Crónica de un maquillaje autoritario: el “Desafío 90” de Kast en la vitrina del capital

Claro que no somos una pompa fúnebre,
A pesar de todas las lágrimas tragadas
Giocconda Belli
Por Cristian Solar-Valenzuela
El plan “Desafío 90” del presidente José Antonio Kast, contiene las acciones que prometió ejecutar en sus primeros 90 días de gobierno en materia de seguridad, economía y recortes del gasto fiscal. El documento fue lanzado en agosto de 2025 y empezó a aplicarlo cuando llegó a La Moneda. Incluso, sin esperar al Congreso. En específico incluye tres medidas: bajar el gasto público en un 3%, destrabar proyectos de inversión y energía; y endurecer las reglas contra la delincuencia.
A simple vista, el llamado “#Desafío90: Plan de Acción 2.0” no parece un programa de gobierno, sino una pasarela histérica. Un reality show sobre la urgencia, donde el poder se disfraza de salvador para anestesiar a la chusma. Con un tono de gerencia apurada y un travestismo cívico que asusta, el documento detalla una coreografía de 90 días diseñada desde la arrogancia del marketing, sin pudor alguno en confesar sus intenciones totalizantes: “Se propone copar el debate público con una masa de cambios. Algunos serán bloqueados, pero muchos traspasarán los obstáculos precisamente porque la estrategia es agobiar a quienes se opongan, aprovechando la popularidad inicial” (Kast, 2026, p. 1).
En esta crónica de un despojo anunciado, la política se vacía de carne, de barro y sudor para convertirse en un burdo ejercicio de mercadotecnia. Esto no hace más que confirmar la tesis de Mark Fisher (2016) sobre el realismo capitalista: vivimos un encierro sistémico donde todo lo sólido se disuelve en las relaciones públicas, limitando la política a una administración de empresas que nos presenta “solo la esperanza sin sentido” (p. 22).
Kast no busca gobernar, busca copar la pantalla, asfixiando nuestra retina y nuestro juicio crítico en lo que Norval Baitello (2008) llama la “fatiga de mirar” (p. 22). Esa sobreproducción de imágenes, de focos de un falso presente, nos deja sentados, sedados y dóciles ante las imposiciones del mercado, transformando la violencia de las relaciones públicas en un sopor anestésico.
Si escarbamos en los jirones de este libreto del horror, el “Día 16 de marzo” nos regala la joya de la corona necropolítica: el “Escudo Fronterizo”. El plan establece fríamente que se debe “Demostrar a la ciudadanía que el gobierno ‘toma el mando’ de una situación descontrolada… Parten los trabajos para cerrar la frontera a la inmigración irregular, al crimen, la droga y el contrabando” (Kast, 2026, p. 16).
Pero el espectáculo requiere escenografía. El presidente, bajando del helicóptero con los milicos de fondo, exige explícitamente que “el despliegue debe contar no sólo con la exhibición de retroexcavadoras haciendo las zanjas, sino también muestras del material tecnológico que se incorporará a futuro (drones tácticos, sensores, etc)” (Kast, 2026, p. 16).
Esta puesta en escena es el más puro esperpento del perspectivismo cartesiano que denuncia Martin Jay (2003): un régimen escópico de “elevada altitud” (p. 229), desencarnado y distante, que concibe el mundo como un espacio vacío para la “vigilancia y la manipulación de un sujeto dominante” (p. 228). Es el ojo inmaterial del amo blanco, burgués y castigador que escudriña el territorio nortino para disciplinar al otro, al moreno, al exiliado. Desde nuestro sur, Silvia Rivera Cusicanqui (2015) nos recuerda que estas coreografías son la continuación de una pedagogía colonial que siempre ha intentado borrar al indio y al migrante de la memoria, higienizando la frontera para extirpar la realidad ch’ixi: mezclada, manchada, plebeya de nuestro continente (p. 175).
