Por qué los jóvenes tienen menos sexo, y por qué esa no es la pregunta
Por: Felipe Díaz Gómez

Un chico de veintitantos cuenta en la consulta cómo es para él el sexo. Llega el momento y algo se le adelanta. Va demasiado rápido, se abalanza, y al mismo tiempo se está mirando desde afuera, calculando cómo lo hace mientras lo hace. “Torpe”, dice. Nunca agarra el ritmo. La otra persona queda en algún lugar al que él no alcanza a llegar, y lo que debería ser placer termina siendo un trámite del que sale con vergüenza. Después de un par de veces así, empezó a evitarlo. No lo dice como una decisión. Dice que no puede. También dice que no puede con el porno, que lleva semanas prometiéndose dejar. Ahí, dice, no tiene ningún control.
Para él son dos confesiones distintas: un fracaso y un vicio. Y sin embargo, usa la misma frase para las dos. Lo que le pasa en el sexo no es que el cuerpo no responda: responde antes, se adelanta al sujeto, llega antes de que él alcance a situarse respecto de lo que está ocurriendo. En el porno pasa algo emparentado, un circuito que arranca sin esperarlo y que después no se deja cortar. En los dos lugares algo funciona sin él.
Hace años que se publican artículos sobre por qué los jóvenes tienen menos sexo. Se sabe lo que dicen las cifras y lo que se dice de ellas: que le temen al compromiso, que se cansaron de las aplicaciones, que la pandemia les quitó dos años de cuerpos. Se sabe también que toman menos, que salen menos, que vaciaron el muro de Instagram y se mudaron a cuentas de quince personas. Todo eso describe una retirada sin decir de qué se retiraron.
Conviene detenerse primero en quién pregunta. Una sociedad no se pone a contar los orgasmos de sus jóvenes por curiosidad estadística. Una generación se vuelve objeto de interrogación cuando deja de ser legible para las anteriores, y preguntarle cuánto coge es pedirle cuentas: que muestre que está haciendo la vida en el orden correcto, cumpliendo etapas, avanzando hacia algo. Esas etapas son exactamente lo que dejó de existir. Se les exige demostrar que avanzan hacia finales que nadie les garantizó.
Hay una explicación que ya cumplió su ciclo. Dice que el sexo se volvió una prueba de rendimiento, que uno se mira desde afuera mientras coge y se puntúa después, a solas. Es verdad y tiene diez años. Describía bien a la generación que efectivamente rendía ese examen: había una prueba, había miedo a reprobar, había un tribunal instalado adentro de la cabeza que además ordenaba disfrutar. La culpa del chico cuando promete dejar el porno es residuo de ese régimen. Si no hubiera juez no habría vergüenza. Pero un examen supone un resultado, y lo que caracteriza a las prácticas donde esta generación se está quedando es que no tienen ninguno.
Hay una palabra que los jóvenes usan en inglés y que acá todavía no tiene traducción: “gooning”. No nombra masturbarse; nombra pasar horas mirando pornografía sin llegar al orgasmo, deteniéndose justo antes cada vez que se acerca para sostener la excitación el mayor tiempo posible. Acabar no es la meta: es lo que hay que impedir, porque interrumpe el estado. Y no es solo una técnica, es una identidad que circula en foros y memes.
Tiene además una propiedad que suele pasar inadvertida: se pausa. Admite tres pantallas simultáneas, una película de fondo, el teléfono en la otra mano. Puede durar un día entero sin ocupar ese día. El sexo con otra persona no se pausa ni se reparte: exige un bloque de tiempo del que no se puede salir. Alguien que rinde mal un examen sigue dentro de la lógica del examen. Alguien que goza cuatro horas sin desenlace salió de esa lógica por completo. No es que reprueben la prueba; dejaron de presentarse.
Y una vez que uno ve la figura, la ve en todas partes. El gimnasio, que hace veinte años era el medio para algo que sí terminaba, gustarle a alguien, verse bien un verano, se volvió un régimen sin final posible: la carga siempre sube y el cuerpo nunca está listo. Ese cuerpo, además, no está hecho para entregarse, porque entregarlo lo gastaría. El sexo despeina, transpira, deja distinto. El gimnasio acumula. El espejo hace lo que en la otra escena haría otra persona, con la ventaja de que no quiere nada por su cuenta. Un cuerpo que se prepara indefinidamente para un encuentro que no va a ocurrir.
Del otro lado está el skincare, y funciona mejor todavía porque viene con licencia moral incorporada. El gooning nadie lo defiende. La rutina de siete pasos se llama autocuidado y queda exenta de sospecha. Descríbanla sin esa palabra: un ritual privado, nocturno, en el mismo horario y el mismo lugar donde antes había otra cosa, ejercido sobre el propio cuerpo, en orden estricto, con productos que prometen que la piel va a estar mejor, es decir, con la promesa siempre corrida un poco más adelante. Nadie termina su skincare. Se sostiene. Y ahí está la asimetría de género, sin necesidad de anunciarla: la misma estructura se confiesa con culpa en una sesión y se publica en TikTok. Lo que cambia es qué tan permitido está gozar así, y con qué nombre.
