El espectáculo de las imágenes en el gobierno de Kast





Por Natalia Hurtado L., Psicóloga clínica
A propósito de la instalación del Gobierno de José Antonio Kast, hace un poco más de un mes, ha habido una inundación de medidas que nos han mantenido hipervigilantes a los anuncios gubernamentales, oscilando entre la ansiedad por la pérdida de derechos y el asombro ante las noticias diarias. En ese contexto, también han habido un sin fin de imágenes que con la rapidez de las redes sociales (Goffard, 2013) se han difundido masivamente, generando controversia, numerosas publicaciones e incluso memes.
Sin embargo, al observar estas fotografías con detenimiento, resulta evidente que buscan instalar ciertas “verdades” en la retina social. Este bombardeo visual nos incita a procesar la realidad a través de la imágen antes que por la observación directa, funcionando —como planteó Susan Sontag (1973[2006])— como una especie de velo que media y filtra nuestra experiencia.
Las imágenes seleccionadas para este escrito no son meros registros; funcionan como un “ideal” normativo que dicta el comportamiento de hombres y mujeres, naturalizando prácticas de poder y clase. En este sentido, dichas imágenes no son neutras: operan como dispositivos, es decir, son parte de una red heterogénea que conecta discursos, instituciones, reglamentos, leyes, medidas administrativas, enunciados científicos y proposiciones filosóficas (Foucault, 2002) acerca de una problemática. En términos de Foucault (2002 [1975]) estas imágenes terminan disciplinando los cuerpos y dictando aquello que amerita ser visible, estableciendo una partición de lo sensible donde quienes ostentan el poder deciden qué sujetos y qué afectos tienen lugar en la esfera pública.
A través de estas imágenes, las mujeres son confinadas a una servidumbre empática. Su rol aparece como el de un sujeto servil, siempre atento a los requerimientos de los hombres, reforzando la idea de que lo propio de lo femenino es la preocupación y el cuidado frente a quien lo requiera. En contraste, los hombres son proyectados como sujetos fuertes, sociales y firmes ante la crisis. La imagen número cuatro, que materializa el dicho popular “detrás de un hombre hay una gran mujer”, no es un simple elogio, sino una estructura de poder que sitúa a la mujer como un accesorio de la legitimidad masculina. La clase alta (presentada en la imagen cinco), a la cual pertenece el mandatario y gran parte de su gabinete y ex compañeros de la Universidad Católica se autopresenta como el canon de civilidad y modelo a seguir.
Por otro lado, la fotografía de la reacción de los guardaespaldas ante el incidente con agua a la Ministra Lincolao, puede analizarse bajo la tesis de Susan Sontag en Ante el dolor de los demás (2010), la cual nos advierte sobre la frágil distinción entre ver y mirar. El poder apuesta por una ciudadanía que simplemente ve: un acto de consumo visual pasivo donde la imagen se recibe y se instala como fiel prueba de una verdad absoluta. Al capturar esa reacción defensiva como una muestra de “violencia desbordada”, se fomenta una visión superficial que se agota en el impacto emocional, impidiendo que el espectador mire, en otras palabras, que observe críticamente aquella fotografía.
En esta línea de pensamiento, mirar, para Sontag, implica un esfuerzo ético por entender las causas del descontento y cuestionar quién sostiene la cámara y elige qué mostrar. La ganancia de la sobreexposición mediática es, precisamente, la pérdida del contexto real (Sontag, 2010). La fotografía deja de ser una prueba fehaciente para convertirse en un icono maleable: se extrae el hecho y se reinserta en una narrativa de caos que justifica el control. Esta descontextualización genera una anestesia en el espectador, cuya mirada se acostumbra a la estética de la crisis y deja de cuestionar las jerarquías de clase y género que todas estas imágenes publicitan.
En definitiva, este inventario visual crea una distorsión de la realidad que busca inmortalizar una jerarquía específica en la retina nacional. Al instrumentalizar estos símbolos, el poder no solo registra la historia, sino que la coloniza, transformando el conflicto social en un catálogo de propaganda. La verdadera violencia radica en convertir la tensión en espectáculo, logrando que el ciudadano deje de mirar críticamente para simplemente aceptar lo que ve: una realidad donde la empatía es una pose de clase (a propósito de la imagen número dos, la Primera Dama sirviendo almuerzo a las y los funcionarios de La Moneda) y la subordinación es el orden natural de las cosas.
Aqui subyace el peligro de la saturación visual: se promueve una concepción sesgada de la violencia donde actos de resistencia simbólica, como lanzar agua a una autoridad, se equipare con el terrorismo. Como advertía Arendt (1951[2006]), se produce una falsa equivalencia que beneficia al poder. Al tiempo que el Gobierno debilita los derechos sociales, proyecta una narrativa donde el enemigo siempre es el ciudadano y nunca el Estado. La repetición de “condenar la violencia venga de donde venga” opera aquí como una cortina de humo: igualar la fuerza represiva de una institución con la acción de cuatro estudiantes ignorando la brecha de poder que define la verdadera violencia gubernamental.
Ante este escenario, nuestra labor como espectadores trasciende la mera observación convirtiéndose en un acto de resistencia intelectual. Nos queda la tarea urgente de distinguir y contextualizar la marea de imágenes que consumimos, desentrañando las intenciones detrás de lo que se nos muestra. Arendt (1951[2006]) nos advirtió que el peligro de estos sistemas no es que logren que creamos una mentira, sino que perdamos la capacidad y posibilidad de distinguir entre la realidad y la ficción, entre el hecho y la interpretación. Al equiparar la protesta social con el terrorismo, el poder busca precisamente eso: disolver las categorías políticas para que la violencia estructural del Estado se naturalice mientras se releva la reacción individual.
Como cierre, debemos recordar la advertencia de Susan Sontag: la imagen no es un destino, sino un punto de partida (Sontag, 1977[2006]). No basta con sentirnos conmovidos o indignados por lo que vemos; debemos preguntarnos quién encuadra la escena y qué queda fuera del foco. Si no somos capaces de diferenciar la violencia institucional —que desmantela derechos y futuro— de la violencia reactiva de quienes se defienden, habremos cedido nuestra capacidad crítica al algoritmo del poder. En un mundo saturado de capturas, la verdadera visión política no está en el ojo, sino en la conciencia de entender que no toda violencia tiene el mismo origen, ni el mismo peso y responsabilidad.
Bibliografía
Arendt, H. (1951 [2006]). Los orígenes del totalitarismo. Alianza Editorial, Madrid.
Foucault, M. (2022). Microfísica del poder. Editorial, Siglo XXI Editores, México.
Goffard, N. (2013). Imagen criolla.Prácticas fotográficas en las artes visuales de Chile. Editorial: Metales Pesados, Santiago de Chile.
Sontag, S. (1977[2006]). Sobre la fotografia. Editorial: Alfaguara, Buenos Aires.
Sontag, S. (2010). Ante el dolor de los demás. Editorial: Debolsillo, Barcelona.

