Los niños y niñas que siguen muriendo en Chile: cuando el miedo reemplaza al cuidado

Por Cristian Acosta
Una noticia volvió a estremecer al país. En Antofagasta una niña de apenas cuatro años llegó sin vida a un centro asistencial. Su pequeño cuerpo presentaba signos de violencia, lo que activó una investigación por parte de la Fiscalía de Chile junto a unidades especializadas de Carabineros de Chile para esclarecer lo ocurrido.
Pero más allá de los detalles judiciales, hay una realidad profundamente dolorosa que atraviesa este caso: una niña murió en manos de quienes debían protegerla. El hogar debería ser el primer lugar de cuidado y seguridad para cualquier niño. Es ahí donde una niña o un niño aprende a confiar en el mundo, donde descubre el cariño y la protección de los adultos que lo rodean. Sin embargo, cuando ese mismo espacio se transforma en un lugar de violencia, la infancia queda completamente indefensa.
Una niña de cuatro años no tiene cómo defenderse. No puede denunciar, no puede escapar, no puede explicar con claridad el horror que puede estar viviendo. Depende absolutamente de los adultos que la rodean. Por eso, cuando ocurre una tragedia así, no solo estamos frente a un delito brutal, sino frente a una cadena de fallas que la sociedad entera debe mirar con honestidad.
¿Dónde estuvo la prevención? ¿Dónde estuvo la red de protección? En Chile existe el Servicio Nacional de Protección Especializada a la Niñez y Adolescencia precisamente para intervenir cuando la infancia está en riesgo. Existen también programas de salud, redes comunitarias, escuelas, jardines infantiles y sistemas de alerta temprana. Pero una niña de cuatro años llegó muerta a un hospital. Algo falló, y falló antes.
También debemos preguntarnos dónde está la responsabilidad del Ministerio de Salud de Chile frente a la profunda crisis de salud mental que vive nuestro país. La violencia intrafamiliar, el estrés, las adicciones y los trastornos psicológicos sin tratamiento son una bomba silenciosa que muchas veces termina explotando dentro de los hogares, y quienes pagan las consecuencias son los más indefensos: los niños.
¿Dónde está la prevención en los colegios? ¿Dónde están las políticas reales de acompañamiento familiar? ¿Dónde está la intervención temprana cuando una familia comienza a quebrarse?
Durante décadas hemos hablado de infancia vulnerada. Lo vimos durante años en el sistema del Servicio Nacional de Menores y hoy seguimos repitiendo discursos bajo nuevas estructuras institucionales. Pero los niños siguen muriendo, siguen siendo golpeados, siguen creciendo en entornos donde el miedo reemplaza al cuidado.
La pregunta que debemos hacernos como país es brutal, pero necesaria: ¿Qué estamos haciendo realmente con la infancia en Chile?
Porque mientras discutimos reformas, programas o presupuestos, los niños siguen creciendo en contextos de abandono, violencia y silencio. Estamos hipotecando las próximas generaciones. Y lo más grave es que muchas veces el Estado y sus instituciones llegan tarde, reaccionan después de la tragedia, cuando ya no hay nada que reparar.
La justicia deberá determinar responsabilidades en este caso. Pero la responsabilidad moral y social es mucho más amplia. Porque cuando los padres se convierten en el propio verdugo de una niña de cuatro años, no solo muere una pequeña. También se revela, con toda su crudeza, el fracaso de un sistema que no supo protegerla.

