El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

Perversión femenina: ¿mito o tabú? 

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Por Andrea Molinari 

En los últimos meses, han salido a la luz nuevos archivos vinculados al caso del magnate y pedófilo Jeffrey Epstein, reavivando el debate público sobre su entramado de poder e influencias. Circulan correos, fotografías y videos que comprometen a varias figuras poderosas. La atención se dirige, como siempre, hacia los hombres: el propio Epstein, el príncipe Andrew, Donald Trump, el expresidente Bill Clinton, el cofundador de Microsoft Bill Gates e incluso referentes del mundo espiritual como Deepak Chopra, así como otros miembros de las élites políticas y empresariales que formaban parte de su red de contactos. La lista es larga. 

Sin embargo, la divulgación masiva y la reacción social se ha centrado exclusivamente en los hombres, omitiendo una parte fundamental: en esa red de explotación y tráfico sexual de menores no participaron únicamente hombres, también hubo mujeres. Además de Ghislaine Maxwell —quien ya está en prisión—, otras figuras femeninas habrían participado activamente manipulando y reclutando adolescentes, organizando encuentros y facilitando accesos, como es el caso de Sarah Kellen, Adriana Ross y Nadia Marcinkova. Asimismo, cabe mencionar a Pam Bondi, fiscal general de Estados Unidos acusada de mentir bajo juramento y de haber asegurado la impunidad de esta red de explotación durante años. 

Este punto es complejo, delicado y difícil de mirar. Porque cuando aparecen mujeres perpetradoras y cómplices, el discurso social tiende a deslizarse hacia explicaciones infantilizantes: mujeres confundidas, manipuladas, emocionalmente dependientes e incapaces de tomar decisiones. En otras palabras, no saben lo que hacen

Por ejemplo, en el medio El Español podemos encontrar los siguientes titulares: “Ghislaine Maxwell, una vida al servicio de dos monstruos: su padre maltratador y el depredador Epstein”, “Ghislaine Maxwell: criada como una princesa de cuento terminó como una bruja conseguidora de menores”. “¿Qué oscura dependencia emocional, qué tenebrosa sumisión lleva a alguien a convertirse en una bruja conseguidora sexual y arriesgarse a cumplir condena de por vida en una minúscula celda de la cárcel Metropolitana de Brooklyn?” 

En diciembre de 2021, Ghislaine Maxwell fue condenada por conspiración y tráfico sexual de menores; durante el juicio, varias víctimas declararon que también participó directamente en abusos sexuales. 

¿Por qué se la ubica entre dos “monstruos” como una simple sirvienta? ¿Por qué, cuando se admite su maldad, se la despoja de su humanidad presentándola como un ser sobrenatural? ¿Por qué la narrativa social insiste en que sus delitos responden a una dependencia emocional, una sumisión, y no a una decisión deliberada de abusar de otras personas? 

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Ghislaine Maxwell y Donald Trump

La idea de que las mujeres se coluden a victimarios bajo una suerte de captura afectiva no es nueva. Tiene nombre. El llamado “Síndrome de Estocolmo” ocupa un lugar privilegiado en el imaginario contemporáneo para explicar las conductas de las víctimas frente a situaciones extremas de violencia. Sin embargo, con el tiempo, esta conceptualización ha terminado siendo utilizada para interpretar cualquier vínculo de mujeres con hombres violentos, ignorando la singularidad de cada caso. Así, funciona como un comodín interpretativo tanto para explicar la conducta de víctimas que actúan bajo control coercitivo como la de verdaderas perpetradoras. Lo absurdo es que su origen es tan endeble como revelador. 

