El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

Ellos “farmean aura”, nosotros los miramos por la ventana: la vieja sospecha sobre los jóvenes

Por: Verónica Aravena Vega

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Últimamente veo a adultos burlándose de los cabros porque “farmean aura”. Repiten el término con las cejas levantadas, contentos de tener una prueba nueva de que esta generación por fin tocó fondo. Hace quince años el hazmerreír eran los “pokemones” con sus mechas de colores y sus fotos en el mall. Antes fue la tarde muerta en el Fotolog y más atrás los melenudos que escuchaban rock y se negaban a pasar por la peluquería. Siempre aparece una moda juvenil que les confirma a los grandes que el país se está yendo a la punta del cerro.

Para el que no está en esto, “farmear aura” es sumar puntos de carisma social, ganarse el respeto del grupo con un gesto bien puesto y perderlo con una vergüenza a destiempo. Es la vieja economía del patio del colegio con nombre de videojuego.

Criticar a los que vienen es de las cosas más antiguas que existen. Suele atribuirse a Sócrates una queja sobre los jóvenes de su época que no respetaban a los mayores y contestaban feo en la mesa. Pasaron 2 mil 500 años y seguimos igual, convencidos cada vez de que la juventud anterior era seria y la de ahora es un desastre. Uno casi podría reírse de lo predecible que es. Lo que pasa es que esta vez la burla viene con algo que las anteriores no tenían debajo: es la primera tanda de cabros a la que de verdad le va a ir peor que a sus padres. Nos reímos de cómo pierden el tiempo mientras les pasamos la cuenta de un mundo que gastamos nosotros.

La prensa hace su parte con entusiasmo. Cada tanto sale un reportaje alarmado sobre el brain rot y la generación que ya no aguanta un texto largo porque los videos de 15 segundos le estarían derritiendo el cerebro. Se agarra una palabra rara del vocabulario de los jóvenes, “farmear aura” sirve perfecto y se la muestra como evidencia de una catástrofe cognitiva. Es un libreto viejo. Se elige una tribu juvenil, se la caricaturiza, se la convierte en el susto de la temporada y de paso se vende el diario. A los “pokemones” se les hizo exactamente lo mismo. El pánico dura hasta que llega la moda siguiente y toca asustarse de otra cosa.

A la burla por la moda de turno se le suman los reproches de siempre, que leen menos que nosotros y que no despegan los ojos del teléfono. Y encima está la crítica más elaborada, la que sale de mi propio lado. Toda esa energía, dicen, malgastada en huevadas, cuando podrían estar “farmeando” lucha de clases o llenando las calles como las llenábamos antes. Suena bien hasta que uno mira qué está haciendo el que lo dice.

Porque los que hacemos esa crítica no estamos “farmeando” nada. Mi generación, la de los 30 y los 40, se lee la carta astral y revisa si Mercurio anda retrógrado antes de mandar un correo. Paga el retiro de luna llena en el Valle para sentir que algo la sostiene. No lo cuento para burlarme. A fin de cuentas, todos buscamos lo mismo, un poco de piso firme cuando abajo no queda ninguna certeza.

Mark Fisher escribió que la tristeza se quedó sin causas y con puros síntomas. Aprendimos a vivir el desánimo como un problema químico que se arregla en privado, con una pastilla y una app de respiración, cuando es lo que le ocurre a una población entera a la que le sacaron el futuro de las manos. Nos tocó un país donde la vejez no tiene pensión y donde arrendar se comió el sueldo entero. Ese es el suelo real sobre el que después nos preguntamos por qué andamos todos tan caídos. La carta astral y el ansiolítico terminan haciendo el mismo trabajo, nos ayudan a soportar de a uno lo que antes se enfrentaba de a muchos. Cuando ya no logras imaginar que algo cambie, te dedicas a administrar el ánimo como quien lleva una enfermedad crónica. El horóscopo te dice qué día conviene no pelear y el feed te presta media hora de calma. Ninguno mueve una coma y los dos sirven para llegar a la noche.

En esa carrera el otro fue sobrando. Juntarse cuesta porque juntarse no rinde ni aparece en ninguna métrica que le importe a nadie. Llegamos a la casa molidos de una jornada extenuante y ya no queda cuerpo para el resto. La soledad dejó de ser una desgracia que le caía a algunos y se volvió el clima en que vivimos casi todos/as.

Puesta la cosa así, el cabro que “farmea aura” es el que mejor la está llevando. Por lo menos sale y se arriesga a hacer el ridículo delante de gente que le importa. Los que andan angustiados porque los más jóvenes no hacen la revolución llevan meses sin pisar una asamblea y sin tocarle el timbre a un vecino. No estamos “farmeando aura”, ni lucha de clases; estamos adentro, con el teléfono en la mano, esperando que llegue el domingo para no tener que ver a nadie.

Y a alguien le sirve que la conversación se quede ahí. Mientras el tema sea que los jóvenes están perdidos, el foco no cae sobre quién armó este tablero. Al que le arrienda y al que le paga por hora sin contrato le acomoda que el cabro crea que su vida depende de cuánto se esfuerza y no de cómo está repartida la cancha. Ese alguien tiene giro y oficina. Es la AFP que le descuenta todos los meses a un cabro de veinte una jubilación que ya sabemos que no le va a alcanzar y es la inmobiliaria que se compró el barrio entero para arrendarlo de a pieza. Decir que la juventud se echó a perder es la forma más barata de dejar el problema del otro lado del salón. Si el que se rindió es el cabro, entonces el país está sano y lo único averiado es esa generación que ya no es lo que era. Cargarles a los que vienen la desafección de todos es un truco viejo y funciona. Sirve para no admitir que el desánimo no tiene edad y que una sociedad no queda así porque los niños salieron fallados. Queda así por decisiones que tomaron personas con nombre y apellido, casi ninguna de ellas menor de edad.

Si hay una salida, se parece bastante a lo que hace el cabro un viernes. Juntarse sin que haya nada que ganar y arriesgar el ridículo delante de gente que importa. La lucha de clases que le exigimos no empieza en una asamblea con tabla y actas. Empieza mucho antes, en esa costumbre de estar con otros que a nosotros se nos fue quedando en el camino. Es lo que el cabro farmea en la plaza y es justo lo que nosotros perdimos. Le pedimos que arme una revolución mientras nosotros no abrimos ni la puerta. Le puso aura a algo que en el fondo es muy viejo, la sensación de que a los demás les importa que uno exista. Es lo único que entre nosotros sigue apuntando hacia afuera. El día que volvamos a juntarnos sin motivo, vamos a entender que el cabro nunca estuvo perdiendo el tiempo.

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    Doctora en Género y Política de la Universidad de Barcelona y Máster en Masculinidades. También cursó estudios de Máster en Psicología Organizacional en la Universidad Miguel Hernández, España y obtuvo un Máster en Psicología Social en la Universidad de Talca, Chile.

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