¿Se puede amar en tiempos de crisis?
Por: Paola Torres

Escribo estas líneas luego de una semana en la que, de manera recurrente -no solo en la consulta clínica, sino también en charlas con amigas y amigos-, apareció la problemática de la crisis social y económica entrelazada con las relaciones sexoafectivas. Surgen conversaciones relacionadas con la economía que implica gestionar una cita, el dinero invertido o la falta de tiempo. Y a su vez, también se deja ver la preocupación porque, cada vez más, las personas eligen recluirse en aplicaciones de citas que difícilmente escapan a la lógica del algoritmo. Es decir, conversaciones que no se concretan en encuentros reales o vínculos , y que, si se llegan a concretar, son percibidas como volátiles.
Pienso con mis consultantes en el espacio analítico si existen prácticas contrahegemónicas o alternativas para conocer personas por fuera de las aplicaciones y al margen de lo monetario. Recuerdo una escena de mis quince años, cuando aún no tenía celular -aunque todos en mi clase sí- ni autonomía económica, y me gustaba alguien de otro curso. Acordamos encontrarnos durante un recreo para ir a la plaza del barrio el fin de semana. Con los vueltos de las compras que logramos juntar, nos compramos un helado y pudimos pasar la tarde conversando.
Ese recuerdo me devolvió la frescura de aquellas primeras experiencias en las que anida el deseo de descubrirse con el otro, pero también la esperanza de ese contacto prometedor. Allí no había una carga de exitismo hacia el encuentro ni operaban las exigencias actuales de éxito-fracaso; la inocencia nos llevaba a querer estar con el otro por el simple acto de estar.
Es necesario destacar que, al estar expuestos a lógicas de cuantificación constantes y a procesos de automatización cada vez más veloces -como las aplicaciones de citas o el uso de nuevas tecnologías-, caemos presos de confusiones hibridantes en las que tomamos la parte por el todo. Es decir, confundimos nuestros propios procesos con los de las máquinas. La inmediatez que les exigimos a las relaciones actuales impide que estas se desenvuelvan con el ritmo que implica una construcción humana, con sus lógicas de presencia y ausencia, con la espera y, también, con el deseo que permite la unión. Estos “pequeños refugios” de la escena virtual parecen protegernos de la exposición y la vulnerabilidad que genera la apuesta por el encuentro con otro desconocido.
Por otro lado, las crisis económicas que atentan contra la estabilidad financiera, la mayoría de las veces, se traducen en desesperanza y convierten al amor en un bien intercambiable y vacío que solo parece depender de lo que podemos compartir materialmente, y no de la experiencia que otro ser humano puede brindarnos.
Me pregunto: ¿podremos volver a recordar cómo vincularnos? Lo que más se escucha en la consulta es un padecimiento frente a la falta de propuestas o ante invitaciones que no se sostienen. El compromiso de elegir salir con alguien implica no solo destinar recursos económicos, sino también prestar atención a un semejante que nos va a demandar tiempo. Y el tiempo es hoy una variable que merece ser analizada o, al menos, repensada, cuando todo parece estar al alcance de un clic. O, más bien, pregunto: ¿está todo al alcance de un clic?
Cada vez aumentan más los porcentajes de personas que manifiestan vivir soledades no elegidas. Socialmente, escuchamos en nuestros entornos cercanos el deseo de construir relaciones, pero la mayoría de las veces esto se ve obstaculizado por los efectos de las problemáticas actuales, tiñendo de desesperanza los vínculos y dándoles el mismo carácter con el que tratamos al dinero. No debemos olvidar que los lazos afectivos nos van a exigir paciencia, escucha, trabajo y tolerancia. Solemos llegar a la adultez con historias vividas, pero ¿podemos darnos el lugar de iniciar una historia nueva cuando conocemos a alguien?
Que ese bien que es el amor no se devalúe es nuestro trabajo en el día a día. Y por “bien” no me refiero a un objeto de intercambio, sino al bien que se produce éticamente cuando las personas deciden acompañarse sin más pretensión que contemplar un atardecer, tener una linda charla, hacer el amor o simplemente estar en silencio. ¿Cómo podemos evitar que eso se devalúe?
Creo firmemente que no existen respuestas generales como las que ofrecen los nuevos gurús de las redes sociales; existen fórmulas individuales para cada caso. Lo que sí puedo decir desde mi experiencia clínica es que nos encontramos frente al desafío de recuperar el deseo y utilizarlo como una herramienta de resistencia frente a estos nuevos imperativos que buscan socavar los momentos de placer que las personas pueden construir, rompiendo con las nuevas fantasías que se arman al creer que las posibilidades o el tiempo son infinitos.
El contacto humano nos moviliza a realizar acciones, a soñar y a anhelar. No debemos perdernos en este mar de propuestas artificiales, porque el amor es artesanal y no está en crisis; tal vez estamos revisando nuevas formas de amar en esta época, recuperando el compromiso con la palabra, con el respeto y con el cuidado del otro, entendiendo que no todo es un like o un “visto”. Son lógicas y prácticas que están disponibles para nosotros, pero también depende de cómo elijamos manejarlas. Elijo creer que está en nosotros la capacidad de salir de nuestros habitáculos para exponernos con todo lo que eso nos genera: la vulnerabilidad de encontrarnos frente a una mirada o un abrazo, y no frente a una imagen.
Como señala Han en su obra “No-cosas”, no debemos permitir que se nos desmaterialice el mundo por creer que la nueva realidad está en nuestro teléfono. Perdidos en el brillo de las pantallas, olvidamos que, tal vez levantando la vista, tenemos un mundo que nos rodea; uno que requiere de un trabajo manual que no consiste en deslizar o hacer scroll.
Es cierto que el deterioro económico altera y afecta la calidad de vida de las personas y el curso de su salud mental, amenazando las condiciones básicas para poder vivir. También es cierto que los tecno-neoliberalismos están generando un efecto de desesperanza que busca atravesar nuevas formas de poder. Es aquí donde somos llamados a repensarnos en comunidad. Porque es con otros que podemos constituirnos; esa es nuestra esencia y no podemos ir en contra de ella. Al respecto, Ulloa afirma que un sujeto que pasa por la ternura deviene en un sujeto ético.
Propongo, más que nunca, embanderarnos en esta fórmula. Solo manteniendo resistencias colectivas con otros y rompiendo las exigencias que el individualismo instala como germen en esta época, podremos desarmar las nuevas formas de opresión que buscan separarnos. Porque amar en tiempos de crisis es recuperar esa función trabajosa, humanificante, erótica y deseante. ¿Tendremos la valentía para velar por ello y cuidar ese tesoro nuestro?
Referencias bibliográficas
- Han, B.-C. (2021). No-cosas: Quiebras del mundo de hoy (T. Cuenca, Trad.). Taurus.
- Ulloa, F. (1995). Novela clínica psicoanalítica: Historial de una práctica. Paidós.

