Sentir con subtítulos: sobre la prisa por saber qué nos pasa
Por: Felipe Díaz Gómez

Termina “Aftersun”, el film de Charlotte Wells sobre una niña y su padre durante unas vacaciones en Turquía. Todavía tiene los ojos húmedos cuando abre el teléfono. No busca nada en particular, solo el gesto automático de después de una película. Pero el algoritmo ya sabe qué poner delante: un video que explica el diagnóstico del padre, un análisis sobre los costos de parentalidad obligatoria, comentarios que aseguran que toda la producción es en realidad solo el trauma de la protagonista adulta reconstruyendo lo que no pudo armar de niña. Antes de terminar de llorar, ya sabe perfectamente de qué se trataba su llanto. Nadie se lo impuso. Lo pidió apretando play en el siguiente video como quien no puede dejar de tragar lo que aún no ha masticado.
En la consulta psicológica pasa cada vez más algo parecido. Alguien llega con el diagnóstico puesto, una palabra que vio en un video y que le calzó. Quien hace unos años escribía en Google sus síntomas (casi siempre para encontrar lo peor), hoy le pregunta a un chatbot: “¿por qué me siento así?” y recibe al instante una respuesta a su medida, como oír el eco antes de haber gritado. El problema no es que esa respuesta sea errónea, es que llega antes de que la experiencia haya tenido tiempo de formular la pregunta que necesita. ¿Perdemos algo en esa velocidad, o solamente perdemos angustia? Porque si es lo segundo, qué buen negocio.
Tener una interpretación a mano tampoco es el problema. Este aparece más bien, cuando esa interpretación llega antes de tiempo y se vuelve un molde, algo que traduce a su lenguaje todo lo que pasa después y así se confirma a sí misma una y otra vez. Lo que en el fondo se estaba resolviendo no era la pregunta, era la angustia de no tener todavía una respuesta. La angustia de no saber.
Si se trata de encontrar sentido a lo que nos pasa, lo intuitivo sería pensar que hoy, con más explicaciones disponibles que nunca, debería sernos más fácil apropiarnos de ese sentido. Pero ocurre algo extraño. Mientras más interpretaciones tenemos a mano, más fácil se vuelve depender de una de ellas para saber qué nos pasa. Más explicaciones no producen más apropiación de sentido; pueden producir lo contrario, reconocernos cada vez más rápido en sentidos que ya existen, hechos por otros.
Tampoco alcanza con decir que hoy hay demasiada información. Las críticas de cine existen desde que existe el cine, igual que los ensayos y las sobremesas que interpretaban un libro semanas después de leerlo. Lo que cambió es la inmediatez con que una explicación puede aparecer antes de que la experiencia haya alcanzado a formular su propia pregunta. La interpretación dejó de ser algo que uno sale a buscar y pasó a ser algo que lo encuentra a uno. No son solo los flojos quienes llegan con la interpretación puesta, sino también quienes se informaron con cuidado y llevan meses en terapia, pudiendo nombrar con precisión clínica de DSM lo que les pasa. Nunca hubo experiencia sin categorías disponibles para leerla -religiosas, familiares, médicas- , es más, solo hay experiencias a través de categorías y nuevas experiencias que rompen con las antiguas categorías formando nuevas. Lo nuevo no es que existan. Es la automatización con que circulan y la velocidad con que están ahí antes de que uno las experimente.
Susan Sontag lo escribió hace más de sesenta años en “Contra la interpretación”: traducir una obra a un contenido que la explica puede ser una forma de domesticarla, de ahorrarse su impacto real; llamó a eso la venganza del intelecto sobre el arte. Propone, en lugar de una hermenéutica, una erótica del arte. Una erótica implica al otro y al tiempo, todo lo que una interpretación instantánea cancela de antemano. Frente a una hermenéutica del algoritmo, ¿es posible imaginar todavía una erótica del cuerpo?
Algo parecido atraviesa la clínica contemporánea. Interpretar puede aplicar demasiado rápido un sentido a lo que alguien trae, o por el otro lado, puede dejar que su palabra produzca sus propias conexiones, abrir algo, dejarlo todavía por descubrir. La diferencia no está en si se interpreta, sino en si la interpretación cierra el asunto o lo sostiene abierto.
