El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

Si todos los hombres son narcisistas… ninguno lo es

1000 images about Book Covers on Pinterest Tove jansson Book
Portada de “Kamienne Niebo” del autor polaco Jerzy Krzysztoń 

Por Verónica Aravena Vega

A veces siento que Chile entero se volvió ese meme de “diagnóstico express por TikTok”, donde cualquier tipo que no te contesta un mensaje en tres horas ya pasa por “narcisista clínico” certificado por la Universidad de las Redes Sociales. Yo también he caído: he mirado un ghosting con la convicción analítica de Freud en su mejor cocaína matutina y he sentenciado: “Narcisista. Next”. Y, sin embargo, sé que algo en ese uso compulsivo de la etiqueta no cuadra. Si todos los hombres son narcisistas, entonces ninguno en verdad lo es. Y ahí ya no estamos hablando de psicología, sino de un cansancio cultural que colapsó hace rato.

Siempre vuelvo a una escena que me partió la cabeza: American Psycho. Patrick Bateman mirándose al espejo mientras tiene sexo con dos mujeres, completamente absorto en su propia imagen. No hay deseo ahí; hay confirmación. Esa caricatura del narcisismo extremo funciona en el cine porque es obscena, ridícula, brutal. Pero Chile no está lleno de Patrick Batemans con terno Armani. Hay muchos hombres formados en un analfabetismo emocional sistemático, criados para reprimir hasta el estornudo. Y aunque a veces se porten como torpes profesionales del ego, no por eso merecen un diagnóstico de Trastorno Narcisista de la Personalidad lanzado desde la mesa del bar.

Entonces la pregunta aparece: ¿qué está pasando para que llamar “narcisista” a cualquier hombre se haya vuelto tan fácil, tan automático, tan parte del paisaje afectivo?

La palabra funciona como comodín. Decimos “narcisista” cuando queremos decir que el tipo no escucha, que no registra, que no asume responsabilidad afectiva, que no sabe amar sin devorar, que su ego es frágil como vidrio y que no tolera siquiera la posibilidad de estar equivocado. Decimos “narcisista” donde en realidad queremos decir: hace exactamente lo que la cultura le enseñó que podía hacer.

Y ahí aparece el verdadero problema: el narcisismo no como diagnóstico clínico, sino como mandato del patriarcado.

Desde pequeños, los hombres aprenden que su identidad depende de ser admirados, confirmados, obedecidos. Todo en su entorno los posiciona como centro simbólico del relato familiar, escolar y laboral. ¿Cómo no va a surgir un narcisismo cultural —no clínico, pero sí estructural— si la crianza entera apunta hacia ahí? Lo raro sería que no lo desarrollaran.

Pero ahí está la trampa. Que un sujeto tenga rasgos narcisistas no significa que tenga el trastorno. Significa que la estructura lo produce así: como engranaje funcional de una masculinidad hegemónica que necesita, para sostenerse, cierto nivel de ceguera emocional.

Y ahí dejamos de hablar de psicología y entramos en política. Porque patologizar lo que es estructural es una vieja estrategia. El psicoanálisis clásico se ha usado miles de veces para culpar al individuo de lo que el sistema produce. Como si una fuera a terapia para “curar” al capitalismo. Plot twist: no se puede.

Cuando decimos que un hombre es narcisista porque no sabe sostener un vínculo afectivo, estamos convirtiendo un síntoma social en un problema personal. Es como decir que las mujeres somos “codependientes” sin mirar la herencia que arrastramos por generaciones: el mandato del cuidado, la entrega, la renuncia, la disponibilidad emocional permanente.

No se trata de exculpar a los hombres. Son adultos, no recortes de cartón. Pueden aprender, desaprender, reparar. Pero si convertimos todo en “trastorno”, liberamos a la estructura de responsabilidad. Lo convertimos en un asunto íntimo cuando es profundamente político. Individualizar lo colectivo, convertir problemas culturales en defectos personales: terminamos haciendo el trabajo sucio del sistema.

