¿Democracia o qué?

Por: Felipe Rojas Cortés
El sinuoso camino de la democracia y del Estado de Derecho en su desarrollo posterior al período de guerras mundiales, que se presentaba inclaudicablemente como el terreno propio y garante para el desarrollo de las sociedades en beneficio de las grandes mayorías, se enfrenta en la actualidad a una necesaria recomposición ética, material y cultural respecto al campo en que se posiciona la democracia, como mecanismo representativo o participativo de nuestras sociedades.
Asistimos a una crisis económica y civilizatoria con precedentes similares a las que caracterizaron el desarrollo del siglo XX, en que posiciones reaccionarias y populistas, han encontrado un “caldo de cultivo” en los sectores populares para reclamarse la representación de éstos, como es el caso de la victoria de gobiernos en ejercicio de Kast, Milei, Trump, Meloni, etc.
El desarrollo de la presente crisis, visibiliza fisuras en las correlaciones de las fuerzas políticas, y es así como en la actualidad nos toca ser testigos de la restauración preocupante del ultraderechismo y el fascismo a nivel global, sumado a la derrota de los proyectos socialdemócratas y gobiernos de carácter progresista que no respondieron a las expectativas y proyecciones de los sectores populares. El derrumbe del modelo, exige a estos sectores reaccionarios establecer una avanzada para la retoma del poder estatal, valiéndose de estrategias propias del historial populista conservador de su sector, utilizando la democracia, como un valor incuestionable, que pretende satisfacer sus agendas en desmedro de las condiciones materiales y subjetivas de las grandes mayorías.
Los principios socio-culturales (o la superestructura ideológica) que recompuso las esferas de poder político internacional, en el contexto de la guerra fría y posterior a ésta, no cesaron con la caída del muro o el fin de la historia como lo planteara Fukuyama inverosímilmente, podemos evidenciarlos en las campañas de ultraderechistas, de carácter nacionalista, en el que se apunta a la deshumanización y desvalorización del sujeto en cuanto partidario de ideas de izquierda (zurdos, parásitos y un largo etcétera de epítetos en todas las tonalidades posibles).
En el marco de la descomposición del régimen socio-político de políticas neoliberales que reclamaron la agenda mundial, durante los años 90 y en la actualidad, podemos dar cuenta que finalmente son los interéses de corte nacionalista populista, aquellos que determinan el quehacer de las posiciones conservadores en las diferentes regiones del mundo. La antigua dicotomía ideológica de izquierdas-derechas, retrocede en razón del reflujo provocado por las diversas crisis en nuestro país (2019 en adelante), por tanto desde los partidos tradicionales se extravía la brújula que nos permitió comprender e interpretar la actual coyuntura como en épocas pasadas, y por tanto conteniendo y administrando las contradicciones propias de la crisis.
En este sentido, interpretar la valorización de la democracia como valor material y universal, ya no necesariamente abstracto y discursivo, es un sinsentido, ya que en la materialidad propia de la crisis civilizatoria actual, reflejamos que dicho valor no es compartido en ningún caso por las partes que accionan el mundo político, y que en definitiva comandan el devenir de las naciones del mundo.
“Los hombres, al establecer las relaciones sociales, de acuerdo con el desarrollo de su producción material, crean también los principios, las ideas y las categorías, conforme a sus relaciones sociales. Por lo tanto, esas ideas, esas categorías, son tan poco eternas como las relaciones a las cuales sirven de expresión, son productos históricos y transitorios”
Marx, en Miseria de la Filosofía.
La actualidad de la democracia representativa en el contexto de descomposición del régimen neoliberal
La comprensión categórica de la democracia como un valor universal y atemporal, adoptado por sectores históricamente conservadores, como un régimen político eterno que no tiene una connotación específica histórica, social y cultural, pareciese ser un despropósito intelectual y práctico, en cuanto a que el intento por sí mismo de crear valores universales en relaciones sociales y políticas nos lleva a una posición estática que no responde a los contextos propios del desarrollo de las sociedades actuales.
