“INRI”, lo nuevo de Los Tres: rock and roll anacrónico y fetichismo de marca en clave “parriana”
Quizá no de manera premeditada, o tal vez sí, esta canción funciona como espejo deformante del género urbano (en su variante más comercial, obviamente), mostrando como irracional lo que otros ven como aspiración.
Por Osvaldo Pinto Recabal, profesor de castellano y melómano de nacimiento
Hace unos días Los Tres lanzaron el videoclip del tema “INRI” con una hermosa animación a cargo de Punkrobot, consolidando la triada de producciones audiovisuales realizadas por este galardonado estudio (sumándose a los sencillos “Cantar y Amar”, y “Como Llegaste te Vas”). Un acierto estético que, según su director Pato Escala, transita entre lo orgánico y lo digital. La técnica de fotogrametría -que congela al músico en un modelo tridimensional- evoca directamente la idea de “voz de mármol” mencionada en el coro: músicos como estatuas vivientes atrapadas en un mundo artificial. Acá la inspiración es evidentemente el noir policial pero con la ciudad de Concepción como telón de fondo. Una apuesta criolla muy acorde a la mística sonora que transmite el conjunto actualmente con su formación original (“con los integrantes que son”, diría Álvaro).
Este single forma parte de su último disco de estudio “XCLNT”, grabado -como ya es sabido- en el legendario Abbey Road, marcando un nuevo hito en la carrera de la banda con el ansiado retorno de Pancho Molina, quien se luce en las percusiones de cada pieza, desplegando el sello de su inspiración jazzística mediante desplazamientos dramáticos en el beat. Si bien, el álbum se inclina hacia lo folclórico, con modernos matices de la tonada y la cueca en las cuales Angelito incorporó un guitarrón obsequiado por su padre, INRI, destaca por marcar un quiebre interesante en el espíritu melancólico del álbum y abre puertas a la reflexión pese a la aparente trivialidad que puede figurarse el oyente en una primera escucha.
La sonoridad del tema se sostiene en un riff minimalista que coquetea directamente con el rockabilly, manteniendo un pulso firme y una actitud frontal que se robustece a través de una lírica socarrona que hace guiños al infalible humor “parriano”. La fórmula es veneno puro y ruido necesario para revolver el gallinero, mezclando elegancia e ironía a partir de elementos cotidianos como los que don Nica solía desplegar en su antipoesía para desmontar lo épico, lo sublime y lo solemne. La imagen del crucifijo opera como constante en el discurso desacralizador.
Aunque anacrónico para la industria musical actual, esta es probablemente una de las canciones en que más se luce Titae, quien se permite entrar en modo tractor retumbante para equiparar la potencia del bajo a las reverberaciones de las guitarras eléctricas y electroacústica. Algo semejante ocurre en “Al menos solo por hoy” cuya intensidad rememora los tiempos mozos de la etapa noventera pero con un groove más juguetón. En ambos casos puedes subirle el volumen al parlante para sacudirte mientras la estridencia de lo cotidiano toma la palabra e interrumpe la liturgia ritual de la rutina. Nada de bailar y llorar: aquí es bailar y reírse con descaro, aunque sea por tres minutos.
La vibra que transmite la letra podría compararse a la de ese amigo que siempre te pega un codazo mientras sonríe cómplice al tirar una talla ácida (que en este caso sería sobre lo ridículos que somos los humanos). Como motivo principal, el tema dialoga con el fetichismo de marca, mediante la repetición de especies robadas quién sabe por quién; bienes de consumo perfectamente reconocibles a los que podemos acceder en el retail -ese intermediario diabólico que te ofrece todo en cómodas cuotas mensuales- o bien en el mercado negro a precio pastero pero sin garantía. Ni la leche en polvo se salva.
Estos objetos preciados contrastan a su vez con las potentes abstracciones sentimentales que Álvaro Henríquez poetiza -y nos recuerdan cuando aún gozaba aun de su primer hígado-, tales como “un amor envuelto en llamas” y “un corazón envuelto en rosas”. Este contrapunto nos recuerda que no solo lo material pertenece al mercado; incluso nuestras pasiones íntimas, lo sacro y lo profano, lo humano y lo divino son parte del catálogo, caben en la vitrina, están a la venta. Llegar y llevar, mi bella.
Claramente, esto no emerge como una crítica moralista, sino como radiografía del deseo contemporáneo inmerso en el sinsentido. Mientras el ritmo rocanrolero avanza, el hablante posiciona la marca de la cruz como gesto de devoción a lo superficial. Y podemos darnos el gusto de mofarnos de ello -y por qué no- de nosotros mismos con total deliberación. Nos resulta tan sencillo equiparar lo emocional con lo consumible, aferrarnos con afecto a lo material, regocijarnos en el exitismo callampero de la estabilidad y el poder adquisitivo, que a veces no advertimos lo absurdo que es inventarnos nuevas necesidades o valorar más el componente simbólico del objeto deseado que el tiempo invertido en conseguirlo.
