El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

Javier Olivares: de capa ridícula y corbata Versace

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Por Hugo Pérez Torrejón

El pasillo lo vio a él y a su staff transitar raudamente hacia el lugar más escondido. Atrás, en el hall donde la producción había dispuesto un picoteo con té, café, jugo y sánguches de jamón y palta, se quedaron el resto de candidatos y sus equipos. Ahí estaba yo, en un piso que parece subterráneo, cerca de la sala de dirección del Canal 24 Horas, en Televisión Nacional de Chile (TVN). Mi misión: hacer que el candidato que asesoraba y entrené para la ocasión, se luciera. La distracción: Javier Olivares, la competencia por un cupo en el Distrito 6, que venía con nada más que momentum y espectáculo para ofrecer.

Nadie llegó con tanto equipo como él. Lo rodeaban unas 4 a 5 personas. Desde un inicio, saludaron de manera fría y distante, mientras pasaban rápido al fondo del pasillo, como si fuera un trámite. “Ya llegó este pelotudo”, escuché por ahí. No pude hacer otra cosa que aproximarme lo más posible a su improvisada reunión de coordinación. Afuera de la sala de dirección hay unos casilleros, con los nombres de Matías del Río, Iván Núñez y el simpatiquísimo Andrés Vial, que se hacían muy interesantes de leer mientras me acercaba.

“Javi es que la cagó las cejas que te quedaron bien”, escuché de una mujer. Él recibía alardes de pie y con las manos en los bolsillos, mientras se movía un poco, como para entrar en calor. Me sorprendió que lo aleonaran tanto, en realidad. Esta imagen íntima, con su equipo, distaba mucho del ferrocarril que había pasado hace un momento entre gente como Manuel Millones, Nelson Venegas o Luis Pardo, que tienen una carrera política formada. “Tú, como pez en el agua en esta hueáno más”, le decían. Y claro, Olivares tiene experiencia en medios de comunicación, que incluyó un paso por Miami. De reojo, veía manos que le retocaban el maquillaje, otras que le amoldaban el pelo y unas que se esforzaban para que su traje estuviera impoluto, sin polvo, pelos, ni líneas o rayas visibles.

“¿Oye, y la corbata?”, dijo esta vez uno de sus asesores. “Ésta po”, respondió el actual diputado, “me puse la Versace, pa’ que la vean”, añadió. Pero no Versache, ni Versatse; la Versashi. Más específicamente, sonó como laersashi, todo junto, sin la V inicial. Me tapé la boca para evitar soltar una carcajada y justo después sentí que ellos emprendían marcha hacia el estudio donde iba a debatir sobre el futuro del Distrito 6, junto con los otros candidatos.

Ayer, miércoles, vi la imagen que la diputada Lorena Pizarro (PC) subió a su Instagram, donde increpó a su par, Javier Olivares, por nuevamente ir vestido con una capa militar, referenciando, a consciencia, al dictador Augusto Pinochet. Esta vez, su provocación fue más allá: gritó “¡Viva mi general!” delante de ella, hija de Waldo Pizarro, detenido desaparecido, que además iba acompañada de María Candelaria Acevedo, exparlamentaria e hija de Sebastián Acevedo Becerra, el hombre que se inmoló frente a la catedral de Concepción para que la dictadura le diga el paradero de sus hijos, capturados por la policía secreta. Según la diputada Pizarro, la reacción de Olivares fue “rotearlas”.

No pude evitar acordarme del debate y la corbata Versashi. Javier Olivares no expresó una sola idea con un contenido mínimamente profundo en sus intervenciones. Primero, intentó armar polémica con el candidato que yo asesoraba. No le resultó. Quien escribe tenía un plan para evitarlo. Después, se trenzó contra Nelson Venegas y Mauricio Viñambres, a quienes les sacó en cara llevar muchos años en política y -según él- haber hecho nada, sobre todo al ex alcalde de Quilpué. Ambos respondieron hábilmente, con esa calma y picardía tan típica del mundo socialista. En realidad, ni siquiera los candidatos de derecha lo tomaron en cuenta, porque Javier Olivares, desde que llegó hasta que se fue, hizo una performance.

Recuerdo, particularmente, cuando en la ronda de preguntas por economía, todos dieron -aunque sea- el esbozo de una idea. No fue así para Olivares, quien llamó a los electores a fijarse bien por quién votaban, que no escucharan solo promesas de quienes llevan años en política y habían hecho nada. “Yo no le prometo absolutamente nada”, cerró. Así, como hablan los de su ralea: una sinceridad catastrófica, huérfana de esperanza, a la vez que tocan la tecla correcta para llegar al poder.

Ese mismo hombre, que ya lleva unos cuantos años acostumbrado a pararse frente a una cámara y actuar, hoy está en el edificio del Congreso Nacional, con los votos de 31.971 personas, haciendo lo que sabe hacer. Por el momento, no necesita más. Dentro del Partido de la Gente (PDG), es un voto que suma al oficialismo, en momentos donde valen oro. Aprovechó su momentum y está jugando al espectáculo inhumano. ¿Qué pretenderá hacer para el 11 de septiembre de este año? ¿Llevar huesos de pollo al hemiciclo, tal como lo hacían en los 90’s los defensores de Pinochet? Así como vamos…

Javier Olivares representa el lugar más bajo del claroscuro que vive Chile. Su victoria y su permanencia sólo se explican por la crisis de nuestra política, que levanta figuras sin contenido ni fondo y que, por sobre todo, en los casos como el suyo, no tardan en demostrar que quienes solo han sabido evocar el pasado, están condenados a perecer de cara al futuro. No hay nada allí. Solo una capa ridícula y laersashi.

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