Catalina Lufín: “Creo que es una mentira terrible decir que la literatura no sirve para nada”
Por: Matías Saá Leal

Catalina Lufín Pacheco (2001, Santiago) es ampliamente reconocida por su faceta política: fue presidenta de la FECh en 2023 y actualmente se desempeña como presidenta de las Juventudes Comunistas de Chile. Sin embargo, más allá de su activismo, su formación se arraigó en las letras después de estudiar Licenciatura en Literatura y Lingüística Hispánica en la Universidad de Chile.
En 2021 publicó “Primera necesidad” y un año después “Confesión”. En este último cuento narrado en primera persona exploró el amor adolescente entre dos estudiantes de un colegio cristiano, donde el protagonista; a través de paseos, reflexiones y confesiones silenciosas bajo la mirada de la Virgen del cerro San Cristóbal, nos sumerge en el dilema de descubrir su propia identidad frente a las rígidas expectativas de su entorno.
En esta conversación, Catalina defendió el poder de la ficción, mencionando influencias como Nona Fernández y Mariana Enríquez, y reflexionó sobre la identidad y las contradicciones de la capital de Chile.
¿Cómo nació el cuento “Confesión”?
Nació en una época en la que estaba tratando de empezar a escribir y concretar muchos proyectos que tenía pendientes. Se publicó en 2022, pero surgió de un período en el que empecé a interesarme mucho por el tema de la Iglesia. Yo fui a un colegio católico, así que había toda una herencia y un aprendizaje valórico que sentía que podía desenmarañar a través de la literatura. A eso se sumó un proceso de autodescubrimiento relacionado con la definición de mi orientación sexual. El cuento surgió, en parte, de la confluencia de esas tres cosas.

¿Por qué decidiste utilizar una voz masculina?
Hubo un tiempo en que me acomodaban bastante las voces masculinas, sobre todo cuando era más joven. Creo que era una elección más natural para mí, en parte porque en ese período leía mucha más literatura escrita por hombres. La literatura en primera persona con voces femeninas me resultaba más ajena y, de alguna manera, tendía a asociarla con esa visión un poco estereotípica de que lo femenino es una voz más débil. Por el tipo de actividades que desarrollaba en ese momento de mi vida, creo que tendía a identificarme más con una voz masculina.
¿Por qué decidiste estudiar Literatura, a diferencia de otras personas que se mueven en el mundo de la política y optan por carreras como Sociología, Administración Pública o Derecho?
¿Por qué Literatura? Si soy muy honesta, nunca pensé mi vida en función de la política. Desde muy joven tuve claro que quería desarrollarme en el ámbito literario. De hecho, entré a estudiar con la ambición de hacer una carrera académica, sacar eventualmente un posgrado y, ojalá, algún día enseñar en la universidad. Ese sigue siendo un sueño al que todavía no renuncio, aunque después la vida me fue llevando por otros caminos.
Nunca he pensado mi desarrollo profesional ni personal en función de la política. No es algo que diría que me gusta particularmente. En cambio, la literatura es algo que me hace mucho sentido y que disfruto genuinamente. Me gustaba estudiar, me gusta escribir y me gusta leer. Es un ámbito en el que lo paso bien y al que siempre he sentido una inclinación muy natural.
En las escuelas de Literatura se escucha mucho la frase «la literatura no sirve para nada». ¿Qué opinas de eso? ¿Crees que puede servir, por ejemplo, para mostrar voces que generalmente son censuradas?
Creo que es una mentira terrible decir que la literatura no sirve para nada. Una de las cosas más importantes que uno puede hacer en la vida es leer todo lo que pueda. Y no me refiero solamente a la ficción, aunque es lo que particularmente más me gusta leer. También recurro a la teoría política, los ensayos y otros géneros. Creo que la novela y el cuento tienen la capacidad de decir verdades sobre el mundo y la vida. Si uno quiere conocer esas verdades, entonces no puede sostener que la literatura no importa o que no sirve para nada.
¿Qué autores estabas leyendo cuando escribiste el cuento?
Creo que en esa época estaba leyendo mucho a Nona Fernández. Me dio bastante fuerte con ella y terminé leyendo prácticamente toda su obra.
¿Qué más estabas leyendo en ese entonces? ¿Qué te influyó a la hora de escribir el cuento?
En esa época me maravilló mucho el estilo de Nona Fernández, pero también empecé a acercarme más a la literatura chilena, en parte por la misma carrera. Fue el momento en que comencé a leer a Alejandra Costamagna y, poco a poco, a más escritoras. También descubrí a Mariana Enríquez y me interesé por la literatura latinoamericana en general.
Creo que esa influencia se incorporó de manera muy consciente en el cuento, sobre todo a través de los modismos y los lugares chilenos. Antes de eso, mi escritura estaba mucho más desapegada del lugar desde el que escribía.
En la página 13 hay una frase que dice: «A su lado Santiago tenía colores nuevos, indefinibles y enceguecedores, que revelaban la verdadera esencia de la ciudad. Las fachadas de cemento, todo era maravilloso». Después mencionas los adoquines, las calles antiguas y los álamos del bandejón central. ¿Qué representa Santiago para ti?
A mí me encanta Santiago. Estoy enamorada de Santiago.
Eres de Puente Alto, ¿cierto?
Sí, nací en Recoleta, pero he vivido toda mi vida en Puente Alto. Aunque eso igual es un poco mentira, porque empecé a estudiar en el centro muy joven, a los trece años, en el Liceo 1, y desde entonces mi vida empezó a girar en torno al corazón de la capital, ¿cachái? Me encanta Santiago, su ritmo, sus calles y esa mezcla de basura con patrimonio que encuentro genial. Me gusta la vida en la ciudad, ese ritmo tan acelerado con el que funciona y la sensación de que uno nunca termina de descubrirla.
También quería profundizar en tu relación con el cristianismo. Estudiaste en un colegio católico, ¿cierto?
Sí, estudié hasta sexto básico.
¿Cómo fue esa experiencia?
Recuerdo esa época con sentimientos mezclados. Tengo muy cristalizados algunos recuerdos, como cuando nos sacaban de clases para ir a misa y escuchar el misticismo de las alabanzas y las canciones. Son cosas que recuerdo con mucha añoranza. He vuelto a ir a la iglesia por otros motivos, no por convicción ni por fe, sino para acompañar a alguien, pero nunca he vuelto a sentir lo que sentía cuando creía. Tenía nueve años y escuchaba los coros que cantábamos en la iglesia. Creo que esa sensación es irrepetible hasta el día de hoy.
Al mismo tiempo, creo que ahí estaba la gran contradicción de los colegios católicos. También era un lugar donde había mucha envidia y, a veces, maltrato. Se apuntaba a quienes se portaban mal o no cumplían con los valores que se supone que debe tener un buen cristiano o cristiana, en lugar de adoptar una actitud más receptiva. Había una ambivalencia bastante compleja y una sensación permanente de arrepentimiento. Aunque existían cosas muy bellas, también sentía mucha culpa cuando hacía algo malo o me alejaba de lo establecido.

