“Las investigaciones terminan en libros”: la peligrosa costumbre de desconfiar del conocimiento

Por Sofía Varas Rojas, socióloga, especialista en salud mental, infancias y derechos humanos
“Las investigaciones terminan en libros y no generan empleo”
Las últimas declaraciones del presidente Kast han abierto una discusión sobre financiamiento universitario o gasto público. Pero también han dejado ver algo mucho más profundo: una manera de entender la ciencia únicamente desde su rentabilidad inmediata y una creciente desconfianza hacia el conocimiento especializado. Detrás de esas palabras no aparece solamente una crítica económica, aparece una idea política y cultural mucho más amplia: que investigar demasiado, estudiar demasiado o pensar demasiado sería algo innecesario frente a las “verdaderas prioridades” de la sociedad.
Ese tipo de discurso no es nuevo, tiene una larga historia y un nombre bastante claro desde las ciencias sociales: anti-intelectualismo. El historiador Richard Hofstadter (1963) lo describía como la tendencia a sospechar de académicos, científicos y personas expertas, especialmente cuando producen conocimientos complejos o incómodos para ciertos proyectos políticos.
El problema con estos dichos, es que las sociedades modernas funcionan gracias a esos conocimientos que muchas veces parecen invisibles. La electricidad, internet, las vacunas, los satélites, los antibióticos o incluso los teléfonos celulares existen porque hubo personas investigando durante décadas temas que en algún momento parecían abstractos, inútiles o excesivamente teóricos.
La ciencia casi nunca entrega resultados instantáneos y justamente ahí aparece una de las principales falacias del discurso político contemporáneo: hacer creer que solo vale aquello que produce ganancias rápidas.
“¿Para qué sirven investigaciones que terminan en libros?”
La frase parece simple, incluso cercana. Ahí está parte de su fuerza política y apela al cansancio cotidiano, a la precariedad económica y a la sensación de que existen problemas urgentes que resolver. Pero precisamente por eso funciona como una simplificación peligrosa.
Los libros científicos no son el “final inútil” de una investigación. Son parte del proceso mediante el cual el conocimiento se comparte, se discute y se acumula. Sin publicaciones científicas no existiría medicina moderna, avanzada ni desarrollo tecnológico, ni el entendimiento de las sociedades.
Decir que una investigación “termina en libros” es parecido a decir que una operación médica “termina en informes” o que un juicio “termina en papeles”. El libro no es un desperdicio del conocimiento. Es uno de los formatos mediante los cuales el conocimiento se vuelve colectivo.
La paradoja es brutal: gran parte de las tecnologías que sostienen la vida contemporánea nacieron precisamente desde investigaciones largas, complejas y aparentemente poco útiles en su momento.
La ciencia funciona acumulando preguntas, hipótesis y errores durante años. No responde a la lógica ansiosa del mercado ni al rendimiento electoral de cuatro años.
“Los humedales son solo charcos”
Uno de los aspectos más preocupantes de este tipo de discursos aparece cuando el “sentido común” comienza a reemplazar evidencia científica consolidada. Kast también realizó declaraciones relativizando la importancia ambiental de humedales urbanos, señalando que muchos serían simplemente “charcos” utilizados para frenar proyectos inmobiliarios.
La frase parece nuevamente cercana y fácil de entender, pero científicamente es incorrecta.
Los humedales cumplen funciones ecológicas fundamentales: regulan inundaciones, filtran contaminantes, permiten biodiversidad y ayudan directamente al ciclo del agua. Diversos estudios internacionales muestran que los humedales funcionan como verdaderas “esponjas naturales” capaces de absorber exceso hídrico durante lluvias intensas y liberar agua lentamente durante períodos secos.
Es decir, destruir humedales afecta directamente disponibilidad de agua, estabilidad de ecosistemas y prevención de desastres ambientales.
La socióloga Ulrich Beck (1998) hablaba de las “sociedades del riesgo” para explicar cómo los problemas ambientales modernos son cada vez más complejos y requieren conocimiento científico especializado. El problema es que, en tiempos de polarización política, la evidencia científica muchas veces comienza a competir con frases simples emocionalmente efectivas.
