Un fracaso colectivo: Benjamín, el niño que escapó de “Mejor Niñez” y terminó siendo asesinado en Arica

Por Cristian Acosta
En la últimas horas, medios nacionales dieron a conocer una noticia que debería avergonzarnos como sociedad: el hallazgo del cuerpo de Benjamín, un adolescente de 14 años, que se había escapado de una residencia de “Mejor Niñez”. Según el fiscal regional, el niño fue encontrado amarrado y calcinado en el sector de Las Llosyas, en la ciudad de Arica, en un caso que apuntaría a un posible ajuste de cuentas entre bandas criminales.
Claudio Castillo, director de Mejor Niñez, se refirió al caso en T13, asegurando que “el equipo a cargo realizó todas las gestiones necesarias. Se coordinaron respuestas desde el intersector, se hicieron las búsquedas, nuestros equipos se desplegaron en este proceso. Por lo tanto, este es un caso que va más allá de la capacidad de lo que podemos responder, y por cierto, esto también implica una exposición al riesgo por parte de nuestros trabajadores”.
Este tipo de violencia, antes asociado principalmente a adultos, ahora golpea a niños y niñas que viven situaciones de profunda vulnerabilidad. Lo he leído, lo he visto repetido en titulares. Y sin embargo, es imposible dejar de sentir como un sobreviviente del SENAME, que este es el retrato más brutal de un fracaso colectivo. Y es que, no fue solo un número. Fue un niño, un joven que -quizás por dolor, necesidad o ausencia de oportunidades- terminó en las garras de redes que lo utilizaron, lo arrojaron a la violencia y, finalmente, lo entregaron a la muerte.
El rol de “Mejor Niñez”: vulnerabilidad que desborda los mecanismos oficiales
Desde el Servicio Nacional de Protección Especializada a la Niñez y Adolescencia, conocido como “Mejor Niñez”, las primeras voces oficiales reconocieron que la situación supera su capacidad de atención actual, exponiendo las profundas limitaciones del sistema de protección.
El director nacional del servicio, Claudio Castillo, ha señalado en diversas oportunidades que el modelo actual de atención no logra llegar a quienes más lo necesitan, particularmente a jóvenes que quedan fuera de los circuitos de protección social, educativa y comunitaria. También ha reconocido que existen brechas estructurales en la coordinación del Estado, especialmente con áreas como seguridad, salud mental y justicia. Esto significa que muchos niños y adolescentes quedan atrapados entre sistemas que no dialogan entre sí, quedando expuestos a entornos de violencia, abandono y criminalidad.
No hay palabras que describan lo que se siente ver que un niño de 14 años muera así. No hay protocolo que sustituya el amor, la comunidad y una red humana que escuche primero y juzgue después. Cuando pienso en “mi hermano”, y en todos los otros, como alguien que vivió dentro del sistema, sé lo que significa sentir que nadie te esperaba, que nadie te veía, que nadie sabía cómo ayudarte. Este adolescente, como tantos otros, probablemente sintió ese mismo abandono, esa soledad profunda que hace que los vínculos se busquen en cualquier lado, incluso en lugares donde la vida se negocia con violencia.
Mi “hermano”, como muchos de esos niños invisibles, podría haber sido cualquiera de nosotros: podría haber tenido una mamá, un papá, una familia que lo amó y lo perdió; podría haber tenido sueños sencillos, como terminar la escuela o simplemente comer sin miedo. Podría haber sido rescatado si el sistema hubiera funcionado antes de que la violencia lo alcanzara. Pero no fue así. Fue encontrado amarrado, sin voz, sin futuro, calcinado bajo la brutalidad que algunos adultos que creen que se pueden imponer sin consecuencias.
Por ello, hoy lo que debemos exigir como sociedad es que este no sea solo un titular más. No deberíamos escuchar estas noticias como si fueran inevitables. Deben existir investigaciones profundas y transparentes que no oculten responsabilidades. Así como también cambios estructurales reales en la política de infancia, con enfoque en prevención y reparación; y por último, una coordinación urgente entre salud mental, educación, justicia y protección social.
Nuestro compromiso como Fundación Somos Hermanos
Hoy, como sobreviviente del SENAME y director de la Fundación Somos Hermanos, miro este caso, no como una estadística, sino con dolor. Con memoria. Como fundación, nuestro principal objetivo, incluso desde antes de ser formalmente fundada, ha sido claro: acompañar, tomar de la mano y caminar junto a jóvenes del sistema de protección entre los 14 y los 24 años. Muchos de ellos egresan completamente solos, sin red familiar, sin herramientas emocionales ni oportunidades reales para enfrentar la vida adulta.
Por ello, nuestro trabajo busca justamente cambiar ese destino. Queremos protegerlos, capacitarlos y acompañarlos mediante formación en oficios y profesiones; educación en administración de sus recursos; entregarles un acompañamiento humano permanente, y contención de salud mental y emocional.
El objetivo es que estos jóvenes puedan fortalecer su autoestima, sentirse seguros y desarrollar sus habilidades, para enfrentar un futuro próspero y prometedor. Queremos que puedan formar una familia, romper el círculo del abandono y construir una nueva y buena vida. Pero para lograrlo necesitamos el apoyo del país.
Necesitamos profesionales del área de salud, psicología, trabajo social, educación y formación técnica que quieran sumarse ad honorem a la creación de estos programas. Queremos presentar formalmente esta fundación al país y demostrar que el cambio que Chile necesita en materia de infancia también nace desde la sociedad civil. Porque el cambio real comienza en el piso: en el pensamiento, en la forma en que miramos a estos jóvenes, y en las políticas públicas que decidimos construir. Porque ningún otro “hermano” debe morir así.