Desde una vereda contraria y a la cual suscribo, es precisamente lo contrario, porque parte del punto en que las relaciones sociales y su representación en el plano de la abstracción del pensamiento, están determinadas por sobre todas las cosas, por su esencia histórica y transitoria, “todo lo que existe merece perecer”. Y por tanto, la democracia como “ideal” que significa y caracteriza una relación política determinada entre las mujeres y hombres, y que se establece en un momento histórico de progreso, carece de todo valor universal.
Ahora bien, la democracia, como régimen político que preservaría la “unidad nacional”, en tanto que permite la representación de diversos sectores de la sociedad, a través de los partidos políticos y la institucionalidad estatal.
Sin embargo, esta pretensión de “unidad nacional” a través de la institucionalidad estatal no es más que la cristalización de un equilibrio de fuerzas transitorio. Si aceptamos que la democracia es una categoría histórica y no un absoluto metafísico, debemos reconocer que los partidos políticos y el aparato del Estado no operan en un vacío neutral, sino que son el escenario donde se gestionan las tensiones de clase y las asimetrías de poder propias de nuestra época.
En este sentido, la democracia como régimen de “unidad” corre el riesgo de convertirse en una camisa de fuerza procedimental. Al sacralizar las formas (el voto, el parlamento, la burocracia) por sobre el contenido material de las demandas sociales, el sistema tiende a sofocar las potencias transformadoras en favor de una estabilidad que beneficia, mayoritariamente, al status quo.
La dialéctica de lo institucional
Por lo tanto, la supervivencia de la democracia no reside en su capacidad para declararse “eterna”, sino en su facultad para reconocer su propia obsolescencia potencial. Si “todo lo que existe merece perecer”, la democracia actual debe ser entendida como un peldaño y no como la cima de la historia humana. Su valor real no es su universalidad abstracta, sino su utilidad concreta para, viabilizar el conflicto por una parte, no para anularlo bajo una falsa unidad, sino para permitir que las contradicciones sociales se expresen sin aniquilar al sujeto. Y, por otra parte reconocer su finitud, al entender que las formas de representación actuales (partidos, estado-nación), son respuestas a necesidad del siglo XIX y XX que podrían no ser aptas para las subjetividades emergentes del siglo XXI.
Por ello, despojar la democracia de su aura de “valor universal” no es un ataque a la libertad, sino un ejercicio de honestidad intelectual. Solo al entenderla como un momento histórico determinado, podemos liberarnos de la parálisis dogmática y permitir que la organización política de la sociedad evolucione hacia formas que respondan, efectivamente, a las condiciones materiales, sociales y culturales de su tiempo.
El tránsito hacia la Democracia Participativa
Bajo esta premisa, la democracia no puede continuar siendo entendida como un evento intermitente de validación de élites, sino como un ejercicio continuo de soberanía popular. Si la democracia representativa ha servido para administrar la “unidad nacional” desde arriba, la democracia participativa surge como la herramienta para construir comunidad desde las bases, permitiendo que la voluntad social no sea solo consultada, sino vinculada directamente a la toma de decisiones.
El accionar en este nuevo paradigma no se agota en las urnas; se despliega en la reapropiación de lo público. Pudiendo entre otros métodos, territorializar la política, superando la abstracción del Estado para la intervención de los espacios inmediatos – barrios, comunas, centros de trabajo- donde las relaciones de producción y vida son tangibles. Por otra parte, la gestión directa, donde se buscaría implementar mecanismos de presupuestos participativos, plebiscitos vinculantes y consejos comunales que despojen a la burocracia de su rol de intermediario exclusivo. Entender que la participación no es un favor estatal, sino un derecho conquistado que busca superar la alienación política.
En definitiva, la democracia participativa es la respuesta al agotamiento del modelo. No busca la preservación de un orden estático, sino la generación de una praxis política donde las mayorías sociales dejen de ser espectadoras de su propia historia.
Accionar en la democracia participativa se traduce, por tanto, en convertir el conflicto social en energía creadora de nuevas formas de institucionalidad. Es reconocer que, si bien la democracia actual es transitoria y “merece perecer”, su superación no vendrá de su negación abstracta, sino de su profundización por parte de sectores populares que reclaman para sí el derecho de decidir, de participar y, fundamentalmente, de transformar su realidad.

