Manual de seguridad para gobiernos de ciencia ficción

Por Diego Verdejo Cariaga
Mientras el crimen organizado se expande, diversifica sus métodos y convierte secuestros, extorsiones y economías ilegales en parte del paisaje nacional, el gobierno parece haber encontrado a su enemigo más temible: tres estudiantes de la Universidad Austral y una botella de agua. A ratos, da la impresión de que la principal amenaza para la seguridad interior del Estado no serían las redes criminales con capacidad de corrupción, violencia y dinero, sino unos universitarios ejerciendo terrorismo hidrológico en el sur de Chile.
El episodio fue grave y debía investigarse. Nadie discute eso. Pero una cosa es perseguir responsabilidades conforme a derecho y otra muy distinta es sobreactuar firmeza justo en el caso que ofrece mejores imágenes, más micrófonos y una indignación fácil de empaquetar. Porque cuando el gobierno intentó convertir la escena en una demostración de fuerza, terminó recibiendo un golpe bastante más incómodo que el agua: un juez desechó la tesis más inflada del Ejecutivo y habló, nada menos, de “ciencia ficción”. Difícil encontrar una definición más precisa para una estrategia de seguridad que parece escrita por asesores de guion antes que por gente de Estado.
Y ahí entra la vocería, que bajo Mara Sedini parece haberse convertido en una disciplina autónoma: hablar del tropiezo, explicar el tropiezo, corregir el tropiezo, y luego dar una vocería sobre la corrección del tropiezo. Una especie de metagobierno comunicacional donde la realidad importa menos que la administración del enredo. Sedini no solo ha acumulado críticas por su desempeño; además ha conseguido algo poco habitual: que sus problemas ya no sean solo políticos, sino también gramaticales, geográficos y expresivos. Hay vocerías que ordenan una agenda. Esta, en cambio, parece especializada en demostrar en tiempo real cómo una mala semana siempre puede convertirse en una peor conferencia de prensa.
El problema de fondo no es que el gobierno hable mucho. Los gobiernos hablan. El problema es que este parece sentirse bastante más cómodo narrando autoridad que ejerciéndola. Frente al crimen organizado real, vacila, recalcula, promete y comenta. Frente a estudiantes que tiran agua, en cambio, despliega un tono casi de gabinete de guerra. Como si la república hubiese sobrevivido a mafias, narcos y redes de extorsión, pero quedara al borde del colapso por un puñado de jóvenes con mala conducta y puntería líquida.
Al final, esa es la postal: un gobierno que frente a amenazas estructurales responde como comentarista, pero frente a episodios más acotados actúa como si hubiera descubierto la caída de Occidente. Mucha vocería, mucha escenografía, mucha frase grave. Y muy poco de eso que, en teoría, se supone que distingue a un gobierno de una conferencia de prensa: conducción.


