El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

Menos apps, más citas: la intimidad que postergamos

lauri simons
“Mujer mirando la televisión”, Laurie Simmons, 1978

Por: Verónica Aravena Vega

Hay una escena que se repite con obstinación: dos personas se escriben durante semanas, a veces meses. Se confiesan con una franqueza que sorprende, se cuentan infancias, miedos, fracasos amorosos. Se mandan audios largos, fotos de lo que están comiendo, capturas de canciones que “dicen lo que siento”. Pero el encuentro no ocurre. Siempre hay algo que lo posterga: trabajo, cansancio, ansiedad, el clima, Mercurio retrógrado. El encuentro queda para después. Para un después que no llega.

No es solo una anécdota sentimental. Es un síntoma de época.

Vivimos en un tiempo que procrastina el encuentro. Que lo desplaza, lo dilata, lo sustituye por simulacros de presencia. Y la pregunta se impone con una mezcla de melancolía y urgencia: ¿es posible la intimidad en un mundo que posterga sistemáticamente el estar-con-otro?

La intimidad no es un intercambio de información personal. No es contar secretos ni exhibir vulnerabilidades en serie. La intimidad es un acontecimiento. Algo que sucede —o no— en un espacio donde el cuerpo, la palabra y el silencio se arriesgan. Lacan lo formuló con precisión: el encuentro con el otro nunca está garantizado, nunca es total, nunca es transparente. La intimidad nace exactamente de esa falta: del intento siempre fallido pero insistente de tocar al otro sin apropiárselo. Y eso no ocurre en una pantalla. Ocurre en el cuerpo, en la incomodidad del primer silencio real, en la cara que no tiene filtro.

Hoy la falta ha sido colonizada por lo explícito. Todo se dice, todo se muestra, todo se adelanta. Como si al nombrarlo todo se pudiera evitar la angustia del encuentro real. Byung-Chul Han lleva años insistiendo en que vivimos en la sociedad de la transparencia, donde lo oculto se vuelve sospechoso y la opacidad, intolerable. Pero la intimidad necesita sombra. Necesita tiempo, demora, incluso malentendido. Cuando todo se vuelve explícito, la intimidad se evapora.

Hay otra escena. Alguien mira el chat. Ve el último mensaje, hace horas. Sabe que debería responder, que debería proponer algo concreto, un día, un lugar. Pero no lo hace. Escribe “jajaja” o manda un audio de cuarenta segundos sobre nada. Y cierra el teléfono. No es desgano. Es miedo. Miedo de decepcionar en persona, de no estar a la altura de la versión de sí mismo que construyó por mensaje. El chat permite editar, borrar, pensarlo dos veces. El cuerpo, no.

Lo que está en crisis no es el deseo de intimidad —ese persiste, obstinado— sino la capacidad de sostenerla. El capitalismo emocional ha reconfigurado nuestros vínculos, transformando el amor y la cercanía en objetos de gestión, evaluación y consumo. La intimidad se convierte en una promesa de bienestar individual: algo que debería ser eficiente, satisfactorio, libre de conflictos. Y cuando no lo es, se descarta. Como una serie que no engancha en el primer episodio.

La consecuencia es una intimidad frágil, siempre a punto de romperse. O peor: una intimidad que nunca llega a constituirse del todo. Porque el encuentro implica riesgo, y el riesgo hoy se vive como amenaza intolerable. Riesgo de no gustar, de decepcionar, de quedar expuesto. Frente a eso, el repliegue parece más seguro. Mejor la pantalla y el mensaje que el cuerpo y la mirada.

El efecto es la desconfianza generalizada. No confiamos porque no conocemos, y no conocemos porque no nos encontramos. La confianza no se construye en el intercambio constante de mensajes sino en la experiencia compartida del tiempo, en la repetición, en la posibilidad de fallar y reparar. Winnicott hablaba del espacio transicional, ese lugar intermedio donde el sujeto puede relacionarse sin sentirse invadido. Sin encuentro real, ese espacio desaparece. Y la desconfianza se filtra en todo: en las relaciones amorosas, en la amistad, en lo político. Si el otro es siempre una incógnita amenazante o un objeto de consumo, ¿cómo confiar? Bauman describió nuestras relaciones como líquidas, incapaces de mantener forma. Pero quizá hoy ya no son líquidas. Son gaseosas. Se dispersan antes incluso de tomar contacto.

La sustitución de la intimidad por lo explícito opera como una defensa. Mostrarlo todo para no sentir nada. Decirlo todo para no escuchar. La confesión permanente —en redes, en apps, en discursos terapéuticos banalizados— produce saturación. El exceso de exposición anula la intimidad. Porque la intimidad no es exposición. Es relación.

Al nombrar y mostrar compulsivamente intentamos tapar un vacío que no se tapa. Y eso deja una sensación de vacío aún mayor. De ahí la paradoja contemporánea: nunca hemos hablado tanto de emociones, y nunca nos hemos sentido tan solos.

Nadie nos enseñó a tolerar la opacidad del otro. Queremos claridad inmediata, definiciones rápidas, garantías imposibles. Pero la intimidad vive exactamente ahí donde no hay garantías. En lo que no se dice. En lo que solo se intuye. En la incomodidad de estar con alguien que no terminas de entender y seguir estando igual.

La lógica que aplicamos a los vínculos es la misma que aplicamos al consumo: si no funciona, se cambia. Si no es eficiente, se descarta. Pero la intimidad no funciona así. Ocurre en lo improductivo, en la conversación que se alarga sin rumbo, en el silencio que no hay que llenar. Demorarse hoy es casi un acto de resistencia. Encontrarse, con todo el riesgo que eso implica, es ir a contracorriente.

La intimidad no ha desaparecido. Pero cuesta más. Porque exige exactamente lo que este tiempo no tolera: presencia real, sin edición, sin la distancia cómoda de una pantalla.

Mandar el audio es fácil. Aparecer es otra cosa.

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