¿Qué te llevó a recurrir a la figura de la Virgen para escribir este monólogo, esta carta sobre la culpa?
Creo que tiene que ver con lo que te comentaba “sobre Nona Fernández. Cuando leí “Mapocho” y encontré la figura de la Virgen, me pareció algo muy revelador. A mí me gustan mucho los cerros de Santiago, particularmente el Santa Lucía, pero también el San Cristóbal. Recuerdo que en las clases de Historia nos enseñaban que, cuando se fundaban las ciudades, se instalaba una cruz en el punto más alto como una referencia a la Iglesia. Después, en distintos lugares de Latinoamérica, esas figuras adquirieron otras formas, como el Cristo de Brasil o la Virgen del cerro San Cristóbal. Siempre me ha parecido una expresión muy particular de la adaptación latinoamericana de esas imágenes religiosas.
¿Qué te llamaba la atención de la ubicación de la Virgen en el cerro San Cristóbal?
Me llamaba la atención que la Virgen pareciera mirar hacia Providencia y el centro de Santiago, mientras le daba la espalda a las zonas más vulnerables de la capital. Me parecía una figura vigilante, pero que al mismo tiempo dejaba fuera a una parte importante de la población. Era una manera de recordarle a la gente que había algo superior observándola y que, por lo tanto, tenía que portarse bien.
Creo que, para un personaje como el del libro, que estudió en un colegio católico, la Virgen representa justamente esa ambivalencia: es una figura que ofrece amparo, pero que también puede encarnar el castigo.
Sí, mientras leía el libro estaba muy pegado con “Esquemas juveniles”, por los veinte años del disco, y también con su videoclip, en el que se miraban en el colegio. Para mí era una mezcla entre “Esquemas juveniles” y Candelabro.
Claro, porque Candelabro también tiene este rollo cristiano.
¿Y ahora estás leyendo o escribiendo algo?
Ahora estoy tratando de escribir. Estoy leyendo “Cuando hablábamos con los muertos”, de Mariana Enríquez, que reúne tres cuentos, y hasta hace poco estuve leyendo a Alejandra Costamagna, que para mí fue un descubrimiento del último año. Me compré todos los libros que encontré de ella; la encuentro genial.
También estoy tratando de avanzar en una antología de cuentos que, esta vez, sí están narrados desde voces de mujeres y cuentan experiencias más vinculadas con la vida privada, con los espacios de la casa o con la maternidad. Creo que hay un interés creciente por narrar experiencias de mujeres que transcurren en los márgenes o al interior del hogar, reivindicando un poco esas vivencias de la vida privada. Es un proyecto que tengo pendiente hace varios años, pero durante la última semana he podido avanzar y trabajarlo con un poco más de cuidado.