UNA VUELTA DE TUERCA
Si bien, el fetichismo de marca es un recurso masificado por la cultura pop actual, en la música suele insertarse como una apología al consumo. Ejemplos decorativos hay montones: “esa wacha me quita los los Calvin Klein”, “toda de Dior pa’ que él vea lo que perdió”, “cambiaste un Rolex por un Casio”, “con mi compi pistolas con chip, ropa Gucci, Versace, Givenchy”, “dile’ que soy el baby, tu novio viste de Old Navy”, “ella solo quiere Prada y Balenciaga”, “me monté en la Lambo pa’ que me vean llegar”, “la cartera Louis Vuitton, original, nunca fake”. Y así tantas frases -provoca escozor llamarlas versos- con las que podríamos armar una retahíla agotadora proyectada al infinito a modo scroll.
En estos contextos musicales, la utilización de marcas es sinónimo de pertenencia, de ascenso social, de validación externa. Muy por el contrario, Los Tres dan una vuelta de tuerca con llave maestra a este recurso para distanciarse del mainstream. En INRI, el rosario de marcas como Sony, Samsung, Kía, Mac y otras tantas no es equivalente a triunfo: es devoción absurda, tal cual las religiones más extremas. Aplicando el recurso retórico de la anáfora -semejante a lo que propicia “Restaurant” del disco Fome- se configura el significado a partir de la repetición, el inventario y la enumeración obsesiva. Y es ahí donde lo cotidiano (el robo y el consumo) se arrodilla ante lo simbólico (el estatus).
Respecto al título de la canción, circula en redes una anécdota -no confirmada, pero deliciosamente verosímil- sobre un parte policial en Concepción donde un paco registró “un crucifijo de oro marca INRI” dentro de las especies recuperadas en un carterazo a una señora. La frase condensa el espíritu de la canción: lo sagrado convertido en marca, lo cotidiano vuelto caricatura y el inventario burocrático transformado en poesía viva. La escena es tan chilena que duele y es jocosa en partes iguales. Una víctima de robo, la recuperación de algunos enseres, un funcionario escribiendo una constancia a la rápida “pa’ que la vieja se deje de weiar”. Y el resultado es, como se ha mencionado, involuntariamente cómico, antipoético; “parriano” hasta la médula.
Ahora bien, me pregunto si esta canción sería censurada si la tocaran en algún programa de televisión; hipotético escenario donde sabemos que nombrar marcas que no son exclusivamente de los auspiciadores del programa de turno opera como un tabú más horrendo que el incesto. Un aspecto en el que animadores y panelistas son muy cautelosos, más prolijos de lo que suelen ser al desmontar fake news o contrarrestar la desinformación cotidiana a la que estamos expuestos.
No puedo dejar de imaginar el pitido interrumpiendo la progresión de las estrofas cada dos segundos. Caos total. No podría traducirse en lengua de señas. Al final nos quedaría solo el coro para elucubrar la idea aislada de las “otras voces”, que posiblemente sean las de la publicidad que ofrece esa “otra vida” de ascenso social acumulándose en “ambientes y cuartos”.
Es tan precisa, la podemos oír con tanta claridad que es inevitable ceder al calor de la conformidad disfrazada de bienestar que nos ofrece. El cierre del coro lo dice todo: “sin el frío es verano” no refiere al clima ni a una estación, sino a un estado emocional inducido: la sensación de plenitud que el consumo promete como alivio momentáneo del vacío existencial. El frío como la carencia, el verano como la recompensa propuesta por la marca cuando obedeces al fetiche, ¿pero a qué costo?
En estos tiempos, en los que el deseo está mediado por algoritmos y el encarecimiento del costo de la vida nos empuja al comercio ilegal, canciones como INRI nos recuerdan que es necesario desnudar la realidad con ojo crítico, pero sin ponernos graves. De vez en cuando, la música tiene que patear la puerta para que entre aire fresco a despejarnos la mente. Si la estética contemporánea convierte el consumo en un dogma religioso irreprochable, por lo menos intentemos evitar que esta voz fría de mármol nos siga domesticando.
INRI recobra la pachorra que el rock ha perdido estos últimos años, lanzando dardos punzantes directos al corazón de los vicios del mundo moderno, con un lenguaje más explícito que de costumbre -porque al parecer estamos cada vez menos preparados para interpretar metáforas- y aun así desliza sutilezas retóricas para que no se nos olvide que la lírica sigue siendo capaz de desnudar nuestras verdades más profundas.
El ecosistema musical, al menos para los melómanos, se ve favorecido aunque el alcance obviamente no sea el de las desbordantes visitas de otros exponentes que le hacen propaganda gratis al modelo capitalista, promoviendo marcas que por lo general recurren a la terciarización de la producción, subcontratando obreros mal pagados en lugares como Bangladesh, India, Pakistán y Camboya, devastando esos territorios e incluso propiciando explotación infantil. De este modo, la producción se externaliza hasta volverse invisible -como todo buen dios- mientras la marca reluce cual crucifijo de oro. Tras la cortina, estas mismas marcas son el epítome del buen vivir pero el brillo de su logo depende de que nadie mire las cadenas que la sostienen.
Quizá no de manera premeditada, o tal vez sí, esta canción funciona como espejo deformante del género urbano (en su variante más comercial, obviamente), mostrando como irracional lo que otros ven como aspiración. Su impronta representa una inconformidad lúcida que apela a nuestra identidad como consumidores, pero es también una talla, una broma al paso, una sátira para amortiguar el peso de la modernidad. Reírse sigue siendo un acto de salud mental, y para ello la música de Los Tres todavía sabe dónde apretar. Razones no faltan y por suerte, Álvaro, Titae, Ángel y Pancho tienen cuerda para rato.

