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Periodismo desde las Entrañas

¿Por qué nos odian tanto?: la tijera del Gobierno a Becas Chile

Por Sofía Varas Rojas, socióloga, especialista en salud mental, infancias y derechos humanos

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Las ciencias sociales y las humanidades no son un adorno ni un lujo presupuestario para tiempos de bonanza económica; son el espejo donde una nación se mira sin maquillaje, el pulso que mide nuestros dolores colectivos y la memoria viva de nuestras heridas. Un país que decide callar la sociología o arrinconar a la historia no avanza hacia el progreso, sino hacia una ceguera voluntaria. Investigar lo humano no es perder el tiempo, es la única forma de habitar la incertidumbre con dignidad. Defendemos la duda, la palabra crítica y el derecho a preguntarnos hacia dónde vamos cuando las respuestas oficiales resultan insuficientes. Negar la importancia de las artes, la literatura y el análisis político es arrancar la voz a las comunidades que buscan explicarse a sí mismas. 

Cuando el Estado financia únicamente lo que produce rentabilidad inmediata, amputa la capacidad de imaginar otros mundos posibles. La investigación social es el espacio donde los marginados encuentran conceptos para nombrar la injusticia y transformarla en derecho. No hay democracia sólida sin ciudadanos capaces de cuestionar la autoridad ni comunidades sin memoria de su propio pasado. El conocimiento social no nace en los despachos del poder, sino en las calles, en las aulas y en el tejido vivo de la experiencia humana. Un gobierno que teme a las ciencias sociales demuestra que le teme a la verdad de su propio pueblo. Proteger este saber es proteger la dignidad de una sociedad que se niega a ser reducida a simples números.

El sesgo utilitarista y la tijera en el presupuesto

El debate en torno al programa Becas Chile y la reestructuración de asignación de fondos ha vuelto a encender las alarmas en la comunidad académica nacional. Las declaraciones de la ministra de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación, Ximena Lincolao, al priorizar áreas técnicas bajo la consigna de que en las decisiones de su cartera no hay ideología sino solo datos, transparentan una visión reduccionista del conocimiento. Esta postura concibe la investigación únicamente como un insumo para la productividad inmediata o la salida laboral directa. De este modo, la ciencia se transforma en una herramienta puramente funcional a los mercados financieros y a las necesidades corporativas.

Bajo el sello gubernamental de la administración del presidente José Antonio Kast, el sesgo político se viste de neutralidad técnica para justificar la distribución de recursos. La noción de que existen disciplinas prioritarias alineadas estrictamente con el crecimiento económico descalifica la utilidad social de las ciencias humanas. Cuando el Estado decide qué preguntas merecen ser financedas y cuáles deben congelarse, impone una hegemonía cultural que desconfía de la sospecha reflexiva. El sesgo gubernamental opera ahogando sistemáticamente los espacios donde se cuestiona la estructura del poder actual.

Existe un malestar recurrente entre diversos sectores políticos hacia la sociología y sus disciplinas afines. La desconfianza radica en que estas materias operan desarmando verdades presentadas históricamente como naturales e inmutables. Bourdieu (2002) advertía que la sociología es un arte incómodo porque saca a la luz cosas ocultas y a menudo reprimidas por los grupos dominantes. Al incomodar a las elites con evidencia empírica sobre desigualdad, segregación territorial o violencia institucional, la disciplina se convierte en el blanco perfecto de recortes presupuestarios y descalificaciones mediáticas.

El temor a las ciencias sociales es, en el fondo, el miedo a la autocrítica democrática. Se acusa habitualmente a los socióloges de fomentar el conflicto social cuando, en realidad, se limitan a registrar sus causas estructurales más profundas. Reducir estas disciplinas al estigma de propaganda política es una estrategia coordinada desde diversos sectores del gobierno. Se busca despojar a la ciudadanía de herramientas conceptuales esenciales para cuestionar la precariedad o la exclusión social. Desmantelar la sociología equivale a romper el termómetro para ignorar la fiebre del cuerpo social.

El aporte real y el valor público de la investigación social

La utilidad de las investigaciones en ciencias sociales no se mide en patentes comerciales ni en retornos inmediatos de capital. Su aporte se refleja en la construcción de políticas públicas con pertinencia territorial, la comprensión de fenómenos migratorios complejos y la preservación de la memoria democrática. Foucault (1979) planteaba que las ciencias humanas no solo estudian al sujeto, sino que analizan los dispositivos de poder que configuran su libertad. Sin esa mirada profunda, los proyectos de desarrollo puramente técnico terminan fracasando por desconocer la trama social donde pretenden instalarse.

Las investigaciones sociales previenen crisis, leen el malestar colectivo y le otorgan sentido humano al desarrollo integral del país. Estudiar la salud mental de la población, los cambios en las dinámicas familiares o las transformaciones laborales frente a la automatización requiere de marcos conceptuales rigurosos. Prescindir de este saber para favorecer un modelo de formación puramente instrumental genera profesionales ciegos a las complejas realidades de sus propios entornos. La ciencia sin dimensión social corre el riesgo de convertirse en un simple engranaje de la reproducción de la desigualdad.

La discusión pública sobre la reorientación de las Becas Chile expone un conflicto civilizatorio latente sobre la naturaleza del desarrollo nacional. La decisión de cercenar el financiamiento en artes, humanidades y ciencias sociales bajo la premisa de la neutralidad técnica constituye un retroceso en el pensamiento crítico de la nación. Esta política del descarte epistémico no representa una mera optimización de recursos, sino una estrategia coordinada para desarticular los marcos conceptuales que permiten a la ciudadanía nombrar, comprender y cuestionar la desigualdad.

Privar a una sociedad de sus disciplinas analíticas equivale a condenarla a un pragmatismo ciego, incapaz de anticipar sus propias fracturas internas. El verdadero valor de una república no se mide exclusivamente por sus indicadores de producción, sino por la densidad de su debate público y la libertad con la que evalúa su propia historia. Cancelar la investigación social para favorecer una visión puramente mecanicista del conocimiento debilita las bases del pacto democrático y reduce la riqueza del pensamiento a un simple cálculo de rentabilidad.

Referencias

Bourdieu, P. (2002). Campo de poder y campo intelectual. Editorial Montressor.

Foucault, M. (1979). Microfísica del poder. Ediciones La Laia.

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