Falta el caso que cierra el argumento. Dos tercios de quienes usan Viagra lo hacen sin necesitarla, y la franja que más creció es la de los menores de treinta. No la toman para poder. La toman para durar, a veces junto con el porno, para prolongar la excitación. Un cuerpo que funciona perfectamente, medicado igual, no contra una falla sino contra el desenlace. Los que sí tienen sexo trabajan para que no termine. El régimen anterior queda invertido: el fracaso era no funcionar, y ahora funciona y el fracaso es llegar al final. Irse se volvió el error.
Habría que preguntarse entonces por qué terminar importa. Para que algo termine hay que perder. El final es el punto donde aparece la falta, donde se sabe que eso ya no está y que uno quedó distinto. Por eso concluir es lo que permite que algo haya ocurrido: sin final no hay relato, no hay episodio, no hay nadie que pueda decir después que le pasó eso. Se pueden pasar cuatro horas gozando y no haber tenido ninguna experiencia. El goce sin final es la manera de pasar por la vida sin que quede constancia.
Con el tiempo pasa lo mismo. Estar en varias pantallas a la vez suele leerse como atención dispersa o como mandato de productividad, y las dos lecturas se quedan cortas: lo que evita hacer una sola cosa es tener que admitir que ese rato se fue y no vuelve. El multitasking es la fantasía de un tiempo que no se consume. El sexo, que obliga a estar en un solo lugar durante un rato, es de las últimas prácticas que cobran el tiempo por adelantado.
Y esto explica la época mejor que cualquier dato sobre aplicaciones. Esta generación creció donde nada concluye. No hay carrera que culmine en un trabajo, no hay arriendo que termine en casa propia, no hay jubilación esperándolos, no hay horizonte climático que cierre bien. El final dejó de ser promesa y pasó a ser amenaza. En un mundo así, las prácticas que no terminan no son la desviación: son lo coherente. El gooning es la forma erótica de una vida a la que nadie le prometió un desenlace.
Freud tiene un nombre para el duelo que no se deja concluir. La melancolía no es tristeza, es un trabajo que no termina, y el melancólico no está apegado al objeto perdido sino a la pérdida misma. Lo que estamos mirando no es una generación que goza demasiado; es una generación en posición melancólica, que encontró en el goce sin desenlace la manera de no tener que perder nada. El sexo con otra persona, en cambio, termina y deja resto. Alguien queda marcado por algo que pasó con alguien, y eso después hay que cargarlo. No expone al juicio del otro. Expone a que haya un después.
Hay una distinción de la psicoanalista Constanza Michelson que aclara el fondo. Querer es una operación del yo, presentable, declarable en una entrevista: quiero una pareja, quiero estabilidad, quiero que esto funcione. El deseo, inconsciente, es lo que rompe ese eje, lo que aparece cuando alguien hace exactamente lo contrario de lo que había decidido. Y tiene una propiedad que lo vuelve incompatible con todo lo anterior: se satisface y cesa. Tiene ritmo, intervalo, apagón. El goce no. El goce continúa. Una generación entrenada en lo que continúa perdió el trato con lo que se apaga.
Michelson deja una imagen tomada de Pasolini que sirve exactamente para esto: las luciérnagas. Luces mínimas que se encienden y se apagan, y cuya cualidad es la intermitencia, no la potencia. En un mundo iluminado por focos que no se apagan nunca, lo que titila parece defectuoso. Pero apagarse no es la falla de la luciérnaga. Es su forma de estar viva.
Hay que decir de quién es la angustia. El chico sufre, y por eso está en una consulta. Pero la mayoría de los que no se van no consulta a nadie, no se queja, no se experimenta en crisis. La crisis está del lado de los que preguntan. Somos nosotros los que necesitamos que la secuencia siga funcionando, los que contamos, los que escribimos ensayos sobre una generación que no concluye porque no toleramos que se haya vuelto ilegible el orden en que aprendimos a vivir. Cabe que estén bien, que hayan leído correctamente las condiciones que les tocaron, y que este texto sea otro síntoma de la generación anterior tratando de recuperar autoridad sobre un mundo que ya no organiza. Lo que no logro dejar de pensar es más modesto: que la comodidad de no irse tiene un costo que no se cobra ahora, y que ese costo es que después no haya nada que recordar.
Vuelvo al comienzo. Dijo su segundo “no puedo” como quien confiesa una debilidad, y es la frase más exacta de la sesión. Fue al único lugar donde nada termina y ahí se encontró con algo que efectivamente no termina, incluido él. Lo que no puede no es parar. Es irse.
Queda la pregunta que no sé responder, y ya no es por qué los jóvenes tienen menos sexo. Si desear supone aceptar que algo se acabe, y toda una generación fue educada en que nada se acaba y en que lo que se acaba se pierde para siempre, entonces lo que hay que aprender de nuevo no es a coger; es a hacer un duelo.
Los datos de la viñeta clínica fueron modificados para resguardar la identidad de la persona.

