El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

La ley del hielo: sobre el silencio como castigo en las relaciones

default 4
Henri Matisse, “Woman before an Aquarium”. 1869–1954

Por: Verónica Aravena Vega

Sirve dos tazas de café y deja una en la mesa sin mirarte. Lleva tres días sin decir tu nombre y la casa sigue andando igual, el agua caliente, los pasos en el pasillo. Todo funciona menos tu nombre en su boca. Nadie gritó ni dio un portazo. Pasó esto, que es peor: el aire de la cocina se volvió un lugar donde dejaste de estar. Sigues ahí, ocupas tu lado de la cama, das los buenos días y no te los devuelven, y aun así te borraron sin moverte de la casa.

En los manuales de terapia de pareja tiene un nombre que suena a lo que es: Stonewalling o “Muro de piedra”. John Gottman lo posicionó entre las cuatro cosas que matan un vínculo, y anotó un detalle que conviene no pasar por alto: el muro lo levantan más los hombres. Él no lo hace por una maldad de manual, sino que cuando la pelea sube, al tipo se le dispara el cuerpo, el pulso, el sudor, una alarma interna que lee como peligro, y se va. Se queda sentado en el sillón pero se va. La retirada le sale más barata que la palabra.

Sobre la coreografía, suele ser la misma: ella insiste, pregunta, quiere arreglarlo en el ahora porque del otro lado no obtiene nada. Pero él se repliega más cuanto ella más empuja, hasta que el repliegue parece la reacción sensata frente a una mujer que no para. Así, al que se calla se le perdona, pero la que reclama queda como el problema de la casa. El silencio tiene buena prensa.

Kipling Williams, pasó años estudiando qué le pasa a alguien cuando lo dejan de mirar. Inventó un juego tonto: tres personas pasándose una pelota en una pantalla, y a la mitad, dos personas dejan de pasársela a la tercera. Nadie la insulta ni le echa, la pelota simplemente deja de llegarle. La gente salía de ahí descompuesta, con rabia, con una tristeza que no sabía explicar, por un jueguito que ni siquiera era real. Lo que Williams midió, y un escáner cerebral terminó de confirmar, es que la zona que se enciende cuando te ignoran es la misma que se enciende cuando te quemas la mano. El que te deja sin respuesta te lastima en el lugar físico donde se siente una quemadura. Literal.

Por eso el ignorado hace cosas raras: insiste donde no debería, ofrece treguas que nadie le pidió. El cuerpo hace lo que sea para que lo devuelvan al grupo, porque en algún lugar viejo sabe que quedar afuera, alguna vez, fue morir. La pareja es el laboratorio, pero el experimento se hace en todas partes. El grupo de amigos que un día deja de contestar y te deja mirando cómo siguen quedando sin ti. El papá que castiga con la cara dada vuelta días enteros y enseña, sin una sola palabra, que el cariño se corta igual que la luz cuando no pagas la cuenta. Eso se aprende temprano, en la casa antes que en ningún lado: a alguien se le hace el vacío y todos entienden la orden aunque nadie la diga en voz alta. El que quedó afuera anda pidiendo perdón por delitos que no le especificaron, porque lo único peor que el castigo es no saber por qué te lo dan.

bell hooks escribió que a los hombres el patriarcado les pide temprano una operación: cortarse del sentir, quedarse mudos por dentro para poder funcionar. Esa mudez después no se apaga cuando conviene. El hombre que se entrenó toda la vida para no nombrar lo que le pasa llega a la pelea sin idioma. Buscas el gesto con que se arregla una cosa y no aparece, porque nunca aprendió las palabras con que se arregla. Lo que parece estrategia fría muchas veces es un tipo sin herramientas a quien, encima, el silencio le sale cómodo.

A nosotras también nos sale, no vale hacerse las santas. Una también cierra la puerta, también deja de contestar para que el otro sepa lo que se siente. Pero el silencio de las mujeres suele llegar más tarde, después de haber hablado mucho, de haber explicado y reclamado y rogado hasta quedarse sin voz. Y aun así, el silencio de ella es “un berrinche” y el de él “es temple”. Quizás lo hacemos menos. Quizás solo nos cuesta más que nos lo perdonen. No estoy segura, y desconfío de las personas que sí lo están.

Antes de ser una escena de cocina, el silencio fue pena de muerte: el destierro, la aldea que le deja de hablar al que se desvió hasta que el que se desvió se deshace. Echar a alguien del grupo era matarlo despacio. Por eso callar nunca fue neutro. Solo puede aplicar la ley del hielo el que necesita menos al otro, y eso vale para una pareja y para un país. Cuando el poder no te contesta, te está informando tu lugar.

Lo difícil es que el silencio clausura justo la puerta por donde se arregla. Gottman les llamaba intentos de reparación a esos puentecitos que uno tira en plena pelea, un chiste malo, una mano en el hombro que quiere decir tregua. El muro es la decisión de no tirar ninguno. Y el que quedó afuera se queda con preguntas sin buena respuesta. Si insiste, pierde la dignidad a cuotas. Si se va, le termina dando la razón al otro, y confirma que no valía la frase. Cuando seguir golpeando una puerta y cuándo aceptar que del otro lado decidieron que no existes, eso no lo resuelve ningún manual.

Gottman encontró además algo que descoloca: lo que salva a una pareja es que el otro acepte el puente, por torpe que sea. El chiste puede ser pésimo y la mano fría, pero lo que importa es que del otro lado alguien decida recibirlo. Quiere decir que el vacío no se arregla solo ni con la frase justa, porque la frase justa no existe. Se arregla cuando el que tenía la sartén suelta el mango. Cuando alguien prefiere perder la pelea antes que seguir teniendo razón en una casa cada vez más vacía. Romper el hielo es una renuncia. Aceptar acercarse sin haber ganado, ser el primero en parecer débil. Por eso cuesta tanto, y no porque falten palabras. Convertimos el silencio en una forma de la dignidad, y al que habla primero lo tratamos de derrotado.

Mientras nadie suelta nada, en esa cocina con las dos tazas no se está peleando, sino que se está levantando -ladrillo a ladrillo de días sin nombrarse- una casa donde uno de los dos ya vive solo y todavía no se entera. Lo que la deshace es poco heroico y nada fotogénico: alguien tiene que volver a la mesa, decir cualquier cosa que no sea la indicada, y bancarse “el ridículo” de hablarle a alguien que a lo mejor todavía no contesta.

  • images e1781554254473

    Doctora en Género y Política de la Universidad de Barcelona y Máster en Masculinidades. También cursó estudios de Máster en Psicología Organizacional en la Universidad Miguel Hernández, España y obtuvo un Máster en Psicología Social en la Universidad de Talca, Chile.

    Ver todas las entradas
Compartir:
Suscribete
Notificar de
guest

0 Comments
Más antiguo
Más nuevo Más votado
Comentarios en línea
Ver todos los comentarios
0
Nos encantaría saber tu opinión, por favor comenta.x