El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

Alguien está jugando a “Los Sims” contigo y conmigo 

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Por Jimena Améstica Zavala

Una asistente social llegó hasta mi casa y se llevó mi guagua. No a mi casa real, sino a la que construí en “Los Sims Superstar” en el 2004. Tenía 14 años y pasaba las tardes en un tarro sin conexión a internet, simulando tener una vida en una casa con paredes muy bien empastadas.

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Dicen los estudios que el pesimismo campea por Chile. De camino al trabajo en el metro de Valparaíso, me invadió la sensación de que poco y nada he podido elegir en mi vida. Más deprimida que un controlador de vuelos, miro los invernaderos destartalados llegando a Limache. Me bajo apurada para alcanzar un asiento en el bus a Quillota con la idea fija de que soy el Sim de alguien. 

“Los Sims” era un juego de maravillosos colores, con una música de introducción que te hacía bailar en el asiento, donde podías crear y manejar personas virtuales. Con una arquitectura típica de barrio gringo de suburbios, donde te dicen que está bien vivir, logró captar con una exactitud macabra la vida real. Y no lo digo por los rituales propiamente humanos que te permitía practicar -como mearse encima si no alcanzabas a llegar al baño o la invasión de moscas en la cocina por no tener una asistenta de pago-, sino por el hecho de que, si no había platita, como en Jumanji, se desataban las peores tempestades.

Desayunaba café y un snack de 15 centavos. No me gustaba hacer trampa, jugaba de verdad sin esos códigos “Rosebud” que te daban plata infinita. Para conseguir trabajo tenías que leer el diario o llamar por teléfono a la agencia. Casi siempre me tocaba ser policía. Todos los días llegaba la patrulla a buscarme a la puerta de la casa. Había días que dormía poco y no alcanzaba ni a bañarme. Salía corriendo con la barra de energía casi al mínimo y, al volver de apalear mendigos, apenas me bajaba del auto, me desplomaba en el pasto.

Cuando duermes siendo un Sim el tiempo transcurre rápido, en 2X. Y si no lo detienes a tiempo, amanece, y ya tienes que irte al trabajo otra vez. Sí, toda cochina y hambrienta. 

Con varias jornadas sirviendo a la patria, podía comprarme un computador, una tele, tener tres comidas al día y hasta ampliar la casa. Pero siempre, cuando parecía que iba todo bien, la cocina se inflamaba, o un ladrón con antifaz entraba por la puerta para robarte hasta el refri. 

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Ahí todo se iba a la chucha; empezabas a vender los muebles, la máquina de ejercicio y hasta los arbustos que venían gratis con el terreno. Te quedabas pelado. Y ni hablar de la vida social. Cero. Si querías ascender en el trabajo, tenías que concentrarte frente al espejo, leer algún best seller de John Grisham y matarte con el ejercicio. A veces llegaban otros monos a tu puerta, conversabas un poco para subir la barra de la depresión, pero si eran de los barsas, pasaban hasta la cocina y se comían lo poco y nada que tenías en la despensa.

Cuando me aburría de ser el Sim pobre, añadía el código tramposo y en minutos era Rockefeller. Ahí estaba comprando el solar más gigante, una piscina con trampolín y una cama vibradora para hacer hijos. 

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Se te abría un mundo de posibilidades, sobre todo con las fiestas. Podía contratar un catering e invitar a todo el barrio por teléfono. Hasta los gatos llegaban. Pero lo mejor era cuando se te escapaban los enanos pal’ bosque; metías a toda la gente en una pieza con un juego de pirotecnia y, después de encenderlo, salías de la habitación corriendo, le dabas clic al Modo Construcción y eliminabas la puerta para que nadie pudiera escapar. Lo esperable: el techo se incendiaba y todos se reducían a cenizas. Y si querías vivir una experiencia paranormal, instalabas un par de tumbas en el jardín y los fantasmas paseaban por la casa. 

Había una elección, teníamos el poder de la muerte y con 14 años lo usábamos sin complejos. 

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Si realmente soy manejada como un Sim, me gustaría conocer a mi creador, saber por qué me puso esta personalidad de ultratumba y por qué no me obliga a ser estrella de cine o a seguir la carrera del canto. Algo que me saque de esta rutina de trenes y cantantes de rap que te obligan a decirles una palabra para improvisar sus rimas, cuando lo único que quiero es escuchar música sad y compadecerme de mi propia existencia hasta llegar a la oficina con mi jefe repelente.

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A veces siento que la única elección que realmente tomamos por motu proprio, además de votar contra la ultraderecha cada cuatro años, es meternos comida chatarra, fumarnos las colillas de la cuneta y viajar de vez en vez por el sur de Chile esperando encontrar amanitas en la selva valdiviana.  

Llega la hora del almuerzo: saco el pote de caracoquesos. Miro el limonero cargado del edificio contiguo. Las secretarias de la oficina conversan sobre las intrigas de El sultán. Y así pasa un día más, consciente de que quizás soy el Sim de alguien más. Sí, a ti te hablo: aparece ante mí y confiésalo.

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