Decir, por ejemplo que un humedal es “solo un charco” funciona políticamente porque simplifica un problema ambiental complejo y transforma décadas de investigación ecológica en algo aparentemente exagerado o casi ridículo.
La estrategia de Kast es vieja: simplificar para desacreditar.
La ciencia no produce solo tecnología, también produce comprensión. Uno de los errores más comunes dentro de estos discursos es creer que la ciencia sirve únicamente cuando produce tecnología visible o ganancias económicas inmediatas.
Pero las ciencias sociales, por ejemplo también producen conocimiento fundamental. Gracias a investigaciones sociológicas y antropológicas hoy entendemos mejor fenómenos como violencia de género, desigualdad, pobreza, segregación urbana o crisis de salud mental.
Pierre Bourdieu (2008) sostenía que las universidades cumplen una función crítica justamente porque pueden investigar problemas que incomodan al poder político o económico. Ahí aparece parte de la tensión actual: una sociedad que exige soluciones complejas mientras al mismo tiempo sospecha cada vez más del conocimiento complejo.
La lógica del “¿para qué sirve?” aplicada brutalmente sobre toda investigación termina destruyendo áreas enteras del saber que son fundamentales para entender la vida social. La paradoja es evidente. Muchas veces quienes critican investigaciones sociales utilizan conceptos creados precisamente por esas investigaciones. Hablan de delincuencia, crisis familiar, inseguridad o pobreza usando categorías construidas desde décadas de trabajo académico.
El conocimiento científico es mucho más cotidiano de lo que parece.
El problema de convertir el “sentido común” en política pública. Existe algo seductor en los discursos anti-intelectuales: hacen sentir que la experiencia personal vale más que estudios complejos o datos especializados. Y evidentemente la experiencia cotidiana importa. El problema aparece cuando esa experiencia reemplaza completamente la evidencia científica.
Lee McIntyre (2018) llama “posverdad” a este fenómeno donde emociones y creencias políticas pesan más que hechos verificables. No significa que las personas sean ignorantes. Significa que ciertos discursos logran instalar la idea de que toda opinión vale lo mismo, incluso frente a décadas de investigación especializada.
Cuando figuras políticas relativizan investigaciones científicas o desacreditan universidades, lo que se erosiona lentamente es la confianza social en el conocimiento experto.
Y las consecuencias pueden ser graves. Ningún país enfrenta incendios forestales, pandemias o crisis climáticas únicamente con intuiciones políticas o frases efectistas.
Las declaraciones de Kast sobre investigaciones científicas, humedales y universidades no son hechos aislados. Forman parte de un clima político donde el conocimiento crítico comienza a ser mirado con sospecha y donde la ciencia debe justificar constantemente su existencia mediante rentabilidad inmediata.
El anti-intelectualismo no consiste únicamente en rechazar universidades. También aparece cuando se simplifican problemas complejos, cuando el “sentido común” reemplaza evidencia científica o cuando se ridiculiza la investigación porque “termina en libros” como si los libros fueran malos.
Pero las sociedades modernas existen precisamente gracias a esos libros, esos estudios y esas investigaciones largas que muchas veces parecen invisibles. La ciencia no solo produce tecnología. Produce herramientas para entender el mundo, enfrentar crisis y mejorar la vida colectiva.
Y quizás ahí está el verdadero problema de fondo: una sociedad que deja de confiar en el conocimiento termina volviéndose mucho más vulnerable frente a la desinformación, el miedo y las simplificaciones fáciles.
Referencias
Beck, U. (1998). La sociedad del riesgo. Paidós.
Bourdieu, P. (2008). Homo academicus. Siglo XXI Editores.
Hofstadter, R. (1963). Anti-intellectualism in American life. Vintage Books.
Mazzucato, M. (2018). The entrepreneurial state. Penguin Books.
McIntyre, L. (2018). Post-truth. MIT Press.
OCDE. (2023). Main science and technology indicators. OECD Publishing.
Radio Universidad de Chile. (2025, 3 de septiembre). Polémica por dichos de Kast sobre humedales: expertos advierten desinformación ambiental.
BioBioChile. (2026, 6 de mayo). Kast cuestiona gasto en universidades: dice que investigaciones terminan en libros y no generan empleo.

