El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

Dulzura para tiempos de mierda: sobre la potencia de lo que cuida

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Gracia Barros, “Acontece”, 1967.

Por Verónica Aravena Vega

Hay una incomodidad específica que produce la palabra “dulzura” cuando aparece fuera del ámbito doméstico, fuera de la infancia, fuera de la cocina. Díganla en una asamblea, en un congreso de ciencias políticas, en una mesa de análisis sobre el estado del mundo. Dulzura. Observen las caras. Hay algo ahí —una mezcla de condescendencia y vergüenza ajena— que dice más sobre quiénes somos políticamente que cualquier encuesta.

Vivimos en un tiempo que ha hecho de la dureza una virtud transversal. No importa si eres de derechas o de izquierdas: la dureza es el lenguaje común. La derecha la llama firmeza, mano dura. La izquierda la llama lucidez, radicalidad. Pero el resultado es el mismo: un consenso silencioso en el que lo blando, lo suave, lo dulce queda automáticamente descartado como ingenuidad, como cursilería, como debilidad política. Como si la única forma legítima de habitar el conflicto fuera endurecerse.

Y ahí está el truco. Porque ese descarte no es neutro. Es, en sí mismo, un gesto político. Y es un gesto que le sirve a exactamente lo que dice combatir.

Anne Dufourmantelle fue filósofa y psicoanalista francesa. Escribió sobre el riesgo, sobre el secreto, sobre el amor. Y en 2013 publicó un libro pequeño y feroz: Potencia de la dulzura. La tesis es detonante: la dulzura no es un sentimiento menor ni una disposición pasiva. Es una inteligencia. Es, de hecho, el tipo de inteligencia que cuida la vida, la salva y la hace crecer.

Lo que Dufourmantelle propone ahí no es un elogio sentimental. Es una operación filosófica precisa: arrancar la dulzura del territorio donde el capitalismo la ha confinado —lo infantil, lo femenino, lo inofensivo— y restituirla como fuerza de resistencia. La dulzura, puede ser una fuerza de resistencia a la opresión: política, psíquica. No como anarquismo ni como lucha armada, sino como otro camino: un “no” que es también un “sí” a la vida.

Aquí es donde la cosa se pone incómoda para todos. Dufourmantelle no ignora que la dulzura ha sido bastardeada. Al contrario: lo denuncia con precisión. La dulzura, dice, ha sido dividida en dos por las instancias de control económico y social. En el plano corporal, reducida a cursilería. En el plano espiritual, convertida en poción New Age, en industria del bienestar, en ese mercado obsceno de la autoayuda que se niega a entrar en lo negativo, la confusión y el miedo como elementos esenciales de lo humano.

O sea: el capitalismo no ignora la dulzura. La fagocita. La vende. La convierte en crema facial, en app de meditación, en eslogan corporativo sobre bienestar laboral. Y al hacerlo, la neutraliza. Le quita los dientes. La vuelve inofensiva.

Y aquí viene la trampa mortal: cuando la izquierda mira esa dulzura bastardeada —la del mindfulness empresarial, la de la “buena vibra” y la descarta en bloque como ideología, está haciendo exactamente lo que el sistema necesita. Está tirando la potencia junto con la basura. Está confundiendo la versión falsificada con la cosa misma.

Slavoj Žižek ha construido media carrera intelectual demoliendo la “compasión liberal”: esa empatía cómoda que permite sentirse buena persona sin modificar ninguna estructura. Mark Fisher advirtió contra la trampa de un anticapitalismo reducido a buenas vibraciones, una izquierda que sustituye la organización política por el gesto afectuoso. Y tienen razón. Claro que tienen razón. La dulzura como coartada para no hacer nada es obscena.

No hablamos de ser amable. Ni de suavizar el conflicto. Hablamos de un tipo de inteligencia capaz de comprender la vulnerabilidad de lo que toca sin destruirlo. Una inteligencia que puede reconocer y comprender la violencia sin reproducirla. Porque —y esto es central— la dulzura puede incorporar la violencia en su comprensión, pero la violencia no puede incorporar la dulzura.

Léanlo de nuevo. Es una asimetría devastadora. La dureza política puede analizar, denunciar, confrontar. Pero no puede cuidar lo que toca. No puede crear las condiciones para que la vida se desarrolle. Y una política que no puede hacer eso, ¿qué está protegiendo exactamente?

Si Dufourmantelle instala la dulzura como inteligencia, Sara Torres la lleva un paso más allá: la convierte en pulsión. En fuerza corporal. Torres propone que el riesgo al que se expone el cuerpo que desea no es un riesgo de muerte —como canta la épica heterosexual con sus amores imposibles y sus pasiones fatales— sino un riesgo de dulzura. Es decir: el peligro real no es destruirse, sino abrirse. Quedar disponible. Quedar reescribible.

La pulsión de dulzura, no es una emoción blanda sino una fuerza que desoye la ley a favor del contacto. Una fuerza que opera en el cuerpo concreto, en la cotidianidad, en la forma en que alguien decide habitar el mundo común siendo secretamente fiel a una inteligencia que prioriza el vínculo por sobre la norma. Cuando afirmamos que políticamente nos falta dulzura, lo que estamos diciendo es que no estamos siendo capaces de proteger la vida. Que estamos protegiendo ideas, objetivos económicos, fantasías de crecimiento. Que una política de la dulzura tendría una prioridad que hoy parece obscena de tan simple: el cuidado y la convivencia.

Esto no es ingenuidad. Es radicalidad. Lo que propongo es una inversión de la jerarquía: la dulzura no es el adorno de la política, sino su condición de posibilidad. Sin ella, la política —de cualquier signo— se convierte en administración de la dureza. En gestión de la crueldad con distintos grados de sofisticación retórica.

Hemos aprendido —todos, izquierda incluida— que lo serio es duro y lo blando es frívolo. Que la radicalidad se mide en grados de dureza. Que quien propone dulzura no ha entendido la gravedad de la situación.

Pero, ¿y si fuera exactamente al revés? ¿Y si descartar la dulzura como categoría política fuera el gesto más funcional al capitalismo que existe? ¿Y si la incapacidad de pensar políticamente desde la dulzura fuera precisamente lo que el sistema necesita para seguir operando sin interrupciones?

Porque un sistema que necesita cuerpos endurecidos, desafectivizados, permanentemente en modo combate —ya sea para producir o para resistir— no puede permitirse que la dulzura sea tomada en serio como inteligencia política. Necesita que dé vergüenza. Necesita que la confundamos con debilidad.

La dulzura, cuando es real, es el acto político más peligroso que existe. Porque aprueba la vida en un sistema que necesita que la vida sea secundaria.

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