Esa demora, sin embargo, se ha vuelto difícil de tolerar. No es que hoy sintamos menos angustia frente a lo que no entendemos, sino que hay cada vez más maneras de convertir esa angustia, apenas empieza a formarse, en una tarea de saber. La pregunta no desaparece, se desplaza a otra búsqueda, ¿soy apego ansioso?, ¿esto es trauma? La psicoanalista chilena Constanza Michelson define la paciencia como la distancia entre una necesidad y su satisfacción, y sostiene que es esa distancia la que transforma la necesidad en la complejidad del deseo. Una necesidad, satisfecha, vuelve a aparecer. El deseo, en cambio, nunca se cierra del todo. La demora, entonces, deja de ser asunto de cada uno, y exige a su vez, un futuro que pueda sortear ese vacío.
Con una película esto tiene un límite. La obra sigue ahí, se puede volver a ver, y lo que se pierde es la calidad de la experiencia, no la posibilidad de tenerla otra vez. Con la propia vida no hay ese límite, y ahí el problema deja de ser estético para volverse político. ¿Quién tiene la autoridad para decir qué le pasa a alguien antes de que esa persona lo sepa? Las plataformas no inventaron esa autoridad, pero le dieron una disponibilidad que antes no existía. Cada pregunta abierta se convierte casi de inmediato en una tarea pendiente, con una respuesta a un clic, y una respuesta calma la necesidad de saber justo a tiempo para que la pregunta siguiente aparezca minutos después. Una pregunta que se sostiene abierta no se puede vender ni consumir de nuevo; una respuesta, sí.
El repertorio de diagnósticos disponible en cada época condiciona qué puede contarse y compartirse, y qué queda sin la forma mínima para sentirse siquiera propio. Una misma categoría puede ser una herramienta de reconocimiento vital -permite decir algo, encontrar a otros que lo viven de manera parecida, pedir ayuda- o una forma de cierre, cuando reemplaza la pregunta en vez de sostenerla abierta. La disputa por las categorías psicológicas no es solo una disputa sobre cómo describir mejor a la gente. También es una disputa sobre qué puede llegar a sentirse, qué palabras van a estar disponibles para hacerlo, y sobre si lo que se nombra puede seguir cambiando después de haber sido nombrado.
Eso se ve todos los días en la consulta. Alguien llega con una palabra que vio en un video y que reconoció con alivio en su propia experiencia. Durante varias sesiones organiza todo alrededor de ella y cada escena se vuelve una confirmación más. Pero en algún momento, hablando de otra cosa, aparece algo que esa palabra no explica y que tampoco tenía por qué explicar, porque era de otro orden. La categoría no estaba equivocada. Había llegado demasiado pronto, antes de que la experiencia pudiera hacer algo con ella. Una palabra prestada puede volverse propia, lo que lo impide no es su origen, sino que se instale como punto de llegada en vez de punto de partida.
Es una vida subtitulada. El subtítulo no traduce lo que se dijo, se adelanta a la boca, y quien lo lee cree estar viendo la película cuando en realidad está leyendo lo que otro decidió que iba a decir.
Solo semanas después de empezar a escribir esto volví a pensar en “Aftersun”. Al comienzo estaba ahí casi por casualidad, una escena cotidiana que servía para entrar en el problema. Ahora puedo proponer una lectura: que también es una película sobre el tiempo que se necesita para incorporar una experiencia, sobre lo vital de volver a ciertos lugares y no cerrarlos demasiado pronto. La protagonista, una Sophie adulta vuelve sobre unas vacaciones que vivió de niña y, al hacerlo, elabora algo que había quedado suspendido. Vuelve sobre las películas, así como nosotros.
No sé si esa es la película, y este ensayo no podría afirmar eso. Lo esencial es que esa lectura no estaba disponible al comienzo y pudo aparecer después, cuando algo de la experiencia ya había tenido tiempo de rumiarse y desplazarse hacia otras asociaciones. El tiempo cuenta por lo que se hace con él. A veces una interpretación necesita, para aparecer, que aquello que intenta nombrar haya dejado de ser exactamente lo que era cuando ocurrió. La demora no garantiza una interpretación más verdadera. Hace posible que exista más de una.