Y es que Kast no se conforma con zanjas de tierra seca en el norte; cava profundas zanjas sociales criminalizando la sobrevivencia en la ciudad. Su plan decreta con puño de hierro operativos territoriales que “buscan sancionar incivilidades, faltas y delitos cotidianos como fiestas con ruidos molestos, asados en las veredas, carpas en lugares públicos, prostitución callejera, vendedores ambulantes” (Kast, 2026, p. 8). En un afán higienista por limpiar la ciudad de todo lo que huela a pobreza, a jolgorio popular y a desborde, se devuelve a los nadies a su estatus de ciudadanos de segunda clase. Es la violencia de imponer un orden burgués aséptico, persiguiendo los cuerpos que transitan los márgenes para someterlos a la “individualización forzosa” y la disciplina capilar que siempre ha soñado el capital (Fisher, 2018, p. 204).
Pero el verdadero truco de magia, el rouge barato de este plan que se vende como salvavidas, está en la billetera. Bajo el eufemismo de “Chile se levanta económicamente”, fechado para el 23 de marzo, el plan apela al estómago vacío: “Necesitamos volver a crecer, porque sin crecimiento no hay plata en los bolsillos de los chilenos” (Kast, 2026, p. 20). Sin embargo, detrás de esa frase de compasión plástica se esconde una brutal restauración oligárquica. La pócima milagrosa es la vieja receta del despojo empresarial y el extractivismo: “bajar el impuesto a las empresas porque en realidad es un impuesto contra la inversión” (Kast, 2026, p. 20) y, como guinda de la torta neocolonial, el mandato de “Derogar Ley Lafkenche y crear comisión para redactar una nueva” (Kast, 2026, p. 21).
Es aquí donde resucita el fantasma de Antonio Gramsci: el fascismo moderno sabe que la dominación desnuda ya no basta, requiere “educar al educador” y asegurar la hegemonía en la sociedad civil (Gramsci, 2013, p. 248). Por eso Kast insiste mañosamente en que “El primer objetivo es que los chilenos sientan el cambio… para que ésta respalde las siguientes transformaciones” (Kast, 2026, p. 1), convenciendo al poblador precarizado de que perdonarle los impuestos al patrón le traerá un mentado “futuro esplendor”. Como bien advierte Alejandra Castillo (2020), la democracia neoliberal y la “república masculina” (p. 70) operan capturando nuestros afectos, vendiéndonos un estado de “insensibilidad” anestésica (p. 45) frente a la expoliación de nuestros propios cuerpos y territorios.
Y si el espejismo del consenso falla, siempre queda la bota lustrada. El mismo plan prevé, sin asomo de rubor, la presentación de un proyecto de ley para reinstaurar los privilegios castrenses al buscar “mecanismos de respaldo judicial al uso legítimo de la fuerza por parte de funcionarios de las FFAA y de Orden y Seguridad en actos de servicio” (Kast, 2026, p. 32). La ley hecha a la medida del garrote. Al final del día, este “#Desafío90” huele a naftalina envuelta en luces de neón. Promete frenar la decadencia con el recetario exacto de la misma élite que desangró al país.
Como nos susurra tristemente Mark Fisher (2018) desde sus fantasmas, esta obsesión por el crecimiento infinito y el orden de mano dura no es más que “la lenta cancelación del futuro” (p. 29), un anacronismo disfrazado de innovación que delata nuestra incapacidad absoluta para imaginar un mañana que no sea la repetición tecnócrata de la tiranía. El plan de Kast no es un horizonte de esperanza vibrante; es el frío calabozo de los números, un escenario de oropel donde los mismos de siempre nos invitan, con cinismo de matinal, a aplaudir con entusiasmo nuestro propio velorio.
Referencias
Baitello, N. (2008). La era de la iconofagia. Ensayos de comunicación y cultura. ArCiBel Editores.
Castillo, A. (2020). Adicta imagen. Ediciones La Cebra.
Fisher, M. (2016). Realismo capitalista: ¿No hay alternativa? Caja Negra.
Fisher, M. (2018). Los fantasmas de mi vida: Escritos sobre depresión, hauntología y futuros perdidos. Caja Negra.
Gramsci, A. (2013). Antología (Trad. M. Sacristán). Akal.
Jay, M. (2003). Campos de fuerza: entre la historia intelectual y la crítica cultural. Paidós.
Kast, J. A. (2026). #Desafío90: Plan de Acción 2.0. [Documento inédito].
Rivera Cusicanqui, S. (2015). Sociología de la imagen: Miradas ch’ixi desde la historia andina. Tinta Limón.

