Los amores de mi vida: sobre amar, acumular y envejecer
Por: Agnieszka Bozanic Leal
Gráfica artística: Leona de la cordillera

Hay una idea de Albert Camus que me cautiva: el absurdo no consiste simplemente en que la vida no tenga sentido, sino en el choque entre nuestra necesidad de encontrarlo y el silencio obstinado del mundo. Pensado desde el amor, se vuelve peligrosamente íntimo. Porque amar implica realizar actos profundamente absurdos en clave camusiana: prometemos permanencia siendo finitos, hablamos de “para siempre” en cuerpos que envejecen y mueren, depositamos sentido en vínculos que no traen ninguna garantía de duración. Y, sin embargo, elegimos amar.
Creo fervientemente que lo verdaderamente extraordinario no es solo que amemos sabiendo que vamos a morir, sino que volvemos a amar aun después de descubrir que el amor también puede terminar. Mientras envejecemos acumulamos algo más que años. Acumulamos historias afectivas. Nos enamoramos, algunas veces somos correspondidos y otras no. Construimos relaciones que duran décadas y otras que apenas alcanzan algunos meses. Dejamos a personas que alguna vez creímos imprescindibles. Nos dejan. Enviudamos. Nos divorciamos. Nos desenamoramos. A veces amamos profundamente a alguien con quien, aun así, no podemos construir una vida. Y seguimos envejeciendo.
Quizás una de las cosas más interesantes que nos enseña el paso del tiempo es que podemos enamorarnos más de una vez de verdad. Aunque, seamos justas, a las millennials no nos prepararon precisamente para esto: maldito Disney. Nos criaron con historias que terminaban exactamente donde comenzaba la parte difícil: dos personas se encontraban, vencían algunos obstáculos, se besaban y vivían felices para siempre. Fin. Nunca vimos qué ocurría quince años después. Cómo se negociaba el deseo, el cansancio, los cambios, las crisis, la crianza, las pérdidas o simplemente el hecho de convertirse, con los años, en versiones diferentes de quienes alguna vez se enamoraron.
Nos enseñaron a buscar “el amor de nuestra vida”. En singular. Como si una biografía afectiva tuviera que organizarse alrededor de un único gran amor y todos los demás fueran ensayos, errores o estaciones de paso. Como si encontrar a esa persona significara, además, que nunca volveríamos a necesitar preguntarnos qué es el amor ni qué esperamos de él. Pero mientras envejezco, cada día, sospecho cada vez más de ese singular.
Quizás no exista el amor de nuestra vida. Quizás existan los amores de nuestra vida.
Porque un amor posterior no convierte al anterior en una mentira. Haber amado nuevamente no significa que antes nos equivocamos. Podemos haber amado profundamente a alguien y dejar de amarlo. Podemos seguir queriendo a una persona con quien ya no queremos compartir nuestra vida. Podemos perder un amor inmenso y, años después, experimentar otro igualmente verdadero.
Yo creo radicalmente que los amores no se reemplazan. Se acumulan. Ahora eso de sacar un clavo con otro no termina de hacerme sentido. Pero esta acumulación no la planteo como una colección de conquistas ni como una incapacidad para soltar, sino como parte de nuestra biografía. Cada amor que fue verdadero en su momento deja algo. Una forma de mirar el mundo, una canción, una forma de hacer la salsa de tomates, un día preferido en la semana, una manera de tocar, una palabra, una versión de nosotros mismos que solo existió junto a esa persona. Algunos dejan heridas. Otros dejan gratitud. Muchos dejan ambas cosas. Cada uno tiene, de alguna manera, su pequeño altarcito en el corazón.
Y tener un altarcito no significa querer volver. Tampoco seguir enamorada. Significa reconocer que alguien puede haber sido profundamente importante y dejar de formar parte de nuestra vida. Que una historia puede haber terminado sin que necesitemos reescribirla para demostrar que nunca tuvo valor. Que podemos agradecer lo vivido y, al mismo tiempo, saber que ya no queremos vivir allí.
Tal vez una de las libertades afectivas que aparecen mientras envejecemos sea comprender que un amor nuevo no necesita destruir al anterior para poder ocupar su propio lugar, y que haber llegado primero no necesariamente garantiza un lugar irrepetible. Será necesario, entonces, abandonar esa fantasía que suele acompañarnos cuando recién comenzamos a interiorizarnos en el camino siempre inacabado de aprender a amar: la necesidad de ser la primera. La primera que abrió cierta puerta, el primer San Valentín, el primer orgasmo, la primera con quien imaginó un matrimonio. Con los años, puede que importe menos llegar primera e importe más preguntarnos qué lugar construimos en la vida del otro mientras tenemos el privilegio de habitarla.
