Ministerio del Hombre: desmontando el discurso de la ultraderecha

Por Verónica Aravena Vega
La senadora Vanessa Kaiser abrió la boca en la Comisión de la Mujer y Equidad de Género con la soltura de quien lleva años convencida de que la provocación es argumento. Dijo que no está de acuerdo con el Ministerio de la Mujer, que debería haber uno de los hombres, que los hombres van a la guerra y mueren, que se suicidan cuatro veces más, que la perspectiva de género es una religión, y cerró con lo de las denuncias falsas. Todo en una misma sesión.
Voy a ir punto por punto. No porque merezca más debate del que ya tiene, sino porque lo que dijo mezcla verdades, medias verdades convenientes y mentiras bien empaquetadas. Y esa amalgama es exactamente lo que hace daño: es mucho más difícil de desmontar que una simple mentira.
1. El suicidio: verdad real, argumento falso
Los datos existen y son duros. En Chile, según el Ministerio de Salud, la mortalidad por suicidio es entre cuatro y cinco veces mayor en hombres que en mujeres. Es real. Es grave. Y es urgente.
Pero aquí viene la pregunta que Kaiser no hace: ¿por qué? Y la respuesta tiene más de una capa. La primera tiene nombre académico. Raewyn Connell, socióloga australiana y una de las investigadoras más citadas del mundo en estudios de género, lo lleva décadas documentando: los hombres mueren más por suicidio porque les enseñamos desde niños que pedir ayuda es debilidad, que llorar es de “maricas”, que el dolor emocional no existe o se aguanta. Eso es la masculinidad hegemónica. No es un insulto. Es un concepto técnico que describe el sistema de normas que le dice a los hombres que sean fuertes, autosuficientes, que no vayan al médico, que no hablen de lo que sienten. Y ese sistema los mata.
Pero hay una segunda capa que Kaiser tampoco menciona: el sistema económico. Los estudios chilenos sobre suicidio —incluido el análisis del Observatorio Económico de la UAH— muestran que los repuntes de mortalidad masculina se concentran en hombres de mediana edad, muchos de ellos en contextos de precariedad laboral, desempleo, deudas y pérdida del rol de proveedor que el mismo sistema neoliberal les vendió como identidad. Es el resultado de un sistema que usa a los hombres como engranajes y los descarta cuando se rompen.
Los estudios clínicos en Chile —publicados en revistas científicas— confirman que los hombres tardan más en reconocer su malestar, que piden ayuda mucho más tarde, que cuando llegan a consulta ya están en crisis avanzada.
Entonces sí, senadora, los hombres se suicidan más. Pero la respuesta no es eliminar la perspectiva de género. La respuesta es más perspectiva de género, aplicada a los hombres también, junto con políticas de salud mental con financiamiento real —hoy el presupuesto en salud mental en Chile es apenas el 2% del gasto sanitario total, frente al 6% que recomienda la OMS—. Eso es exactamente lo que hacen los estudios de masculinidades, que existen desde los años ochenta y que usted, con un doctorado en ciencias políticas, tiene la obligación de conocer.
2. La guerra: los hombres la sufren…las mujeres también
“Los hombres van a la guerra y mueren, mientras nosotras nos quedamos en casa.” Dicho así, en 2026, en la Comisión de la Mujer del Senado chileno, es una frase que suena a cosplay de los años cincuenta. Pero tiene un fondo real: los hombres han sido históricamente enviados a morir en los conflictos armados. Es verdad. Y merece análisis serio.
Lo que Kaiser olvida —o elige no decir— es que esa división surgió exactamente del mismo sistema que ella desprecia: el sistema de género. El que dice que los hombres son los guerreros y las mujeres el territorio a proteger. Pero quedarse en casa no fue ningún privilegio. Las mujeres que se quedaron en casa durante los conflictos armados del siglo XX lo hicieron sosteniendo solas a familias enteras, sin ingresos propios, sin derechos civiles plenos, muchas veces viudas a los treinta años con cuatro hijos y ninguna red de protección estatal. Y las que estuvieron en las zonas de conflicto lo vivieron de otra manera, igualmente brutal: la violación sistemática como arma de guerra está documentada por la ONU en todos los conflictos del siglo XX y XXI, desde Bosnia hasta el Congo, desde Ruanda hasta Siria. El Consejo de Seguridad lleva desde el año 2000 —Resolución 1325— reconociendo que las mujeres y las niñas son blanco específico y desproporcionado de la violencia en los conflictos. Según ONU Mujeres, en las guerras contemporáneas el 70% de las víctimas civiles son mujeres y niños. No están en casa tomando té.
Usar el sufrimiento real de los hombres en los conflictos armados para argumentar contra el Ministerio de la Mujer es intelectualmente deshonesto. Porque lo que revela ese argumento no es que las mujeres estuvieran bien en casa. Es que el sistema de género aplasta a todo el mundo, aunque de maneras distintas y con consecuencias distintas en términos de poder, de autonomía y de derechos.

3. El género: una herramienta analítica, no una ideología
Kaiser tiene razón en una cosa: género y mujer no son lo mismo. El género es el sistema de relaciones sociales, normas y jerarquías construidas sobre las diferencias sexuales. Eso lo sabemos desde hace décadas. Judith Butler, Joan Scott, Simone de Beauvoir antes que todas. No es una “invención de la izquierda”. Es una herramienta analítica que explica por qué en casi todos los países del mundo las mujeres ganan menos, acceden menos al poder, hacen más trabajo no remunerado y son asesinadas por sus parejas a tasas que no tienen equivalente masculino.
