunta qué gana a cambio. Esa es la forma más difícil de doblegar, porque no se compra y no se asusta. Al que no quiere a nadie lo gobierna el miedo. Al que cuida a otro hay que arrancarle antes las manos.

A eso que ellos protegen lo llaman defender la familia, pero lo que defienden es una aduana. La familia de la foto funciona muchas veces como el único lugar donde está permitido querer, un cerco pequeño y vigilado fuera del cual el cariño se vuelve sospechoso. Lorca quería justo lo otro: sacar el amor de su jaula, dejarlo circular por la calle y por la mesa de los amigos. Y eso cuesta. Seguir abriéndole la puerta al otro cuando te han enseñado una y otra vez que confiar sale caro no es ingenuidad, es la forma más terca de valentía, una decisión que se toma en voz baja y contra toda evidencia.

Contra esa pedagogía, querer bien se vuelve casi un sabotaje. Alegrarse de la suerte del otro en lugar de medirla contra la propia, guardarle el plato al que llega tarde. Gestos mínimos que rompen la soledad sobre la que se apoya toda obediencia. Ninguno figura en los presupuestos ni en las urnas y es ahí, en lo más doméstico, donde de verdad se decide si una sociedad se deja endurecer.

Lorca lo escribió festivo y ahí está su astucia. Su carta es un convite: “No hay quien mande, no hay quien domine, no hay sometimiento. No hay más que abandono y goce mutuo”. La revolución que imagina se parece más a una mesa larga que a un ceño fruncido, una mesa con sitio de sobra. Y eso es lo que más incomoda al poder. Un cuerpo solo y endurecido hace fila y agacha la cabeza. Uno que se junta con otro, que se ríe a destiempo y le abre la puerta a un desconocido como hacía Whitman en los muelles, se le escapa de las manos. El que quiere a alguien tiene algo que defender que no es el orden.

Los que hoy hablan en nombre del orden lo saben mejor que nadie. Ya no hace falta el barranco de Víznar donde tiraron a Lorca por rojo y por maricón, sin juicio y sin tumba. Basta con volverlo todo gris: recortar en silencio la ternura que no rinde y repetir la palabra normal hasta que suene a sentido común y no a la amenaza que es. Franco necesitaba fusilar; a sus herederos les alcanza con enseñarnos a no querernos, con dejarnos tan cansados y tan solos que cuidar a otro parezca un lujo que no toca. Es la misma fosa moral de siempre, más limpia, sin sangre a la vista.

Todavía se discute si estas cartas de amor son de puño de Lorca o se le atribuyeron después. No sabemos qué ardió, qué escondió una familia asustada durante décadas para que el poeta cupiera en la foto. El fascismo no se conformó con matarlo. Dejó su amor en duda y siguió disparándole en la letra chica, obligándolo a probar que había existido. Los Sonetos del amor oscuro, esos sí indiscutiblemente suyos, esperaron en un cajón hasta 1984. Medio siglo tardamos en atrevernos a leer en voz alta lo que él ya celebraba, sin pedir perdón, en 1936.

Eso fue lo que pidió y por eso lo mataron. Quería que el mundo entero se organizara de otro modo. Una moral de la libertad entera es más grande que un dormitorio: un plano para la casa de todos, otra manera de repartir el pan. Lo escribió como quien anota una receta para después, confiando en que alguien la cocinaría.

Lo que Lorca dejó fue una invitación y las invitaciones caducan si nadie las toma. Mientras alguien recorta con tijera fina lo que no cabe en su idea de familia, en algún patio de verano dos cuerpos se buscan sin pedir permiso, alguien saca una guitarra, se sirve otra copa y baila con el que acaba de llegar. Ahí sigue el amor sin límites, que nunca fue sólo cosa de dos, con olor a jazmín y a Granada.

Que nos sigan llamando anormales. Nosotros, mientras tanto, seguimos poniendo la mesa para uno más.

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