La alegría compartida, doble alegría: la potencia política de la alegría

Por: Verónica Aravena Vega
El domingo a las cuatro de la tarde el cuerpo está tirado en el sillón y la cabeza en ninguna parte. El pulgar sube y baja por la pantalla. Cada video deja una descarga pequeña, parecida al placer, y enseguida el hueco que pide el siguiente. Tres horas después uno se levanta más cansada que antes de sentarse, sin saber bien qué hizo con la tarde, con la vaga sensación de haber sido usado por algo que no se deja ver.
Eso también es alegría. Baruch Spinoza la habría llamado así: un pequeño aumento de placer. Pero no aumenta la potencia. El cuerpo no quedó capaz de nada nuevo. La pantalla le dio algo y se lo quitó en el mismo gesto, y lo dejó donde estaba, un poco más vacío. Hay placeres que funcionan como un préstamo con interés: entregan rápido y cobran después.
El refranero viejo lo sabía antes que cualquier teoría: “alegría secreta, candela muerta”, como decían las abuelas. La alegría que se guarda sola se apaga, como una llama sin aire. La que de verdad calienta necesita a otros alrededor. Spinoza pensó toda su vida en una sola pregunta, por qué un cuerpo a veces puede más y a veces puede menos, y llegó casi al mismo lugar que la abuela junto al brasero. Llamó alegría al paso hacia el poder hacer, tristeza al paso contrario. Pero lo principal es lo que casi siempre se olvida. La alegría que de verdad agranda al cuerpo llega cuando uno entiende la causa de lo que le pasa, cuando deja de ser objeto de una fuerza y empieza a saber de qué está hecha. La tristeza, en cambio, prospera en la oscuridad. Vive de no saber por qué duele lo que duele, de creer que el malestar propio cayó del cielo o lo mandó el de al lado.
Por eso el miedo es la pasión perfecta para gobernar. El que teme no comprende, solo reacciona, y mientras reacciona obedece. Kast, Milei, Bukele o Trump no necesitan que el país entienda su propia situación, le basta con que la tema. Que tema al delincuente, al extranjero, al que viene a quitarle lo poco que junta con esfuerzo. El miedo tiene la ventaja de que no pide explicaciones, se contenta con un culpable a mano. Y junto al miedo el poder administra su gemela, la esperanza, que Spinoza describió como la misma materia temblorosa: una alegría que cuelga de algo que todavía no llega y que en cualquier momento puede no llegar. De la esperanza vive el cautivo, dice otro refrán, y cree que consuela cuando en realidad describe al preso que espera quieto. El que vive entre el miedo a perder la pega y la esperanza de que algo afuera lo salve no comprende su situación, la padece. Trabaja más, exige menos, agacha el moño y espera. Es un cuerpo dócil porque es un cuerpo a oscuras, y a oscuras cualquiera promete una luz.
La izquierda, muchas veces, ofrece lo mismo con el signo cambiado. Ofrece indignación. El hilo de cada mañana con la lista de los horrores del día, la rabia bien fundada convertida en manera estable de estar en el mundo. La rabia tiene la dignidad de no resignarse, y a veces es lo único honesto que se puede sentir. Pero como forma de vida es otra pasión triste, porque necesita al enemigo para existir. Depende de él, lo pone en el centro de todo, le entrega el poder de decidir cada día cómo va a amanecer uno. El indignado profesional cree que está peleando y lo que hace es orbitar. Puede pasarse años así y descubrir al final que nunca construyó nada propio, que solo respondió a lo que otros hacían. La indignación hace exactamente el ruido de la potencia y deja al cuerpo tan solo como el scroll del domingo.
La alegría que importa no se parece a un estado de ánimo ni a una decisión de pensar en positivo. La siente un cuerpo cuando se encuentra con otro que le suma, cuando algo se vuelve posible que estando solo no lo era. Dos cuerpos que componen sus fuerzas pueden más que los dos por separado, y al componerse forman algo que antes no existía. Por eso la alegría compartida es doble alegría, y la cuenta es literal: agranda lo que cada uno puede hacer. Esa alegría trae conocimiento adentro. El cuerpo no solo la siente, entiende algo en el mismo movimiento en que la siente. Entiende de qué es capaz, con quién, hasta dónde. Sale de la noche en la que el miedo lo tenía.
Eso es lo que ningún gobierno puede entregar, y de ahí viene su incomodidad con esta alegría. La esperanza se promete desde una tarima. El miedo se inocula con un titular. La alegría activa no se decreta, porque no es algo que se reparta desde arriba hacia un pueblo que espera con la mano abierta. Es algo que un cuerpo aprende haciéndolo, y lo que se aprende con las manos no se desaprende con un discurso. Eso no se cree, se comprueba, y una vez comprobado queda guardado en el cuerpo como queda el equilibrio de la bicicleta.
Un pueblo triste es gobernable porque no entiende lo que le pasa y por eso lo acepta. Vota desde el miedo, espera desde la carencia, y vuelve cada domingo al sillón a recibir su dosis. Un pueblo que probó una vez lo que puede junto a otros ya sabe algo que no se borra, y un cuerpo que sabe de qué es capaz es mucho más difícil de asustar. Ahí está la razón última por la que al poder no le conviene tu alegría, y nunca te lo va a decir con esas palabras. La tristeza lo deja gobernar tranquilo. La alegría compartida le saca de las manos su mejor herramienta, que es tu desconcierto.
Lo aprendí en cosas mínimas, no en una plaza llena. Una tarde cualquiera, alguien apoya la cabeza en tu hombro y el cuerpo entero baja un cambio, se acuerda de que no estaba diseñado para estar solo. Una mano que sostiene otra mano sin pedir nada. La risa que sale sin permiso en medio de una conversación que no iba a ninguna parte. Ahí, en ese rato sin importancia, el cuerpo entiende lo que ningún discurso le explica: que puede más, que pesa menos, que estaba tenso de aguantar algo que no tenía por qué aguantar solo.
Y de ahí, solo de ahí, se llega a lo otro. Un barrio se organiza porque alguien primero confió en el de al lado lo suficiente para abrirle la puerta. Lo grande no baja de ninguna consigna, sube desde ese hombro en el hombro, desde esa mano que sostiene. Por eso el poder necesita cuerpos solos y asustados, cada uno frente a su pantalla: porque un cuerpo que se acostumbró a la tibieza de otro cuerpo ya no le sirve igual de dócil. La ternura es la temperatura exacta a la que un cuerpo deja de tener miedo, y un cuerpo sin miedo es el principio de todo lo que el miedo venía conteniendo.

