Estamos empezando a leer textos que no se resisten: necesitamos malentendidos y mentiras

Trinidad Rosales Mertens
Se entienden a la primera. No obligan a volver atrás, no dejan frases en suspenso, no producen esa pequeña incomodidad de no saber exactamente qué quiso decir alguien. Todo está ahí, dispuesto, claro, ordenado. Y esa claridad, que en otro momento habría sido una virtud, empieza a volverse, por sobre todas las cosas, aburridísima. La inteligencia artificial ha multiplicado la cantidad de textos que circulan, generando un estándar de legibilidad que poco espacio deja para que a una, se le puedan volar los patos mientras escribe o lee.
Hoy existe un tipo de escritura que reduce ambigüedades, anticipa dudas y las cierra antes de que se desborden. La cuestión es entender sin fricción alguna.
Hace no tanto, leer implicaba cierto trabajo. No hablo de algo solemne, ni académico, sino de algo más cotidiano: quedarse pegada en una frase, entender mal, devolverse, insistir igual, pasarse a caca intentando explicarlo y parecerse al señor con demencia en el paradero de la micro. Pero no importaba, estabas imaginando la historia, buscando el significado, entendiendo a los personajes, relacionándolo con lo que ya sabías: existía el sentimiento de que algo estaba pasando. Porque había frases torcidas, ideas a medio hacer, silencios que no se explicaban. Una tenía que entrar en ese espacio y hacer algo con él.
Ahí aparecía el malentendido. No como falla, sino como posibilidad. Posibilidad de múltiples lecturas. El margen para equivocarse, volver, imaginar que quizás el otro quiso decir otra cosa. Ese pequeño desajuste no era un error a corregir, sino una condición del sentido.
Hoy, en cambio, el texto hace ese trabajo por nosotros. La inteligencia artificial no escribe “mal”. No titubea, no se contradice, fluye con un tono neutral que elimina cualquier indicio de subjetividad atormentada que, por casualidad de la vida, haya encontrado el lenitivo de su existencia en ponerse a escribir una columna de opinión en la madrugada aborreciendo la modernización, por ejemplo (ven que delata). Y entonces, produce versiones donde cada idea parece caer justo donde tiene que caer. Como si no hubiera otra opción.
El resultado es un lenguaje que funciona demasiado bien y es aburridamente entendible. Y ahí aparece un efecto extraño: mientras más fácil es entender un texto, menos espacio queda para habitarlo. ¿Cuánto tiempo podemos sostener la duda si nos destinamos a recibir la respuesta en el siguiente párrafo?
Entonces, se elimina el malentendido, pero con él también desaparece algo del relato. Porque una historia no se construye solo con lo que se dice, también con lo que no alcanza, con lo que queda mal dicho o exagerado. Si el sentido no está fijado, aparecen los “hubiera”, la lectura alternativa, y la muerte del autor.
Pero siquiera queda lugar para esa forma mínima de mentira que aparece al narrar: ese torcer apenas los hechos para que hagan sentido, para que puedan ser contados. ¿Cuántas veces hicieron mal uso de alguna cita?, ¿cuántos agregamos un punto y coma donde no correspondía para intentar mayor credibilidad?
Lo inquietante no es que la inteligencia artificial produzca textos claros. Es que está redefiniendo lo que esperamos de un texto: que no nos confunda, que no nos obligue a quedarnos más de la cuenta.
¿Acaso esperamos nunca más pedir disculpas cuando leemos en voz alta y se hace imposible la lectura fluida? Quizás, esos tropiezos hacen que valga la pena leer. Porque entendemos todo, pero no pasa nada, y se nos va quitando el hambre por saber, de lo saturado que nos dejan los cuentos tipo informe, e investigaciones científicas que dejaron de evidenciar que quienes las escriben son los más atormentados.
Sin malentendidos, sin ese pequeño margen donde el sentido no está completamente resuelto, es un discurso perfectamente comprensible, y esa hambre la zaceamos a punta de doritos y suflés fatigantes.
Volvamos a desviarnos, a que los textos se transformen en otra cosa.



Muy interesante análisis. Intentan ” uniformarlo” todo. Así que vamos por las transgresiones, los lapsus y la diversidad de los hilos mentales y sus capas.