El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

Lentitud en tiempos de frenesí

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Débora Arango, “La danza”, 1974.

Por Verónica Aravena Vega

Hace unas semanas me descubrí haciendo algo que no hacía en mucho rato: nada. Estaba en mi casa y me quedé mirando por la ventana. Enfrente, mi vecino salió a la terraza — medio en pelota, como siempre — a regar sus plantas. Tiene una terraza absurda, llena de verde, de macetas que crecen y florecen con una abundancia que me da envidia. Y lo miré. Regaba despacio, maceta por maceta, con una calma de otro siglo. Como si no existiera nada más. Como si el mundo no estuviera ardiendo afuera.

Después pensé: ¿cuántas cosas que amamos necesitan exactamente eso que ya no nos permitimos? Tiempo. Tiempo lento. Tiempo sin justificación productiva.

Leer necesita lentitud. No pasar los ojos por un texto: leer. Quedarse en una frase, volver atrás, releer un párrafo no porque no lo entendiste sino porque quieres habitarlo un poco más. Eso no puede hacerse entre una notificación y otra. Necesita un tipo de atención que ya casi no practicamos y que cuando la encontramos — en un bus, en un insomnio, en una tarde de lluvia que canceló todo — se siente como redescubrir un sentido perdido.

Escuchar necesita lentitud. Escuchar de verdad, no esperar tu turno para hablar. No estar formulando la respuesta mientras el otro todavía está diciendo lo que le duele. Hay una forma de escucha que es casi física — una disposición del cuerpo, un aflojamiento de la mandíbula, una suspensión del juicio — que requiere algo que la conversación contemporánea ha eliminado: la posibilidad de que el silencio entre dos frases no sea un vacío que hay que llenar sino un espacio donde algo crece.

Amar necesita lentitud. Y esta es la que más duele. Porque acá no hablo en abstracto.

Hablo de la mirada de alguien que recorre tu cara despacio, como si estuviera memorizándola. De hacer lo mismo con la suya — aprender cada gesto, cada línea, esa cara tan dulce que ves todos los días y que sin embargo solo conoces de verdad cuando te detienes a mirarla sin prisa, sin motivo, sin que sea preludio de nada. Hablo de saber en qué momento exacto de la noche busca tu cuerpo sin estar despierto. De los domingos sin plan, del supermercado un sábado, de la cama a las once de la noche cuando no pasa nada y no tiene que pasar nada. El mercado del deseo nos enseñó a leer eso como señal de que algo se apagó. Que si no hay vértigo no hay amor. Que si no hay novedad hay que buscarla en otro lado. Y hay gente — gente buena, gente que quiere bien — que destruyó lo más real que tenía porque confundió la calma con el final. Porque nadie le dijo que el amor lento no es el amor que se muere. Es el amor que por fin empezó a ser verdad.

Mirarse necesita lentitud. Saber qué quieres, qué te pesa, qué sigues cargando por inercia o por miedo. Eso no se resuelve con una app. Se resuelve con tiempo que el mundo te dice que estás desperdiciando.

Pensar necesita lentitud. No opinar. No reaccionar. Sentarse con una idea incómoda el tiempo suficiente como para que deje de ser eslogan y empiece a ser comprensión.

En 2013 Jonathan Crary publicó 24/7: el capitalismo tardío y el fin del sueño. Un ensayo breve y demoledor. La tesis: el capitalismo del siglo XXI necesita eliminar el sueño. No como figura retórica. Como proyecto material. Porque mientras dormimos no producimos, no consumimos, no generamos datos. Ocho horas de inutilidad económica absoluta cada noche. El sueño como afrenta al mercado. La última frontera que el capital no ha colonizado.

El dato que lo ancla en lo real: el Departamento de Defensa de Estados Unidos financió investigaciones con gorriones de corona blanca, un pájaro capaz de mantenerse despierto siete días consecutivos, buscando replicar eso en humanos. Primero en soldados. Después, inevitablemente, en trabajadores. La vigilia total como utopía productiva.