En la juventud solemos amar bajo cierta ilusión de tiempo infinito. Si no resulta, habrá otra oportunidad. Si duele, habrá tiempo para reconstruirse. La finitud todavía parece una idea bastante abstracta. Incluso podemos exigirle al amor que nos entregue identidad, estabilidad o que elimine nuestra angustia frente a la existencia. Ninguna pareja puede sostener semejante demanda.
Pero envejecemos. Y con los años ocurre algo paradójico: el horizonte temporal se acorta mientras nuestra historia afectiva se ensancha. Ya sabemos que las relaciones pueden terminar. Sabemos cuánto puede doler una ruptura. Sabemos que querer profundamente a alguien no garantiza que podamos permanecer juntos. Sabemos que la conexión no habla necesariamente de compatibilidad. Sabemos incluso que las relaciones “felices” también terminan algún día, aunque sea por la muerte.
Con el paso de los años cambia nuestra forma de comprender el amor. Deja de sentirse necesariamente como una promesa de eternidad y puede comenzar a experimentarse como una elección situada y encarnada. No es que pierda intensidad. Quizás lo que pierde es cierta ilusión de infinitud. Amar puede empezar a parecerse menos a decir “esto será para siempre” y más a decir: “no sé cuánto durará esto, pero quiero estar aquí mientras sea verdad”. Y ahí aparece algo que me parece profundamente rebelde. Volver a enamorarnos cuando ya conocemos el riesgo.
A los veinte podemos amar sin saber todavía cuánto puede doler perder a alguien. Después de algunas décadas ya sabemos. Sabemos que pueden dejarnos. Sabemos que podemos dejar de amar y o que pueden dejar de amarnos. Sabemos que alguien puede morir. Sabemos que una historia preciosa puede terminar convertida en recuerdo. Sabemos, incluso, que a veces el amor no basta para que una relación pueda sostenerse. Y aun así volvemos a entrar a ese espacio narcotizante que es enamorarnos.
Las personas mayores llevan esta paradoja hasta uno de sus extremos más hermosos. Una mujer que decide vincularse nuevamente después de enviudar a los setenta años no desconoce la posibilidad de otro duelo. Un hombre que vuelve a enamorarse a los ochenta y cinco sabe perfectamente que quizás no haya décadas por delante. Quienes comienzan una relación en la vejez no poseen menos conciencia de la finitud. Probablemente poseen más.
Y aun así se enamoran. Por eso deberíamos dejar de pensar el amor en la vejez como una curiosidad tierna o excepcional. Las personas mayores no vuelven a amar a pesar de su edad. Vuelven a amar porque siguen estando vivas. Desean, se entusiasman, tienen sexo, sienten celos, se equivocan, terminan relaciones, comienzan otras, sufren y vuelven a intentarlo. Exactamente como hemos hecho durante toda nuestra vida.
Quizás la verdadera transformación que ocurre mientras envejecemos no sea dejar de creer en el amor, sino dejar de exigirle eternidad para reconocerlo como verdadero. Por eso, cada vez más, quiero creer en la idea de un amor suficiente. No suficiente como resignación, sino como medida humana posible. Un amor que no necesite prometer eternidad para tener valor. Que no exija completitud, pero sí presencia. Que no niegue la finitud, pero tampoco renuncie al deseo. Que pueda decir “te quiero ahora” sin convertir necesariamente ese ahora en una promesa sobre todos los días que vendrán.
Quiero pensar que quizás una vida afectiva plena no consista en encontrar finalmente a una persona que consiga detener nuestra búsqueda para siempre. Quizás consista en algo mucho más humano: atrevernos a amar las veces que la vida nos permita hacerlo. A los veinte con cierta ingenuidad. A los cuarenta con algunos altarcitos en el corazón. A los sesenta después de haber perdido personas y versiones de nosotros mismos. A los ochenta sabiendo que el tiempo se ha vuelto extraordinariamente concreto. Una y otra vez. No porque hayamos olvidado lo que puede doler, sino precisamente porque lo recordamos. Puede que envejecer sea también eso: mirar hacia atrás y reconocer, sin necesidad de jerarquizarlos ni borrarlos, a todos los amores de nuestra vida. Y conservar todavía la insolencia de pensar que puede quedar alguno por conocer.