En Chile los datos apuntan en la misma dirección desde varios ángulos: la Encuesta Nacional de Uso del Tiempo confirma que las mujeres dedican el doble de horas al trabajo doméstico y de cuidados que los hombres, sin remuneración y sin que ese trabajo cuente en el PIB. La brecha salarial de género se mantiene alrededor del 20% según el INE, incluso controlando por sector y jornada. Las mujeres representan menos del 25% de los cargos directivos en las principales empresas del país. Y en política, Chile llegó a la paridad en el Congreso solo después de una ley que la obligó, no porque el sistema la produjera solo. El concepto de género permite nombrar todo eso como parte de un mismo patrón estructural. Eliminarlo no hace desaparecer las brechas. Solo nos deja sin palabras para describirlas.
4. La “religión”: sesenta años de datos no son fe
Llamar “religión” a un cuerpo de investigación académica de más de sesenta años, con decenas de miles de publicaciones revisadas por pares, con datos empíricos de todos los países del mundo, es un recurso retórico. Funciona bien en redes sociales. No funciona en una comisión legislativa donde se discute política pública.
La perspectiva de género no pide fe. Pide leer los datos. Y los datos en Chile dicen que en 2024 los femicidios consumados se mantienen en niveles preocupantes, que Carabineros registró más de 24.000 personas detenidas por violencia intrafamiliar —el 74,5% hombres—, que la violencia sexual tiene tasas de denuncia bajísimas porque las víctimas no confían en el sistema. Eso no es dogma. Es estadística del INE y del SernamEG.
Ahora bien: que algunas aplicaciones de la perspectiva de género sean torpes, burocráticas o mal implementadas, eso es discutible y legítimamente discutible. El problema es que Kaiser no hace esa crítica. Kaiser descarta el marco completo. Y descartar el marco es dejar sin instrumentos de análisis a quienes tienen que diseñar políticas para un país donde las mujeres siguen siendo asesinadas en sus casas.
5. El mito de las denuncias falsas
“Como si no tuviéramos suficientes denuncias falsas hoy día para saber cómo mujeres cuya malignidad no tiene límite.” Esta frase, dicha por una senadora en ejercicio, en una comisión parlamentaria, merece un análisis que no se puede reducir a indignación.
Los datos son claros. En España, la fiscalía general registró que de más de un millón de denuncias por violencia de género presentadas entre 2009 y 2016, el porcentaje que concluyó en condena por denuncia falsa fue de 0,0075%. Un número estadísticamente casi inexistente. En el Reino Unido, el Crown Prosecution Service llegó a conclusiones similares. En Chile no existe medición oficial desagregada, pero estudios de la Universidad de Chile y de la UDP confirman que el sobreseimiento o la absolución no equivale a falsedad: las causas caen principalmente por falta de prueba, por retractación por miedo, por dependencia económica del agresor.
Lo que sí sabemos de Chile es lo contrario del problema que Kaiser describe: las mujeres no denuncian en exceso. No denuncian suficiente. El Instituto Milenio MIPP de la Universidad de Chile documentó que solo el 28% de las víctimas de violencia física intrafamiliar presentaron denuncia en 2022, y que esa cifra viene cayendo. Los motivos: miedo a represalias, vergüenza, desconfianza en el sistema. El problema real no es que haya demasiadas denuncias. Es que hay demasiada violencia que nunca llega a ningún registro.
Usar el fantasma de las denuncias falsas para definir a las mujeres como seres de “malignidad sin límite” no es una postura política. Es una frase que desincentiva que las víctimas reales denuncien. Y eso tiene consecuencias en cuerpos concretos.
6. Lo del Ministerio del Hombre: la no propuesta de la Senadora Kaiser
Aquí está el nudo de todo. Kaiser no quiere un Ministerio del Hombre. Si lo quisiera, llevaría tiempo diseñando políticas para prevenir el suicidio masculino, para mejorar la salud mental de los hombres, para reformar la cultura de la masculinidad que los tiene callados y solos. Eso existe. Se llama trabajo con masculinidades. Hay organizaciones que lo hacen en Chile, sin ministerio, con fondos precarios.
Lo que Kaiser quiere, en realidad, es que no haya ningún ministerio que se ocupe de las desigualdades de género. Ni para mujeres, ni para hombres, ni para nadie. Porque si el problema de los hombres fuera su prioridad, habría llegado a esa comisión con un proyecto de ley sobre salud mental masculina. En cambio llegó a decir que la perspectiva de género es una religión.
Eso no es feminismo al revés. Tampoco es protección de los hombres. Es simplemente querer desmantelar la institucionalidad que nombra las desigualdades. Porque cuando no hay palabras para nombrarlas, es más fácil fingir que no existen.
La ironía fácil sería señalar que Kaiser, mujer con dos doctorados que llegó al Senado, le debe bastante a décadas de lucha por la presencia femenina en la política. Pero ella lo sabe, y saberlo no le cambia el discurso.
Lo que sí quiero preguntar, y dejo la pregunta abierta: si el sufrimiento real de los hombres le importa tanto, ¿por qué el primer paso que propone es destruir las herramientas que permiten entenderlo? Los estudios de masculinidades —que usan perspectiva de género, que usan el concepto que ella rechaza— son los únicos que explican sistemáticamente por qué los hombres se suicidan más, piden menos ayuda, mueren antes. Sin ese marco, no hay diagnóstico. Y sin diagnóstico, no hay política. Solo hay retórica. Y de esa, senadora, ya tenemos suficiente.


