¡Amigo! el machismo te está matando

Por Verónica Aravena Vega
Hay algo que el sistema nunca te va a decir en voz alta: que los hombres también están jodidos. No de la misma manera, no con la misma historia, no con las mismas consecuencias, eso hay que decirlo para no caer en la trampa fácil de la equivalencia. Pero jodidos al fin. Rotos de una manera específica, prolija, casi artesanal. Una rotura que tiene nombre y que llevamos siglos llamando hombría.
El patriarcado necesita cuerpos obedientes. Y los primeros cuerpos que disciplinó, con más eficiencia y más brutalidad, fueron los masculinos. Les enseñó a no tener miedo. A no llorar. A no desertar. A marchar hacia donde el Estado señala sin preguntar por qué. Les ofreció un trato que parecía conveniente: a cambio de ceder tu cuerpo al capital y a la guerra, te damos autoridad sobre el cuerpo de una mujer. Un intermediario. Un capataz que ni siquiera sabe que trabaja gratis. Silvia Federici lo documentó durante años: el capitalismo no se construyó sobre cuerpos libres. Se construyó sobre cuerpos disciplinados, cuerpos que aprendieron a llamar dignidad a su propia domesticación.
Pienso en mi papá. Pienso en todos los papás. Hombres que se levantaron cuarenta años a las seis de la mañana sin preguntarse nunca si querían hacerlo. Que sostuvieron familias enteras con la espalda y con el silencio. Que cuando llegaban a la casa no sabían qué hacer con sus propios hijos porque nadie les enseñó ese idioma. Que murieron, muchos de ellos, sin haber tenido una sola conversación honesta sobre lo que sentían. No porque fueran malos. Sino porque el contrato no incluía esa cláusula.
El hombre viril, ese tipo tan seguro de sí mismo, es ante todo un buen soldado. Un obediente de manual. Alguien que aprendió tan bien las reglas del juego que ya ni las ve. Y eso tiene un precio enorme, un precio que se paga en silencio, en soledad, en cuerpos que no saben pedir ayuda, en muertes que nadie llora de la misma manera porque se supone que así tiene que ser. Los hombres mueren más en guerras, se suicidan más, se enferman y piden menos ayuda. No porque sean más fuertes. Sino porque el contrato que firmaron — ese contrato que Carole Pateman llama sexual, ese acuerdo implícito que nadie eligió pero todos sostienen — les prohibió ser vulnerables. Les dijo que la vulnerabilidad era cosa de mujeres. Y como ser mujer era lo peor que te podía pasar, aprendieron a amputarla.
Hay algo terrible en ver a un hombre viejo que no sabe estar enfermo. Que no sabe quedarse quieto. Que cuando el cuerpo le falla por primera vez en setenta años no tiene ningún vocabulario para nombrarlo, ninguna red para sostenerse, ningún hábito de pedir. Muere de eso también. De no saber cómo necesitar.
La masculinidad normativa no es una ventaja. Es una prótesis. Un artefacto que se sostiene a costa de mutilar todo lo que se sale del guion.
Hay una conversación que el feminismo mainstream esquiva porque incomoda: los hombres no son el enemigo. El machismo sí. Y esa diferencia, que parece obvia, en la práctica se pierde todo el tiempo. Se pierde cuando la política feminista se reduce a acumular culpa masculina en vez de desmantelar el sistema que la produce. Se pierde cuando construimos trinchera en vez de análisis. Se pierde cuando olvidamos que el patriarcado también los está matando a ellos — de otra manera, con otra narrativa, pero los está matando igual. No lo digo para consolarlos. Lo digo porque nombrar el mecanismo completo es lo único que sirve.
