Jorge Drexler, la palabra y la duda: lo que se dice y lo que queda

Por Silvina Ojeda, fotoperiodista argentina
Hay palabras que entran sin hacer ruido y, sin embargo, se quedan mucho más tiempo del que uno imagina. No siempre se entiende en el momento qué hicieron, pero algo dejan. Algo se mueve después de haberlas dicho o escuchado.
En un stream reciente en Argentina, Jorge Drexler mencionaba algo que se cruza con esta idea: el valor del beneficio de la duda. Decía, en relación a los tiempos digitales, que los algoritmos tienden a empujar los discursos hacia la polarización, y que en ese movimiento la duda —esa zona intermedia donde el sentido todavía no está cerrado— parece perder lugar. Como si en el lenguaje acelerado de las plataformas no hubiera espacio para lo que no es inmediato ni definitivo.
La palabra, si la buscamos en su origen, viene del latín parabola, que a su vez remite al griego parabolé. En su comienzo no era lo que hoy entendemos como palabra en sentido moderno, sino una forma de comparación, de decir algo a través de otra cosa. Un rodeo del lenguaje para llegar a un sentido. Esa idea inicial ya deja una marca: la palabra no nace directa, nace mediada. Siempre hay un desplazamiento entre lo que se piensa, lo que se siente y lo que finalmente se dice.
Si vamos al diccionario de la Real Academia Española, la palabra es la unidad mínima con significado, pero también es promesa, compromiso, facultad de hablar. No es solo lenguaje: es vínculo. Es algo que se entrega y que, una vez dicho, ya no vuelve igual. Decir algo es ponerlo en circulación, pero también es perder el control sobre lo que va a hacer en el otro.
“Te doy mi palabra” todavía conserva ese resto antiguo donde decir algo implicaba sostenerlo, hacerse cargo de lo dicho.
En estos tiempos, sin embargo, la palabra circula de otra manera. Más rápida, más fragmentada, más expuesta. Se dice mucho, a veces demasiado. Se reacciona, se responde, se comenta. Todo parece inmediato, urgente, casi automático. Pero en ese movimiento acelerado, la palabra pierde espesor. Deja de ser experiencia para volverse contenido.
Volvamos al stream donde Jorge Drexler hablaba sobre algo que atraviesa su obra: el amor por las palabras. Por su forma, por su sonido, por su textura, por lo que significan incluso antes de ser entendidas. No desde lo académico, sino desde la observación cotidiana. Como si las palabras fueran objetos vivos, con cuerpo, con historia, con una biografía invisible.
En su canción “Palabras” aparece una idea que condensa todo eso: lo que se dice no se termina cuando se dice. Permanece en quien escucha, en quien lo pronuncia, en lo que se transforma después. Hay algo del lenguaje que sigue trabajando incluso cuando el sonido ya no está.
“La gente pasa, pero las palabras quedan”, dice una de sus imágenes centrales, como si el lenguaje tuviera una forma de persistencia que la vida cotidiana no siempre alcanza a ver. Y en esa persistencia aparece una incomodidad: hablar no es un acto neutro. Cada palabra hace algo. Produce efectos que muchas veces no controlamos.
Drexler construye ese universo con imágenes simples, casi materiales: el viento, la sombra, el río, el barro. Como si hablar también fuera eso, dejar una huella en movimiento. Algo que se imprime, que marca, que no se borra del todo aunque pase el tiempo.
Y en ese recorrido aparece otra idea que tensiona todo: la palabra no es estable. Tiene matices, variaciones, zonas grises. No significa lo mismo en todos los contextos, ni en todas las bocas, ni en todos los momentos. Puede cuidar o puede herir, puede abrir o puede cerrar, a veces todo eso al mismo tiempo. No es una herramienta neutra: es una forma de intervención.
Tal vez por eso mirar cómo hablamos se vuelve algo más que un ejercicio del lenguaje. Es una forma de atención. No solo qué decimos, sino desde dónde, con qué intención, con qué urgencia, con qué cuidado.
Porque en un mundo donde todo se dice rápido, donde todo circula y se olvida con la misma velocidad, la palabra todavía conserva algo que no termina de perderse: su ambigüedad. Su posibilidad de no cerrar del todo el sentido. Su derecho a la duda. Y quizás ahí esté lo que más incomoda hoy: que la palabra no siempre encaje en la certeza que se le exige.

