“Todos por Las Condes” y el mal gusto de hablar de desigualdad

Chile enfrenta una nueva tragedia. Esta vez, la naturaleza ha golpeado uno de los territorios más desprotegidos de nuestra geografía nacional. Las Condes, esa comuna históricamente postergada por el Estado, abandonada a su suerte entre clínicas privadas, centros comerciales y departamentos de varios cientos de millones de pesos, necesita nuestra ayuda. Hoy, más que nunca, todos debemos ser Las Condes.
Resulta conmovedor observar cómo una sociedad acostumbrada a convivir con campamentos inundados, poblaciones anegadas y familias que pierden sus pertenencias cada invierno descubre súbitamente que el agua puede ser una desgracia. Qué revelación tan extraordinaria. Al parecer, el barro adquiere una consistencia moral distinta cuando atraviesa una avenida bien iluminada o amenaza el estacionamiento de un edificio de lujo.
Así las cosas, queda claro que en Chile las tragedias no son todas iguales. Algunas apenas consiguen una nota de prensa. Otras movilizan autoridades, voluntarios y campañas de solidaridad. La diferencia, naturalmente, no está en el sufrimiento, sino en quién lo padece. La precariedad de los pobres tiene la desventaja de haberse vuelto demasiado habitual para despertar grandes emociones. La desgracia de los acomodados, en cambio, conserva intacta su capacidad de sorprender.
Quizás deberíamos organizar una gran campaña nacional: “Todos por Las Condes”. Que los habitantes de los campamentos donen sus frazadas, que los jubilados aporten desde sus pensiones y que las familias endeudadas encuentren alguna pequeña contribución para aliviar el sufrimiento de una comuna que tanto ha entregado al país. Sería una oportunidad magnífica para demostrar que seguimos siendo una gran familia. Una familia en la que algunos heredan las propiedades y otros pagan las reparaciones.
Por supuesto, habrá quienes consideren estas palabras una falta de respeto. En Chile siempre resulta de mal gusto hablar de desigualdad cuando la desigualdad está haciendo precisamente aquello que mejor sabe hacer. Se nos exige solidaridad, pero una solidaridad incapaz de preguntarse por qué algunos territorios reciben respuestas excepcionales mientras otros deben aprender a administrar su abandono cada año.
Nadie discute que quienes han resultado afectados merecen ayuda. Lo verdaderamente obsceno sería que esa capacidad de movilización se reservara para los lugares donde la desgracia constituye una excepción, mientras en otros territorios la emergencia es simplemente una forma de vida.
Así que adelante: “Todos por Las Condes”. Que no falten las donaciones, las autoridades ni los discursos emocionados. Y ojalá, cuando las calles recuperen su aspecto habitual, nos quede algo de esa sensibilidad para quienes llevan décadas viviendo entre el barro sin que nadie considere necesario organizar una cruzada. Aunque quizás estamos pidiendo demasiado. Después de todo, en Chile hasta la desgracia tiene clase.

