El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

Amar sin desapare(ser): sobre la diferencia en entregarse y perderse

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 Paula Rego, “Little Miss Muffet II”, 1989

Por Verónica Aravena Vega

Hay un momento que reconozco con demasiada precisión: cuando el deseo deja de ser mío. Cuando lo que quiero ya no sale solo, sino después de calcular lo que quiere él. Cuando mi hambre —torpe, urgente, sin pedir permiso— aprende a callarse.

No lo llamaba pérdida. Lo llamaba amor.

Eso es lo primero que habría que desmontar: la idea de que entregarse y perderse son la misma cosa. Que amar bien implica borrarse un poco. Que cuanto más se cede, más se ama.

Anne Dufourmantelle, filósofa y psicoanalista francesa que murió en 2017 lanzándose al mar para salvar a unos niños —gesto que dice todo sobre su pensamiento—, escribió que el riesgo no es lo contrario de la seguridad sino lo contrario de la muerte. Que vivir de verdad exige exponerse, abrirse, soltar el control. Pero hay una diferencia crucial entre exponerse y disolverse. Entre abrir una puerta y tirar la casa entera.

La entrega, en el sentido que a mí me interesa, supone dos cuerpos presentes. Dos deseos activos. Una apertura que no cancela lo que cada uno es sino que lo pone en contacto con lo que es el otro. Es, si se quiere, una forma de riesgo habitado desde un lugar propio.

Perderse es otra cosa. Es llegar a un punto en que ya no recuerdas qué querías antes de quererlo a él/ella. Es descubrir que tus opiniones han migrado sutilmente hacia las suyas, que tus planes se han reorganizado alrededor de su agenda, que tu hambre —esa hambre original, desordenada, tuya— ha aprendido a callarse para no incomodar.

Lo que nadie te dice es que ese proceso no duele. O no duele de inmediato. Al principio se parece mucho a la felicidad.

Hay algo profundamente seductor en la idea de fundirse. La cultura romántica lleva siglos vendiéndonos esa imagen: dos que se vuelven uno, el amor como fusión, la entrega total como prueba máxima de que esto es real. Virginie Despentes lo escribe sin anestesia en Teoría King Kong: el sistema necesita mujeres que confundan la renuncia con el amor, porque una mujer que sabe lo que quiere y lo persigue sin pedir permiso es, para el orden establecido, un problema.

No es conspiración. Es educación. Es la acumulación de miles de gestos pequeños que desde muy jóvenes nos enseñan a calibrar cuánto ocupamos, cuánto pedimos, cuánto sentimos en voz alta. A ser intensas solo en privado. A guardar el deseo como se guarda algo frágil: con cuidado, con vergüenza, con la sospecha de que si se muestra demasiado se rompe o, peor, espanta.

Yo he estudiado durante años las estructuras que organizan el poder entre géneros. Leí a muchas. Subrayé, analicé, escribí. Y aun así hubo una mañana en que me encontré mirando el techo de una habitación que no era la mía, preguntándome qué había sido de las cosas que yo quería antes de querer lo que quería ese hombre.

La teoría no te vacuna. Eso también habría que decirlo.

Porque la pérdida no llega de golpe ni con aviso. No es un robo sino una cesión lenta, casi voluntaria, hecha de pequeñas decisiones que en el momento parecen razonables: cedo esto porque lo quiero a él/ella, ajusto aquello porque la relación importa, guardo esto otro porque no es el momento. Y de pronto un día miras hacia adentro y hay menos de ti de lo que había antes. No sabes bien cuándo pasó. Sabes que lo dejaste pasar.

Dufourmantelle hablaba del secreto como territorio. No el secreto como mentira sino como el espacio interior donde una se pertenece a sí misma antes de pertenecer a nadie más. Ese lugar que no se comparte no por mezquindad sino porque es la condición de posibilidad de todo lo demás: si no hay nadie ahí adentro, ¿qué es exactamente lo que se está entregando?

La pregunta me parece feroz y necesaria: ¿cuántas veces hemos confundido la entrega con el vaciamiento? ¿Cuántas veces hemos llamado amor a lo que en realidad era una lenta renuncia a tener vida propia?

Y más incómoda aún: ¿cuántas veces lo hicimos convencidas de que eso era exactamente lo que queríamos?

Lo primero que una/o aprende a guardar cuando empieza a perderse es el deseo. No de golpe sino en pequeñas dosis. El deseo propio —el que surge solo, el que no espera invitación, el que sabe lo que busca— empieza a sentirse un lujo, después una excentricidad, después casi una descortesía. Y así, sin que nadie lo pida explícitamente, una aprende a achicarlo. A ser la versión administrada de sí misma. A entregar solo lo que el otro puede recibir sin incomodarse, que casi siempre es menos de lo que una es.

Entregarse de verdad, creo ahora, requiere exactamente lo contrario de lo que nos enseñaron. Requiere llegar con todo. Con el deseo entero, con la intensidad sin recortar, con las preguntas difíciles y las necesidades que no tienen forma de pedido elegante. Requiere ser completamente visible y completamente propia al mismo tiempo.

Es más difícil que perderse. Perderse tiene cierta comodidad: la de no tener que sostener el peso de una misma mientras se sostiene el peso de la relación. La entrega real, en cambio, exige permanecer. Exige que después del amor, después de la fusión momentánea que es toda intimidad verdadera, haya todavía alguien ahí adentro que sepa cómo se llama y qué quiere para desayunar.

Dufourmantelle escribió que el riesgo más grande no es el que se toma sino el que se evita. Que la vida que no se arriesga es una vida que se muere de a poco, en cuotas, sin drama visible.

Yo agregaría: el amor que exige que desaparezcas no es amor. Es otra cosa. Y merece otro nombre.

Hay una versión de mí que aprendió eso y otra que todavía lo está aprendiendo. Las dos conviven. La que conoce un poco la teoría y la que a veces, en ciertos cuartos, en ciertas noches, todavía siente el viejo impulso de hacerse más pequeña para que quepa mejor.

La diferencia es que ahora lo noto. Y hay algo feroz en eso: no la certeza de que no va a pasar de nuevo, sino la negativa a que pase en silencio.

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