Pero el libro no va sobre dormir. Va sobre todo lo que el sistema necesita eliminar para funcionar sin interrupciones: la pausa, la contemplación, el aburrimiento fértil, el silencio, la distracción que no genera valor. En un mundo diseñado para no detenerse jamás, la capacidad de parar es el acto político más básico. No el más espectacular. El más básico. Porque sin él, todo lo demás es agitación.

El capitalismo no combate la lentitud solo acelerando. Eso sería tosco y detectable. Lo que hace es más elegante: la absorbe. La convierte en producto. La vende de vuelta.

Mindfulness corporativo. Retiros de desconexión digital a precio de hotel boutique. Apps de meditación con suscripción mensual y métricas de progreso. La mañana sin prisas que se fotografía para Instagram. El pan de masa madre como performance de autenticidad. Toda una industria construida sobre la promesa de la pausa, que funciona exactamente como mantenimiento: te recarga y te devuelve al lunes intacto, listo para otra ronda.

Esa lentitud no es lentitud. Es mantenimiento. Y lo que la distingue de lo que Crary propone es una pregunta simple: ¿lento para qué? Si la respuesta es “para volver a ser productivo”, el sistema ganó. Si la respuesta es “porque me niego a que el ritmo lo decida el mercado”, estamos en otro territorio. Uno donde la lentitud no es autocuidado sino desobediencia. 

Y esto también va por nosotrxs. Por mí la primera.

Cuando confundimos estar informados con estar agotados y le llamamos compromiso. Cuando llevamos meses sin leer un libro entero mientras acumulamos tres horas diarias de teléfono. Cuando sentimos que si no estamos reaccionando estamos fallando. Y hay algo en esa confesión que nos cuesta más que cualquier análisis político: admitir que el frenesí no nos fue impuesto del todo. Que una parte de nosotrxs lo elige porque parar da miedo. Porque en el silencio aparecen preguntas que llevamos años esquivando.

Byung-Chul Han escribió que hemos perdido una facultad humana entera: la contemplación. No un hábito. Una facultad. La capacidad de estar con algo sin hacer nada con ello, sin convertirlo en contenido, sin optimizarlo. Y que eso no fue un accidente sino una consecuencia directa de un sistema que necesita sujetos que no puedan detenerse. Que sientan culpa por estar en un parque sin hacer nada a las cuatro de la tarde. Que interpreten el tiempo vacío como tiempo robado.

La izquierda le tiene miedo a esta conversación. Y lo entiendo. Proponer lentitud cuando hay gobiernos desmantelando derechos a velocidad legislativa suena a frivolidad. O a privilegio.

Pero miremos lo que la velocidad nos está dando. Comunicados que nadie lee escritos en diez minutos sobre polémicas que mañana nadie recordará. Indignaciones que se gastan antes de convertirse en proyecto. Una oposición que vive respondiendo al tempo del adversario y que por lo tanto nunca construye uno propio. ¿Eso es compromiso político o es su simulacro?

Sin tiempo para pensar juntos, la acción colectiva se vuelve reflejo. Y el reflejo no transforma nada. Solo reacciona.

La lentitud no es lo contrario de la acción. Es lo que permite que la acción tenga dirección en vez de ser puro espasmo.

Aquella tarde en mi casa no duró más de quince minutos. Fue suficiente para ver a mi vecino regar sus plantas medio en pelota con esa calma que le envidio, y para sospechar que quizás él — sin saberlo, sin teorizarlo, sin postear nada al respecto — sabe algo que nosotrxs hemos olvidado.

¿Qué pasa si lo que descartamos como pérdida de tiempo — leer, escuchar, amar, pensar — es exactamente donde están las cosas por las que vale la pena pelear?

¿Y qué pasa si para saberlo solo hace falta quedarse quietx un rato?

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