Nelly Bly, la periodista que se infiltró en un manicomio de mujeres en Nueva York para relatar la tortura y el abuso

A finales del siglo XIX, Elizabeth Cochrane rompió los límites de la prensa victoriana cuando se hizo pasar por una paciente en el asilo de Blackwell’s Island. El tiempo que estuvo en el lugar recibió golpizas y malos tratos, experiencia que relató en el libro “Diez días en un manicomio”: “cuanto más cuerda hablaba y actuaba, más loca me consideraban”, escribió.
Por: Silvina Ojeda
Tiene veintitrés años, la mirada fija en el espejo de una pensión de mala muerte en Nueva York y una sola certeza: si parpadea, se cae el personaje. Elizabeth Cochrane, conocida por su pseudónimo Nelly Bly, lleva noches sin dormir. Practica muecas desencajadas frente al reflejo, ensaya un discurso inconexo y se cambia el nombre por uno que suene más desamparado. Mañana será Nelly Moreno, una inmigrante cubana que ha perdido el juicio. Mañana va a cruzar la puerta del asilo de Blackwell’s Island, un rincón del mapa donde la sociedad victoriana esconde a las mujeres que le molestan: las pobres, las inmigrantes que no hablan inglés, las rebeldes, las tristes, las sobrantes.

Nadie sabe que la locura de Nelly es, en realidad, el trabajo periodístico más peligroso de su época. Nadie sabe que esta mujer está a punto de inventar el periodismo de investigación de incógnito, poniendo el cuerpo como trinchera.
Entrar fue fácil; salir va a ser un milagro. El New York World, el diario de Joseph Pulitzer para el que trabaja, le prometió sacarla en diez días, pero una vez que los cerrojos de la isla de Blackwell se cierran detrás de ella, las promesas se licúan en el agua helada con la que bañan a las internas. La crónica de Nelly no se escribe desde una oficina con olor a tinta y café; se huele en la comida podrida, se siente en el frío de una celda sin mantas y se escucha en los gritos de las mujeres golpeadas por las celadoras. El diagnóstico para estar ahí dentro es simple: ser mujer y no encajar. Si protestás, te atan. Si llorás, te sumergen in agua congelada. Nelly descubre rápido la paradoja del sistema: la cordura es lo primero que se pierde cuando te tratan como a un animal.
“Desde el momento en que entré en el asilo, no hice ningún intento por mantener el papel de loca. Hablé y actué tal como lo hago en la vida diaria. Sin embargo, paradójicamente, cuanto más cuerda hablaba y actuaba, más loca me consideraban”.
— Nelly Bly

Hoy, el periodismo padece de agorafobia. Nos acostumbramos a la comodidad del escritorio, a la pantalla que todo lo media, a la ilusión de que entender la realidad es scrollear un feed o procesar un comunicado de prensa. Medimos el impacto en clics, en interacciones y en la velocidad efímera de un tuit. Nelly Bly nos recuerda, a más de un siglo de distancia, que el verdadero periodismo incomoda porque se hace con los pies en el barro.
Hacerse pasar por loca, comer pan con hongos y recibir golpizas no fue un truco publicitario; fue la violenta lucidez de entender que a la impunidad no se la desarma con preguntas tibias a tres metros de distancia. Bly inauguró una tradición —la de meterse en las grietas del sistema para iluminar lo que el poder quiere mantener a oscuras— que hoy parece un lujo de otra era o un peligro que pocos están dispuestos a correr. Cuando el periodismo actual se vuelve predecible, corporativo y cortesano, su método sigue siendo un grito de alerta: si no te afecta el cuerpo, si no te revuelve las tripas, si no te da un poco de miedo, probablemente estés haciendo relaciones públicas, no periodismo.
A los diez días, el diario tuvo que enviar a un abogado para rescatar a su reportera estrella. El sistema ya la estaba digiriendo; un par de días más y la ficción de la locura se hubiera vuelto irreversible. Pero Nelly salió. Y lo que llevaba en la cabeza no eran notas difusas, sino radiografías de la crueldad estatal.
Cuando su crónica “Diez días en un manicomio” llegó a las calles, la ciudad de Nueva York sufrió un terremoto. No era un reporte técnico sobre la salud mental; era la voz de las que no tenían voz, narrada por una piba que había sobrevivido para contarlo. El gran jurado tomó nota, el presupuesto para los asilos se cuadruplicó y las enfermeras sádicas fueron despedidas. Bly demostró que una buena historia no solo describe el mundo: tiene la obligación de cambiarlo.
“Nunca olvidé la promesa que me hice a mí misma: escribir las cosas tal como las veía, sin miedo ni favoritismos”.
— Nelly Bly
Pero las paredes de la redacción le quedaban chicas. Dos años después de Blackwell’s Island, Nelly miró a su editor y le propuso una locura diferente: corporizar la literatura. Phileas Fogg, el personaje de Julio Verne, había tardado ochenta días en dar la vuelta al mundo en la ficción; ella pretendía bajar esa marca en la realidad. Le dijeron que era imposible, que una mujer sola no podía viajar sin acompañante, que la cantidad de equipaje que ‘necesitaba’ la retrasaría en los transbordos. Nelly agarró un solo bolso de mano, un abrigo de lana a cuadros y se subió al primer barco.
Cruzó océanos, tomó trenes, conoció al mismísimo Verne en Francia, compró un mono en Singapur y desafió las tormentas del Pacífico. No viajaba como una turista de la aristocracia; viajaba como cronista del movimiento, devorándose los husos horarios y enviando cables por telegrama que mantenían en vilo a un planeta entero. Volvió a Nueva York en 72 días, 6 horas y 11 minutos. Había pulverizado el mito de la fragilidad femenina con un cronómetro en la mano y la lapicera afilada.
La historia suele congelar a sus heroínas en sus momentos más cinematográficos, pero la Nelly madura fue igual de disruptiva. Cuando el periodismo la cansó, se convirtió en empresaria al heredar las industrias metalúrgicas de su esposo. Lejos de actuar como una patrona de la época, patentó innovaciones de diseño industrial de su propio puño y transformó las fábricas en espacios humanos: implementó atención médica gratuita, escuelas para los obreros y bibliotecas.
Y cuando la quiebra y los juicios la golpearon años después, no buscó un retiro pacífico: volvió a armar el bolso y marchó al frente de batalla como una de las primeras mujeres corresponsales de prensa durante la Primera Guerra Mundial, reportando desde las trincheras del frente austríaco.
Nelly Bly murió en 1922, trabajando en una redacción hasta su último suspiro. No dejó teorías académicas ni manuales de estilo. Dejó un legado mucho más pesado: la certeza de que el periodismo es un oficio de riesgo, una herramienta social y, sobre todo, el arte de no pedir permiso para contar la verdad.
“Energía bien dirigida: eso es todo lo que se necesita para lograr lo imposible”.
— Nelly Bly