Virginie Despentes lo expone con claridad: el sistema produce perdedores en todos los géneros. Lo que cambia es el tipo de pérdida y la manera en que se nos permite nombrarla. A nosotras nos enseñaron a perder calladas, sonriendo, cuidando a los demás mientras nos vaciábamos. A ellos les enseñaron a perder sin admitirlo nunca, a llamar fortaleza al dolor que no pueden mostrar, a seguir marchando aunque no queden pies para marchar. La diferencia es que nosotras aprendimos a hablar de eso. Tenemos amigas, tenemos terapia, tenemos movimiento. Ellos tienen el bar, el fútbol y el silencio. Y cuando eso no alcanza, se matan. Sin drama, sin despedida larga, con una eficiencia que también aprendieron del mismo manual.
Las mujeres desarrollamos, a lo largo de siglos, una relación tensa y negociada con el poder. No porque seamos naturalmente rebeldes, eso sería otra trampa esencialista. Sino porque el sistema nunca pudo contenernos del todo. Siempre hubo algo que se salía. Siempre hubo una fricción. Una incomodidad estructural en nuestra posición que hizo imposible la obediencia total. Esa fricción es nuestra potencia política. Eso que el sistema llamó histeria, locura, inestabilidad, es exactamente lo que nos permitió desarrollar una mirada crítica sobre el contrato que nos ofrecían. Lo rechazamos — o lo negociamos mal, o lo cumplimos a medias — y en ese incumplimiento se fue construyendo algo parecido a una política.
Los hombres, en cambio, firmaron más limpio. El trato les convenía más, o eso parecía. Y esa firma más limpia es exactamente lo que los dejó más atrapados.
Por eso no me interesa el feminismo como pedagogía masculina. No voy a pasarme la vida explicándoles a los hombres por qué el patriarcado es malo para ellos. Ese no es mi trabajo ni es el trabajo del movimiento. Pero sí me interesa nombrar el mecanismo. Sí me interesa decir en voz alta que la desobediencia masculina al patriarcado no sería un favor que nos hacen a nosotras. Sería la única salida real que tienen ellos.
Darle la espalda al machismo no es sumarse a una causa ajena. Es dejar de pagar un precio que nadie debería pagar. Es recuperar el cuerpo. La vulnerabilidad. El miedo. La posibilidad de no marchar cuando el Estado te señala el horizonte y te dice que ahí está el enemigo. Es negarse a ser el intermediario de un sistema que te usa igual que nos usa a nosotras, con distinto título y distinta narrativa, pero te usa igual.
Vivimos un momento en que los Estados vuelven a necesitar cuerpos para morir. Las guerras vuelven a los titulares con esa normalidad aterradora que tienen las cosas que siempre estuvieron ahí. Y el primer insumo que el Estado necesita cuando decide que hay que pelear es exactamente eso: hombres entrenados para obedecer. Hombres que aprendieron tan bien que el heroísmo vale más que la vida que van a entregar la suya sin dudar demasiado. El imaginario heroico masculino no es una tradición cultural inocente. Es infraestructura bélica. Es la condición de posibilidad de cualquier guerra.
Pienso en los conscriptos. En los chicos de dieciocho años que en cualquier país del mundo, en cualquier década, se pusieron un uniforme sin entender bien por qué. Que aprendieron a disparar antes de aprender a cocinar. Que volvieron — los que volvieron — con algo roto adentro que no tenían nombre para nombrar y que cargaron solos el resto de sus vidas porque pedir ayuda no estaba en el manual. Esos cuerpos no son daños colaterales del sistema. Son el producto central. Son exactamente lo que el patriarcado y el Estado necesitaban fabricar.
Y mientras eso siga siendo así, el feminismo y la desobediencia masculina no son proyectos separados. Son el mismo proyecto con distinto punto de entrada.
No te pido que te sumes al feminismo como quien se suma a un club. Te pido que mires el contrato que te ofrecieron. Que lo leas completo, con la letra chica. Que veas lo que te costó y lo que te va a seguir costando. Que entiendas que la obediencia que te enseñaron a llamar hombría es exactamente el mecanismo que nos oprime a nosotras y que te vacía a ti.
Y entonces, si quieres, dale la espalda.
No por nosotras.
Por ti.

