El Arrebato

Periodismo desde las Entrañas

Perdóname, Isabel Allende

Por: Nadia Limónov

OPINION Y LETRITAS 600 x 460 px 1

Tenía 13 años cuando gané mi primer concurso de poesía organizado por la municipalidad del pueblo donde nací. Con la seguridad de un ladrón de camiones Brinks subí al escenario a recibir el reconocimiento y a leer mi trabajo. Conquisté a mi público. Pero lo que ellos no sabían era que la niña era una farsante. No sabían que los versos los había escrito su hermano, el verdadero poeta de la casa. El niño, dos años mayor, quería ganar todos los premios del certamen y envió un trabajo para cada categoría con el nombre de cada miembro de nuestra prole. Los tres hermanos trampeando con libros, cuando todavía los niños no salíamos en las noticias por robar autos, cuando todavía los niños no salíamos en las noticias acribillados por algún policía. Así llegó a mis manos “El reino del Dragón de Oro” de Isabel Allende. Era el premio para el primer lugar.

Delincuente o no delincuente, igual me leí el libro. En realidad me lo comí, y el sábado ya estaba en la feria buscando la primera y la tercera parte. Cuando terminé la trilogía sentí un vacío en mi alma de timadora adolescente. Quería ser Nadia, tener la piel dorada como las bestias. Pero la sensación no fue comparable con el pozo mental que me dejó el final de La Casa de los Espíritus. Nunca he querido volver a él por miedo a reemplazar esa primera amargura. Todavía me acuerdo en la cama con el libro cerrado en el pecho, paralizada mirando el cielo de madera con la desolación de un amor perdido. Con 14 años ya había sumado Los cuentos de Eva Luna, Retrato en sepia, la ternura de Paula; y De amor y de sombra, el que me abrió los ojos al horror de los Hornos de Lonquén.

Fanática, un día se me ocurrió llevar mi colección al colegio. El orgullo de la mochila llena de libros, como antes fueron las esquelas, los tazos o el álbum de 31 Minutos. Presumida los dejé en el banco y el profesor no tardó en sacar el tema de los best seller. Soltó que estaba bien leer “novelitas”, pero que Bolaño tenía razón cuando decía que la mujer era una “escribidora” y no una “escritora”. Llegué contrariada a mi casa y puse el debate tomando leche con chocolate y pan batido con ketchup. Me fue mal. Por ahí pululaban lectores de Dostoievski y Proust. La respuesta fue la misma, pero más burlona: que Allende escribía “puras hueas”, que “le copió el realismo mágico a García Márquez” y que “nadie que se respetaba publicaba un libro una vez por año”.

Acomplejada, un sábado tiré todo en un bolso y lo llevé a los cachureos con un par de pantalones pata de elefante. Una mujer encantada, me compró todos por cinco lucas. Aprendí en ese momento a despreciar las letras de ese tipo. Repetía como hit del verano lo mala que era Allende. Aprendí a despreciar lo que todos o muchos apreciaban. Aprendí a calificar su obra con las palabras que le escuchaba a otros.

Tengo casi 37 años y semirrecuperada de la crisis de vanidad me pregunto dónde estarán hoy esas hojitas que mal vendí por vergüenza. Las puntas dobladas de marcapáginas, las grietas en las tapas de libro pirata, de tinta corrida por el final. Seguro alguna abuela los tiene ordenaditos en una repisa, medio destartalados, con mi nombre en la primera página, entregándoles la dignidad que yo les quité por cobardía. Pero ya está, hace un tiempo los volví a añadir al carrito. Perdóname, Isabel Allende.

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