El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

Ser trabajadora de prensa en Argentina: que no nos roben la poca resistencia

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Por Silvina Ojeda

Hay mañanas en que salir a cubrir una historia se parece más a un ejercicio de resistencia que a una rutina de trabajo. Una piensa en el encuadre, en la luz, en lo que está pasando delante de la cámara, en qué frase puede abrir una nota, en cómo registrar una escena sin perder lo esencial, pero al mismo tiempo piensa en otra cosa: en la boleta de la luz, en el gas, en cuánto aumentó todo, en el alquiler, en si alcanza para llegar a fin de mes.

La cabeza trabaja en varios planos al mismo tiempo. Mientras una intenta narrar el presente, también calcula cómo sostener su propia vida dentro de ese presente.

Ser trabajadora de prensa en Argentina hace tiempo dejó de ser un empleo reconocible en singular. Es una pluralización permanente. Un rompecabezas armado con tareas distintas que rara vez alcanzan por sí solas. En mi caso trabajo fijo de prensa institucional, escribo notas que facturo para distintos medios de comunicación y doy clases en un terciario tarde noche. Como muchos colegas, el mes no se sostiene desde un solo lugar: se arma con varias entradas, con distintos tiempos, distintas exigencias, distintas formas de energía repartida.

Y aun así, muchas veces tampoco alcanza. Porque incluso teniendo un ingreso estable, la sensación es que todo se volvió más costoso que cualquier previsión posible. La luz, el gas, el transporte, la comida, el alquiler. Hay una matemática cotidiana que se volvió inseparable del trabajo periodístico: mientras una cubre una marcha, una audiencia o una entrevista, también está pensando cuánto vendrá la próxima boleta.

En el fotoperiodismo esa tensión se vuelve todavía más visible porque el cuerpo también entra en juego. No es solamente narrar: es estar. Ir. Permanecer. Volver. Cubrir una protesta, una calle, una escena social sabiendo que detrás de esa imagen también hay gastos de traslado, equipo, tiempo de edición, horas que nadie siempre remunera como deberían.

La mayoría de mis compañeros en el fotoperiodismo no llega al millón de pesos mensuales. Hoy, en Argentina, eso equivale prácticamente al alquiler de un monoambiente. Un ingreso entero absorbido por una sola necesidad básica: tener dónde vivir.

Desde que gobierna Javier Milei, esa percepción se volvió todavía más intensa. El ajuste económico endureció no solo la vida diaria sino también el clima donde trabajamos. Todo parece discutirse desde extremos, como si cada imagen o cada palabra tuviera que ser leída inmediatamente como una toma de partido.

La polarización atraviesa también al periodismo. No solamente en los medios grandes, donde las líneas editoriales son cada vez más evidentes, sino también en el funcionamiento invisible de los algoritmos, que ordenan qué circula, qué se amplifica y qué queda perdido en un margen.

En Argentina se habla mucho de periodismo independiente, pero esa independencia muchas veces aparece más como deseo que como realidad. Porque el mapa mediático está profundamente concentrado y porque incluso quienes trabajan por fuera de las grandes estructuras terminan chocando con circuitos limitados de publicación, legitimidad y alcance.

Frente a eso, muchos colectivos de fotoperiodistas del país empezaron a reunirse más, a organizar coberturas compartidas, a circular imágenes entre colegas, a sostener presencia incluso cuando no hay una ganancia directa. Muchas veces no se trata de dinero: se trata de no dejar vacíos ciertos registros, de mostrar lo que queda afuera de los relatos dominantes.

Hay algo profundamente desgastante en llegar a cierta edad habiendo trabajado siempre y aun así sentir, por momentos, que nada termina de consolidarse del todo. Esa sensación silenciosa de fracaso es una de las formas más eficaces del modelo neoliberal: hacer creer que la fragilidad es individual, que si el esfuerzo no alcanza entonces el problema está en una misma. Pero no siempre es así. Muchas veces el problema es estructural: trabajar mucho en un sistema donde cada vez más tareas valen menos.

Y, sin embargo, todavía algo resiste. Resiste en salir igual con una cámara, en escribir una nota después de dar clases, en editar de noche, en sostener una mirada propia aun cuando todo alrededor empuja al cansancio. No es heroísmo, ni romantacismo. Es una forma mínima de no entregarlo todo.

Porque quizá el mayor riesgo no sea solo económico, sino acostumbrarnos a vivir agotados y perder incluso la capacidad de indignarnos. Que no nos roben esa poca resistencia. Porque cuando también se pierde esa voluntad de mirar y contar, lo que desaparece no es solamente un oficio: desaparece una forma de memoria.

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