En 1973, Jan-Erik Olsson ingresó armado al banco Kreditbanken, en la plaza Norrmalmstorg de Estocolmo, con la intención de robar dinero. Uno de los empleados alcanzó a dar aviso a la policía, que no tardó más de unos minutos en llegar al lugar. Decidió entonces atrincherarse en la bóveda y tomó como rehenes a cuatro empleados. Exigió la presencia de Clark Olofsson, a quien había conocido en prisión, para que lo asistiera durante las negociaciones. Fueron seis días de secuestro. Lo particular de este caso es que las víctimas terminaron simpatizando con Olsson y Olofsson; incluso, Kristin Enmark habría mantenido posteriormente una relación amorosa con Olofsson. 

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El secuestrador Clark Olofsson y la rehén Kristin Enmark

Fue en este contexto que el psiquiatra Nils Bejerot propuso públicamente que el vínculo entre Enmark y Olofsson era producto de un síndrome: un supuesto estado patológico de confusión que llevaría a las víctimas a desarrollar sentimientos de simpatía y benevolencia hacia sus agresores. Sin embargo, Bejerot nunca entrevistó a las víctimas, y a lo largo de la historia un elemento clave de la trama habría pasado desapercibido: era el asesor psiquiátrico y criminológico de la policía sueca durante los seis días que duró el secuestro. 

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Rehenes en la bóveda del banco Kreditbanken

Tiempo más tarde, Enmark desmintió esa interpretación. Sostuvo que Olofsson fue fundamental para su supervivencia psíquica y física, ya que le brindó cuidado al interior de la bóveda. Según su testimonio, su mayor miedo no fue causado por los secuestradores, sino por la policía, que intentó introducir gas en el recinto; un acto que ella considera, hasta el día de hoy, como un intento de homicidio. Según su testimonio, la teoría del “Síndrome de Estocolmo” no sólo la habría llevado a culpabilizarse durante muchos años por sus decisiones bajo amenaza, sino que también habría cumplido la función de desacreditar el relato de las víctimas y desviar la atención de quien, en realidad, representaba el mayor peligro: la policía. 

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La policía durante el procedimiento

Desde entonces, el “Síndrome de Estocolmo” ha funcionado como un dispositivo que transforma el saber hacer de las víctimas en patología. Una mujer que negocia, que calma o que colabora para no ser asesinada es, de pronto, considerada patológica. Esta lectura de los mecanismos de supervivencia y de la astucia como una enfermedad es resultado de nuestro marianismo cultural, ese ideal que dota a toda mujer de una pureza y abnegación irrefutables. Al hacerlo, la despoja de su agencia y la confina a un lugar de pasividad absoluta, evitando así que interroguemos las condiciones reales de poder y violencia en las que estas conductas se producen. 

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Kristin Enmark

Ahora, si el “Síndrome de Estocolmo” fue una lectura que infantilizó a una rehén por no comportarse como se esperaba, no podemos recurrir a esa misma narrativa para explicar a Ghislaine Maxwell como una mera sirvienta o dependiente emocional. Debemos ser tajantes en la distinción: una cosa es el actuar de una mujer bajo control coercitivo, donde su voluntad es erosionada por un sistema de opresión, y otra muy distinta es el actuar de una mujer que participa de crímenes de manera deliberada. Este último era el caso de Maxwell. El documental Filthy Rich (2020) de Tate Taylor es esclarecedor al respecto: lejos de ser una víctima pasiva, esta magnate buscaba colegialas bajo la promesa de un futuro brillante para luego abusarlas sexualmente junto a Jeffrey Epstein.

Sus cercanos la describen como alguien que sabía causar una buena impresión. Sofisticada, con buena educación, vivaz y divertida; el alma de la fiesta. Estas formas generaban una confianza que le permitía moverse en círculos sociales a los cuales habría accedido, en un principio, por su padre Robert Maxwell —supuestamente agente del Mossad, un hombre muy influyente y poderoso—. Es ella quien le abrió las puertas de ese mundo a Epstein y no al revés. Con múltiples nacionalidades, Maxwell huía y se escondía del público, de la prensa y de las autoridades, esperando que sus actos quedaran en el olvido. Los relatos dan cuenta de que era muy perspicaz, sabía cómo y con quiénes mover los hilos para organizar esta red de explotación sexual de menores, a las cuales se refería abiertamente como basura (“they’re nothing, they’re trash”). 