Quizá por eso este diagnóstico de bolsillo se volvió un fenómeno tan potente. En un país donde jamás nos enseñaron educación emocional, donde las mujeres hemos vivido en un silencio afectivo históricamente impuesto —que recién estamos rompiendo a sacudidas de rabia y humor—, es lógico que las palabras disponibles no nos alcancen. Entonces las usamos igual, aunque queden estrechas.

Además, la figura del “narcisista” calza perfecta con un tipo de masculinidad muy particular: el hombre que cita a Butler con una mano y con la otra desarma emocionalmente a su pareja sin notar la incoherencia. El que milita la deconstrucción en público y en privado sigue esperando que el mundo le deba atención. No es un perfil raro.

La palabra “narcisista” funciona porque explica rápido. Y explicar rápido alivia. Pero ese alivio no dura nada.

Porque si todos los hombres son narcisistas, entonces nadie lo es. Y cuando una categoría se vuelve tan expansiva que sirve para describir desde un hombre emocionalmente torpe hasta uno genuinamente peligroso, pierde toda precisión. Es lo que pasó con “tóxico”, con “gaslighter”: se volvieron diagnósticos de bolsillo que usamos para sobrevivir, pero que nos impiden pensar.

El problema es que, cuando todo entra en el mismo saco, perdemos la capacidad de distinguir entre un hombre con rasgos narcisistas, un hombre simplemente inmaduro y un hombre verdaderamente dañino, manipulador, violento. Y esa distinción importa, porque en ella se juegan decisiones afectivas, de cuidado, de respuesta política.

Y entonces vuelvo a la pregunta incómoda: ¿para qué nos sirve usar tanto esta palabra? Nos sirve para sobrevivir. Para sentir que no estamos fallando. Para darle forma a un hartazgo que no sabemos cómo expresar. A veces nombrar es respirar.

Pero si el nombrar se vuelve automático, anestesia. Y nos deja sin herramientas para transformar lo que realmente importa.

Hay algo más. Cuando demonizamos tanto al otro, dejamos de mirarnos. Y ahí el feminismo pierde fuerza política y se convierte en tribunal moral, en un espacio donde no podemos reconocer que nosotras también tenemos nuestros propios narcisismos, nuestros deseos de validación, nuestras heridas.

El narcisismo femenino existe, pero opera distinto. En Black Swan, Nina no busca admiración por arrogancia; la busca porque la educaron para ser perfecta, para encarnar un ideal imposible. Su tragedia no es individual; es la de la mayoría de mujeres que crecimos siendo “buenas alumnas” del patriarcado. Con ansiedad, culpa y el miedo a ser “demasiado”.

La salida, creo, es rechazar la tentación de patologizarlo todo. Sin caer en el extremo contrario de despatologizar lo que sí es clínicamente serio. Hay hombres con trastornos narcisistas severos; los hemos conocido. Hay otros que solo actúan según lo que aprendieron; y otros que están en transición, en proceso, en lucha interna. No es lo mismo.

Lo que necesitamos es recuperar la mirada colectiva. No basta con decir “narcisista”; hay que preguntarse qué modelo de masculinidad lo produjo, qué expectativas cargamos nosotras, qué violencias se repiten, qué recursos faltan.

El patriarcado no se combate con diagnósticos, sino con política afectiva. Con redes. Con humor. Con rabia organizada. Con crítica cultural. Con memoria.

Sobre todo memoria.

Porque si no, cada hombre que aparece en nuestra vida se convierte en una versión barata de Patrick Bateman, y lo peor es que terminamos creyéndolo.

Compartir:
Suscribete
Notificar de
guest

0 Comments
Más antiguo
Más nuevo Más votado
Comentarios en línea
Ver todos los comentarios
0
Nos encantaría saber tu opinión, por favor comenta.x