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Ghislaine Maxwell y Jeffrey Epstein

Todos estos elementos coinciden con un perfil psicopático, y es que, como señala la teoría freudiana, el sadomasoquismo constitutivo de la perversión se aloja en una dialéctica hegeliana de amo y esclavo. En este esquema, el rol de Maxwell no es el de una subordinada pasiva, sino el de la gestora y productora de la escena perversa; una función que, lejos de ser secundaria, corrobora la distribución operativa de la tarea y afirma su lugar como agresora. Maxwell sabe lo que hace, razón por la cual se escondía, ocultaba y simulaba para escapar de las posibles consecuencias judiciales. Desde el psicoanálisis, la ausencia de culpa y remordimiento en estos casos responde a lógicas denegatorias que permiten suspender la ley y los principios civilizatorios en favor del goce. En esta modalidad perversa, el otro es radicalmente despojado de su condición de sujeto para ser degradado a la categoría de objeto, de desecho. 

Al final del documental observamos que Maxwell queda devastada, errática, no por una súbita sensibilidad hacia las víctimas, sino que porque su reputación queda hecha añicos. Es el miedo de quien pierde el control sobre el relato social y el escenario de abuso que con tanta rigurosidad había construido y, por lo tanto, de quien entiende que la impunidad ha llegado a su fin y que sus actos tendrán consecuencias. En el documental se escucha la voz en off de uno de los testimonios, nadie puede huir de sí mismo, nadie puede huir de su pasado, nadie puede huir de sus acciones. Maxwell esperaba que todos olvidaran, pero aquello, años más tarde, retornó con fuerza. 

Lo interesante de este caso —y siguiendo nuestra línea de análisis— es que la defensa de esta mujer apuntó justamente a presentarla como un ”chivo expiatorio” de Epstein, apoyándose en apartados bíblicos. No fue más que una instrumentalización del marianismo cultural a través de la cual Maxwell buscó refugio, una supuesta pasividad femenina que ella, desde su actuar delictivo, siempre despreció. Cabe señalar que este tipo de movimientos y estrategias de victimización son usuales en criminología cuando se busca diluir la autoría criminal femenina en figuras de poder masculinas. 

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Maxwell y el Príncipe Andrés

Pondrá Aarón sus dos manos sobre la cabeza del macho cabrío vivo, y confesará sobre él todas las iniquidades de los hijos de Israel, todas sus rebeliones y todos sus pecados, poniéndolos así sobre la cabeza del macho cabrío, y lo enviará al desierto por mano de un hombre destinado para esto. Y aquel macho cabrío llevará sobre sí todas las iniquidades de ellos a tierra inhabitada (Biblia, Levítico 16:21-22). 

Despatologizar a las víctimas exige, al mismo tiempo, dejar de desubjetivar a las perpetradoras. La infantilización de la mujer criminal —a menudo disfrazada de compasión— es en realidad una forma de desubjetivación, una violencia epistemológica, que refuerza el patriarcado al negarle a las mujeres la capacidad de decidir y ser responsables de sus actos; de ser sujetos de deberes y, por lo tanto, sujetos de derechos.

Admitir y nombrar la crueldad femenina, como en el caso de Ghislaine Maxwell, es un ejercicio ético y profundamente feminista que le devuelve su estatuto de sujeto. Este gesto no implica negar la estructura patriarcal, sino identificar cómo ciertas mujeres se posicionan como agentes activos y conscientes dentro de esas mismas lógicas de poder. Por lo tanto, insistir en explicar el crimen femenino como una simple forma de alienación no solo protege a las victimarias, sino que perpetúa la idea de que las mujeres carecen de agencia y voluntad propia, además de negar y distorsionar la realidad.

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